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2020

After Hours by the artist The Weeknd. The cover art copyright is believed to belong to the label, XO/Republic Records, or the graphic artist(s).

A principios del año en el que nos hicimos mayores, disponíame a escribir una entrada titulada “La década que vivimos peligrosamente (2008-2018)”; en ella planeaba desgranar mi tumultuosa experiencia vital a través de un desierto de solipsismo, ceguera y dolor. Sé lo que es navegar en la mar sometida a la tormenta del azar; sé lo que es amar u odiar a borbotones de hiel. Paladear la sangre de las encías mientras lloran de rabia las entrañas. Ser paupérrimo como las ratas al aullido de una lastimera frustración que vibra sin que una lágrima se atreva a revelar su verdadero rostro. Deforme por el autocastigo, lacerado por las brisas que son vientos para los niños, huí al bosque de la infancia donde hallé único consuelo. 

Cumplí con mis vicios lo mismo que con mis deberes en una espiral de aspiraciones prefabricadas. Nunca sufrí de sueños rotos: éstos ya eran deformes al nacer; quienes se quebraron en místico trance fueron otras ménades: la desesperanza, la desconexión y la extrañeza me señalaban sonrientes mientras me abría paso a puñetazos entre los malnacidos. En una fiesta a la que no había sido invitado, decidí presentarme vestido de arlequín, mas las risas de los agrupados fueron ahogadas por mi llanto amargo en forma de danza alcohólica. No pegué un tiro a Murray en mitad del show, y sin embargo algunas de mis balas alcanzaron a los merecedores (y no salí victorioso de los trances, sino revestido de la sonrisa sangrienta de los perdedores). 

El año en el que renació nuestra agonía, los tontos se daban de hostias a colación de patrias mientras los escritores, filósofos e intelectuales perecidos en la olla a presión que fue la Guerra Mundial, se removían en sus tumbas; en Hong Kong acontecía una revuelta popular enmascarada, y redescubrimos que las vidas de los seres humanos importaban al margen de su raza. En el año de la pandemia, las megacorporaciones de la literatura cyberpunk ochentera siguieron tomando forma bajo el ubicuo prisma de Facebook, Amazon, Google o Microsoft. El año de la pandemia sorprendió a una España gobernada por idiotas iletrados e ilícitos que se proclamaban tribunos de la plebe, filtrados a través de las grietas del sistema provocadas por la hediondez de una generación desnortada e iracunda que no tuvo a bien leer y soñar cuando debió, ni levantó ni un solo dedo ante la manada de lobos embozados en traje de cordero cuando la bonanza económica lo desaconsejaba. 

He visto cosas que no imaginarías: indignados mochileros claudicando frente a rapaces sin historia ni intelecto reconvertidos en estalinistas; condotieros y Sejanos disfrazados de presidentes y ministros; jaque mates a Reyes de lupanar; oligofrénicos con cetro de Emperador azuzando a piaras armadas. Las pequeñas o grandes verdades de esta vida las ganáis y las perdéis: esa es vuestra maldición.

Una crisis existencial, una crisis económica, una crisis anímica, una pandemia, otra crisis económica. Es oficial: nuestros padres nacidos en la Posguerra ya no tienen nada que enseñarnos. La agonía de nuestros fracasos, individuales y colectivos, nos pasa factura, y me temo que con la calderilla que llevamos en los bolsillos no vamos a poder hacer frente a semejante cuantía. La revelación mística es un horizonte inalcanzable que, salvo por contados oasis biográficos, se presenta ante nosotros con el resplandor de las bellas ideas. Dios sabe que quiero ser un buen tipo, pero la guerrilla cotidiana, la pobreza y las continuas decepciones nos determinan; endurecen nuestros rasgos, consumen nuestra alegría, queman nuestra energía. Y no lo escribo desde el agotamiento: me sigue excitando la batalla; vivo como viven los outcasts: con asombro y gratitud ante los acontecimientos futuros, aguardando impávido la carga de los demonios desconocidos.

La naturaleza ha eructado vilmente en mitad de nuestra algarada simiesca; al unísono giramos nuestras estupefactas cabezas para redescubrir incrédulos nuestra pequeñez.

Deslizo su superioridad moral por mis protuberancias; a su nazi-feminismo, animalismo de salón o infra-supremacismo, contesto con los rotundos defectos de mis antihéroes neo-noir favoritos: buscavidas, cínicos cansados, antihéroes cotidianos, hombres buenos con mucha mala suerte, solitarios guapos. Sé muy bien lo que es estar tirado en la calle armado con lo puesto, no me venga con gilipolleces: Low life for life ‘cause I’m heartless. No me permito dar consejos porque ni siquiera tengo la certeza de ser dueño de mí mismo ni de mis obras o experimentos: experimento cada segundo que transcurre con la perplejidad del viajero en tierra extraña (se podrá imaginar qué opino de su ideología o vinculación nacional); la tierra no le pertenece, eso lo sé: ¿observa esas montañas, esos riachuelos, esas costas, esos barrios, esas gentes que clama como propias? Desengáñese, se encuentra usted solo y desnudo en mitad del desierto y se marchará de expedición al Ártico cuando todo esto acabe. El cambio perpetuo y el vacío en nuestros pechos son nuestra única seña de identidad como seres (humanos). 

Decía que no permito aconsejarle, pero sé bien lo que se nos viene encima porque mientras usted se iba de cañas yo me estrujaba el cerebro y agitaba mi alma con violencia en la esperanza de encontrar las llaves de la mazmorra: desean entrar en nuestro cerebro y anular nuestra alma. Desean que nos mostremos como no somos en realidad con el propósito de violar nuestra identidad. Nos quieren extenuados, olvidadizos y analfabetos. Nos quieren débiles, calladitos y obedientes. Mi yo más joven no me consentiría que permaneciera calladito mientras toda esta mierda se nos viene encima: libérese. Cabréese en silencio y construya desde dentro hacia fuera; écheles con su talento; levántese cuando le golpeen, sonría sangriento tras la paliza que sin lugar a dudas le van a dar. Sea fuerte; transmita lo aprendido en la batalla. 

En 2020 la fiesta sólo acaba de empezar, ¿va a rendirse ahora, cuando se pone interesante?

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