brian molko

ἐγώ

Soy coleccionista de egos y escrutador de almas. Mi campo de actuación se despliega en derredor de esas lucecillas perdidas, encontradas, flojas, expansivas, retorcidas y mezquinas que nos rodean. En mi biblioteca académica hállanse obras de referencia atribuidas a Sigmund Freud, Stefan Zweig, Leopoldo A. Clarín, I. Ducasse, Arthur Schnitzer, Fiódor Dostoievski y Friedrich Nietzsche, y a ellos vuelvo para tomar notas y refrendos. Porque mi labor es masticar con letras esa carne poco hecha que supone la humanidad, mas se trata de una tarea ingrata y agotadora de la que huyo a veces, sumergiéndome en la fantasía de mi mundo subterráneo. Porque poseo un don y una maldición de los que estoy orgulloso y decepcionado: sé ver a través de las personas y comprendo sus manchas, anhelos e intenciones. Inconscientemente esa mirada me es devuelta, lo que conduce al centro desnudo de un dueto mentiroso entre el observador y el observante. Como imaginará, no me hace falta ver fantasmas para aterrarme de los muertos, y quizás esa carga algún día me devore con irónica mueca.

Algunos escritores son filósofos, y entre ellos deseo contarme.

Adoro y desprecio esa tarea hacia la que mi surreal vida me aboca con fuerza gravitacional, y no puedo más que estar orgulloso de mi colección de especímenes, de entre los que destacan los artistas, es decir, aquellas almas para las que el mero vivir es un oficio remunerado con dosis displicentes de solipsismo, locura, inquietud, insatisfacción y fascinación. En el extremo opuesto, mis ojos negros observan una legión de hombres y mujeres desmembrados; egos defectuosos cuya existencia bien parece una jugarreta de la necesidad, antes que el don exhausto de un dios bueno. Entre unos y otros se despliegan los momentos, los lugares y los recuerdos. Y bajo todos nosotros, un océano infinito encapotado por una densa niebla.

Soy un pesimista enfundado en un manto de estrellas que yo mismo adorné. Con minuciosidad milimétrica he ido tallando esas lentejuelas, llevado por un impulso extraído de los sueños (de los lúcidos y los inconscientes), mas la luz de éstas no me impide sentir los hechos terribles que el tiempo y la decadencia arrastran. Como científico de almas caídas, soy consciente de las dificultades aparejadas a su retorno; los egos con los que los vivientes se adornan públicamente se disfrazan de ideas e ideíllas, de etiquetas de colores o debates que son sólo palabras, pero insisto: yo soy capaz de rasgar esas vestiduras y contemplar las deformidades y las bellezas de sus seres verdaderos. Y no soy el único integrante de este selecto club de académicos.

Hacer una radiografía certera de un ego es sencillo: basta con rastrear su relación con los demás y despejar esa equis que es el otro. Una vez desprovista la ecuación del elemento colectivo, nos resta la materia bruta de lo que fue y de aquello que pudo ser. Con esa hipótesis en mente me lanzo al ejercicio taxonómico de la carcasa que, insisto, es el ego. En el lienzo blanco que despliego sobre el suelo, con el fin de manchar lo menos posible, voy arrojando los pedacitos macilentos para así examinarlos con determinación, en el frío anhelo de llegar a la bondad primigenia del alma, ora asqueado de una labor que detesto, ora henchido de su grandeza. De entre esos fragmentos, los que más me repugnan y divierten los voy embotellando y reservando en un mejunje de oculta receta.

La filosofía antigua se ocupó de desenmascarar al ego artificioso, de reflotarlo a la playa consciente y de reubicar el alma en su justo lugar: el de gobernadora de la isla. ¿Mi opinión? Ninguna; me decanto por la vana ciencia del taxidermista, que con amor desinteresado se dedica a extractar órganos y escorias, con el fin de crear algo bello u horrible. La obra literaria. Pero me desprecio, así como desprecio a las miradas frías de los científicos, y por eso anhelo penetrar en el teatro del mundo, sin intentarlo ni conseguirlo. “Ser inconsciente del ego y tornarse alma”, esa debería ser la divisa de todo buen filósofo. ¿Debería? Para las almas que viven inconscientes de sí mismas, el ego es una gala o un andrajo que se porta con solemnidad o con torpeza… Apenas puedo contenerme, y sería capaz de gritarles que están ridículas así vestidas, ¡que se desnuden y saquen a relucir sus vergüenzas!, pero el ademán vuelve a sumergir la cabeza en la charca, cual sapo amohinado.

El ego acomplejado o herido que busca atraer la atención y la compasión y el expansivo que persigue desecar egos ajenos para alagar el suyo propio, desprenden una pestilencia similar, fácil de identificar para el filósofo que escribe o el escritor que filosofa. Y cuando ambos elementos se conjugan en el verbo existir, su presencia es raramente tolerable. ¿Penetro en los resbaladizos terrenos de la moral? Nunca fue mi intención; como he dicho, me nutro de los egos: los disecciono, trato y registro. Colecciono los bellos y me desprendo de las manzanas podridas. Y entre ustedes y yo, a veces hago uso de sus flaquezas en mi propio beneficio.

Pero, ¿qué hay de aquellos egos que deciden apartarse y vivir en claustros, reales o figurados? Les invito a que hagan un ejercicio de abstracción: olvídense por un momento de que los demás existen y vuélvanse a mirar en un espejo. ¿Cómo vivirían si lo hicieran sólo para sí mismos? La respuesta a esa pregunta es la antesala del alma, pero no el alma misma, que por propia definición es eterna e insatisfecha posibilidad. Pues bien, aquellos “santos” que viven en olvido perpetuo de sí mismos, se dividen entre los que se saben egos feos y por ese motivo detestan la compañía, y en fin, aquellos otros cuyo ego es un baluarte erigido en oposición al mundo. ¿Qué? Yo de monjes y monjas sé mucho, pero de ellos no hablaré aquí, porque su universo solitario está invadido de cometas que no procede observar con telescopios tan cortos.

Deseo ser sarcástico y cáustico, pero mis palabras son serenas e irónicas; tal es el aprecio que tengo por este mi oficio. Los acólitos no son sino egos deformes que necesitan de la candidez de un alma ajena para alcanzar una imagen de sí mismos que les sea tolerable. A veces uno o dos de ellos se decantan por el suicidio en virtud de un burdo ejercicio de autoconocimiento, pero de esos cadáveres no deseo hablar; me deprimen. Por el contrario, deseo departir sobre los bellos egos: Lord Byron, James Dean, Ludwig II, Frida Kahlo, Katherine Hepburn o… Jeff Buckley o Brian Molko, my sweet prince. Siendo meras fachadas, las almas han logrado proyectar sobre los egos las olas irrefrenables del sentimiento oceánico. La fascinación que desprenden proviene de su potencia.

El infierno segrega ángeles coquetos, mas en los viveros burgueses no crecen más que princesas de la palabra oprimida, incapaces de crear, cuidar y amar. La pasión, el erotismo y la manía son duendes extraños a la trivialidad de esos egos resecos, envidiosos y acomplejados. Sí, el hombre es algo que debe ser superado.


Imagen: “Detalle de Brian Molko Black Background”. Tharsius, DeviantArt (2015-17): http://www.deviantart.com/art/Brian-Molko-Black-Background-532608226

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