The Outsider Manifesto

No es un secreto que uno de nuestros principales objetivos en Studia Hermetica es el de arrojar luz sobre aquellos pensadores y experimentadores que se mantuvieron al margen de la cultura dominante. Hablamos de los outsiders (los marginados, los solitarios o los desterrados), a los que con frecuencia se tacha de “genios” o de “incomprendidos”, generando entre determinados círculos al margen del “sistema establecido” un irreflexivo apego. Al fin y al cabo, nuestros marginados han sido injustamente tratados debido a la estrechez de miras burguesa de sus contemporáneos, o bien a la envidia de sus colegas y allegados. De esta manera, nosotros, los integrantes del glorioso club de los disidentes, deberíamos sentir como propios sus sufrimientos, desvelos y proyectos frustrados. Como consecuencia de un simple proceso de asimilación, la pasión y muerte de los marginados nos debería generar una simpatía instantánea, a pesar de los atropellos y atrocidades que pudieren haber perpetrado esas almas perdidas. Es evidente que “los demás” (esa masa informe, indiferenciada e indiferente de machos machistas, blancos caucásicos patriarcales, malevolentes gobernantes ávidos de sangre o, sin ir más lejos, padres maltratadores y abandonadores y madres castradoras, desvaídas y dementes), son los responsables últimos de sus tristes trayectorias vitales. Es evidente: nuestros outsiders han sido deshonrados, desprovistos y defenestrados. ¿Cómo se nos ocurriría cuestionar acaso sus tragedias?

Pues no, estimado lector, no es mi caso: mi interés por el pensamiento marginal es exclusivamente científico. Examino y disecciono sus órganos internos como lo haría un médico forense que tiene ante sí un cadáver putrefacto. Salvo contados casos, sus vidas y milagros me resultan apenas reseñables; no les admiro ni desprecio. Me resultan, sencillamente, el perfecto producto de sus contradicciones. ¿Un ejemplo? Theodore Kaczynski. Mi interés por su persona afloró a raíz de la serie Manhunt: Unabomber, de Netflix, y desde entonces examino con mucho cuidado sus desvaríos. Hace días terminé de leer su archiconocido “manifiesto”: Industrial Society and Its Future. Nuestro héroe (o más bien, antihéroe) parece reunir en su persona todos aquellos elementos que caracterizan a un outsider comme il faut: solitario, aislado, huido, inteligente, culto, envidiado… algunos le tachan de “genio”, incluso. ¿Mi veredicto? Allá vamos.

Kaczynski embadurna con venenosa verborrea de anarquista trasnochador y trasnochado, un “manifiesto” político que se autoreivindica como apolítico. Pretende condensar, haciendo uso de oraciones eficaces y sencillas, un universo de fenómenos apenas abarcable bajo el término “sistema” (system, repetido nada menos que doscientas treinta y ocho veces en su parrafada). El mencionado “sistema” no es otro que el conjunto de realidades demográficas, técnicas, político-económicas, ambientales y filosóficas, condensadas en torno al capitalismo nacido al socaire de las Revoluciones Industriales.

Nuestro prohombre es, además, un enamorado de la “naturaleza” (término manoseado cincuenta y seis veces), cuyo objetivo es muy simple: acabar con toda tecnología sofisticada, con el fin de liberar al ser humano de su yugo. ¿Pero a qué concepto de naturaleza alude Kaczynski?:

The positive ideal that we propose is Nature. That is, WILD nature: those aspects of the functioning of the Earth and its living things that are independent of human management and free of human interference and control. And with wild nature we include human nature, by which we mean those aspects of the functioning of the human individual that are not subject to regulation by organized society but are products of chance, or free will, or God.

Reflexionemos durante unos instantes sobre el concepto de naturaleza, sobre la base de un sencillo silogismo: 1. Las actividades de los seres vivientes son naturales. 2. El ser humano es un ser viviente. 3. Ergo la actividad del ser humano es natural. ¿Es acaso el binomio artificial-natural un mero convencionalismo mental? ¿Por qué extrapolamos al hombre de la naturaleza, si son conceptos análogos? Llevados por esta misma lógica, deberíamos plantearnos cuestiones como las siguientes: ¿Es una metrópolis como Shenzhen menos “natural” que un malpaís o paisaje volcánico? La caída de un asteroide, hace aproximadamente 66 millones de años, causó la extinción de la gran mayoría de los géneros biológicos del periodo; ante un evento de semejante poder de destrucción, ¿no deberíamos replantearnos nuestras capacidades reales de alteración de los ecosistemas? O como escribía Pío Baroja: “Dios murmura en la cascada y canta en el poeta” (Camino de perfección). Más adelante matizaré mis palabras; conviene a un filósofo el examinar con minuciosidad las diatribas a las que se enfrenta, sin anteponer sus preferencias personales a la realidad.

God loves violence.

Cabe preguntarse si por “sociedad organizada”, Kaczynski se refiere también a los grandes imperios de la Antigüedad, que hacían uso de una tecnología que podríamos considerar “sofisticada”. Obviamente, esta cuestión aflora aquí y allá en su manifiesto, por ejemplo, en relación a los sistema de irrigación y agricultura romanos, pero no aclara lo que los pobres humanos deberíamos hacer si un buen día apagáramos nuestros ordenadores, quemáramos las estaciones eléctricas, tiráramos a un barranco nuestras neveras y convirtiéramos nuestros automóviles en tiendas de campaña: ¿adónde retornaríamos?, ¿a una cultura Amish?, ¿a una sociedad preindustrial de perfume medieval? ¿A las cuevas, quizás? Previendo este lógico contraargumento, nuestro héroe se ve obligado a reconocer que “una ideología”:

in order to gain enthusiastic support, must have a positive ideal as well as a negative one; it must be FOR something as well as AGAINST something.

En otros términos, Kaczynski, cual rata de biblioteca amohinada, se ve en la pesarosa obligación de proponernos algo para que quedemos contentos con el nuevo orden, recurriendo a argumentos tan falaces como infantiles. La sucesión “lógica” sería más o menos la siguiente: 1. Los agentes del cambio deben esperar a que el sistema colapse por sí mismo, sin mancharse las manos en parlamentos, no vaya a ser que acaben por aplicar políticas absurdas, generando la falsa impresión de que el desastre al que el sistema está claramente abocado (breakdown, término repetido, tanto de manera simple [break] como compuesta, en cuarenta ocasiones) es obra suya. 2. Deben evitar los seguidores del FC (es decir, Freedom Club, pseudónimo de Kaczynski a los efectos del manifiesto) inculpar a la sociedad con motivo de su apego bastardo por la tecnología, debido a que ello generaría rechazo y resentimiento en las masas y a que, obviamente, se trata de una estrategia de marketing errónea. 3. Deben los agentes del cambio ludita procrear como conejos, porque está demostrado que los vástagos que crecen en un ambiente sometido a determinados ideales, acaban por allanarse a ellos con naturalidad.

En el espectro contrario a su martilleante doctrina, nos encontramos con los tecnófilos (technophiles), esos recalcitrantes Steve Jobs que ven en la tecnología la resolución a todos los problemas de la humanidad, abanderados por un grupo altamente cualificado de técnicos y científicos, cómplices de un sistema inhumano, esclavizador y degradante, cuya dedicación primordial se dirige a la consecución de necesidades postizas (“actividades subrogadas”, como así las denomina él):

technicians and scientists carry on their work largely as a surrogate activity; that is, they satisfy their need for power by solving technical problems.

De esta manera, mediante la manipulación de la psique, el comportamiento y el entorno humanos, el “sistema” está resuelto a controlar todos y cada uno de nuestros impulsos, especialmente aquellos que no encajen en él. ¿Cómo? En virtud de un proceso de sobresocialización (oversocialization) destinado a hacer de nosotros sujetos obedientes. Su instrumento más eficaz es la educación, obligando a las masas de jóvenes a decantarse por estudios vacuos, útiles al sistema pero inútiles para colmar sus necesidades primarias y ansias de autonomía. Todo sujeto que no “pase por el aro” está condenado a la marginación social o al manicomio.

Pues bien, sobre esta cuestión ya hemos discurrido en otro lugar, así que remitimos al lector a nuestro cuaderno de notas De Umbris Idearum.

Este modo de discurrir retrata al hombre: un Necháyev posmoderno cuyo centro de operaciones hállase en un locus amoenus virgiliano que sin embargo no es capaz de serenar su sed de venganza. Desde su cabaña-purgatorio, un Kaczynski autosuficiente, frío y odiador, confecciona artefactos explosivos “ecológicos”. Detengámonos ahora un momento y realicemos, mal que nos pese, un ejercicio de abstracción, tratando de imaginar cómo funcionaría una mente maquiavélica exquisitamente educada en las teorías de los clásicos y los modernos, que se hubiera decantado por orquestar un cambio real en la sociedad. Dicha mente daría vueltas a las siguientes cuestiones:

1. El uso de la violencia: a) La destrucción física de los oponentes cuando no hay modo de convencerles de que sus argumentos o actos son erróneos o estúpidos. b) Todo grupo de presión o individuo alzado en armas se ha mostrado insuficiente e ineficaz para acabar con un Estado moderno previamente constituido. Con frecuencia, las supuestas buenas intenciones de sus integrantes degeneran en una espiral de sangre en la que los medios no son capaces de justificar los fines, o peor aún, éstos acaban por olvidarse tras décadas de lucha sin sentido. c) Sin embargo, sin violencia no hay nada: toda ideología, por muy ridícula que sea, necesita expresarse dando un golpe en la mesa, atacando aquello que nos hiere en lo más hondo: nuestros seres queridos, integridad y patrimonio. De lo contrario, evidenciaría su absoluta vacuidad. ¿Qué es si no el terrorismo de base nacionalista? Un patético espantajo adornado con un traje de hipostasiadas verdades.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema.

2. La crítica al sistema: a) ¿Cómo ha acabado por constituirse un tipo de sociedad como la nuestra? b) Asumiendo que es errónea, dañina o contraria a la naturaleza humana, ¿han existido alternativas teórico-prácticas a ésta? c) ¿Nos ha hecho más exitosos como especie, más fuertes, inteligentes o felices?

Las respuestas a estas cuestiones revisten una extrema complejidad. Tomando como ejemplo al influyente pensamiento de un solo hombre, Karl Marx, deberíamos de disponer de una naturaleza proclive al estudio de la filosofía para apenas ser capaces de entender el origen y desarrollo de las doctrinas marxistas y neomarxistas. Por ejemplo, los insignes integrantes de la Escuela de Fráncfort (Horkheimer, Adorno, Marcuse, Fromm, Althusser, entre otros) analizaron con singular precisión las tempestades nacidas al ardiente abrigo de las Guerras Mundiales, tratando de dilucidar el melancólico destino de la Ilustración. Por lo tanto, toda crítica a un “sistema” de tales dimensiones, erigido sobre milenios de civilización y cultura escrita, debería pasar por unos ejercicios de reflexión y trabajo extenuantes; una tarea que escapa no ya al común de los mortales, sino a la gran mayoría de los sujetos letrados y pensantes de este mundo.

En lo que respecta a conceptos como la felicidad, la autonomía o la dignidad de la persona, no nos es posible afirmar nada categóricamente. ¿Eran las mujeres más libres y autónomas viviendo bajo el yugo de sus padres y maridos en el siglo XIX? ¿La represión religiosa ejercida por los diversos bandos en liza en la Europa del siglo XVI nos hacía más felices a los seres humanos? ¿La presión familiar o tribal de cualquier época pasada era más benigna que la impuesta por el “sistema” actual? Si por el contrario, centramos nuestra atención en el aumento exponencial de la población durante todo el siglo XX, la práctica extinción de buena parte de las epidemias que nos masacraron durante milenios y la popularización del conocimiento, deberíamos replantearnos cualquier punto de partida metodológico que establezca que un supuesto natural mundo de origen fue “mejor”.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema (Letter to San Francisco Examiner, 1985):

The hollowness of the old revolutionary ideologies centering on socialism has become clear (…) All ideologies and political systems are fakes. They only result in power for special groups who just push the rest of us around. There is only one way to escape from being pushed around, and that is to smash the whole system and get along without it.

Kaczynski se posiciona en contra del “izquierdismo” de todo orden y condición (el vocablo leftist es repetido ciento treinta y una veces), recurriendo a argumentos que fracasarían estrepitosamente en un entorno académico serio, pero que serían singularmente pegadizos en una disputa de bar o cafetería. Tacha a lo que él denomina “izquierdismo” (leftism) de religión (leftism is a kind of religion), rezumando una mala baba sólo justificable en un sofista resentido que, ora recurre a la historia, ora a un subjetivismo psicologizante de vulgar ralea:

…feelings of inferiority, low self-esteem, powerlessness, identification with victims by people who are not themselves victims, is a peculiarity of modern leftism.

De hecho, esta clase de dialéctica diletante la podemos observar en los sabios dieciochescos y medievales, que carecían de un conocimiento científico contrastable y contrastado, pero que resulta imperdonable en un supuesto genio titulado en Harvard. Y pondré como ejemplo contrario a Max Weber, quien dedicó su vida a entender la sociedad en su conjunto y que, para apenas vislumbrar un solo hecho de esos que “analiza” con tanta frivolidad Kaczynski, no le quedó más remedio que elaborar un sofisticado utillaje científico contraído en las más de mil páginas que conforman su magna Economía y sociedad, obra que, para más señas, se publicó póstumamente. Se me puede argumentar que Kaczynski no persigue comprender el “sistema” sino destruirlo, ¿pero me puede alguien explicar cómo se acaba con algo que no se alcanza a comprender?

Sí, soy consciente de que el anarquista no trata de ser riguroso ni académico cuando alude al “sistema”, sino que se limita a expresar un sentimiento largamente larvado desde la irrupción de la industrialización. Aclarémoslo por boca de otro anarquista, Tyler Durden, esta vez de la ficción:

In the world I see – you are stalking elk through the damp canyon forests around the ruins of Rockefeller Center. You’ll wear leather clothes that will last you the rest of your life. You’ll climb the wrist-thick kudzu vines that wrap the Sears Tower. And when you look down, you’ll see tiny figures pounding corn, laying strips of venison on the empty car pool lane of some abandoned superhighway.

El mundo moderno es una mentira que nos aparta de nuestra verdadera naturaleza. Volémoslo por los aires. ¿Para qué entenderlo? Sabemos que lo sufrimos, es más que suficiente. ¿Para qué tratar de cambiarlo? El sistema ha llegado a un punto de no retorno. La conclusión es evidente: debemos hacerlo estallar en mil pedazos. Una proposición simple, poderosa, de cuyas consecuencias seremos todos legatarios.

Dostoievski, con esa espectacular lucidez que le caracterizaba, concibió una obra capital que analiza la raíz del nihilismo (Los Demonios). En ella, Piotr Stepanovich (trasunto literario de Necháyev) se rendía patéticamente a la belleza de Stavrogin:

-¡Stavrogin, es usted hermoso! (…) No conozco a otro más que a usted. Usted es mi caudillo, usted es mi sol y yo soy su gusano”.

Ambos personajes son, a su manera, paradigmas del antihéroe romántico: violentos, brillantes, enigmáticos, bellos, retorcidos, detestados, turbulentos y malvados. Condenados ambos a un trágico final. Utilizando nuestro cercenado vocabulario posmoderno, podríamos afirmar que un nihilista (Stepanovich-Necháyev) se encuentra frente a frente con un psicópata, en un duelo que pronostica la gigantesca ola que golpearía el promontorio del mundo contemporáneo.

¿Alguna vez se ha preguntado qué motiva a algunos de los asesinos en serie? En efecto, lo tiene usted en la punta de la lengua, vamos, atrévase a decirlo… Nada. No les motiva nada; o mejor dicho, les motiva la nada. ¿Impulso sexual, voces susurradoras, satanismo, envidia, sentimiento de dominación, misoginia…? Nada: una jerigonza pseudopsicológica que nos impide ver las cosas tal y como son. Cuando un individuo perturbado se reivindica matando, lo hace movido por su ansia de poder: desea fascinar, desea que le amen, critiquen y adoren. Que le teman. Ha llegado al convencimiento de que los elementos exteriores a su ser son meras fantasías sostenidas en el éter: ¿acaso existen las personas?, ¿padezco yo el sufrimiento ajeno?, ¿no todos somos pecadores y, por ende, susceptibles de ser castigados? ¿No es todo lo conocemos o sabemos una mera convención social? ¿Qué más da? Persigamos los aviones. Explotemos cosas. El nihilismo pasivo en su más cruda expresión.

Some men just want to watch the world burn:

O peor aún, algunos desean alzarse como reyes de las cenizas, haciendo uso de esa escala generada por el caos.

‘Chaos is a ladder’…

En otras palabras, tiemble usted, estimado lector, cuando los Littlefingers de este mundo se alcen en armas contra los tiranos, porque un infierno de inesperadas consecuencias se abatirá sobre los amotinados. O como el mismo Kaczynski afirmaba:

Any kind of social conflict helps to destabilize the system, but one should be careful about what kind of conflict one encourages.

¿Pero a qué viene todo esto? ¿Por qué me he decantado por diseccionar la médula espinal del nihilismo partiendo del Unabomber’s manifesto? Pues nada menos que debido al “incidente” desvelado días atrás en relación a la red social Facebook: al parecer, fueron filtrados los datos de ochenta y siete millones de usuarios a una consultora, Cambridge Analytica, destapando con especial crudeza uno de los grandes riesgos del Big Data. Uno que muy pocos de nosotros estamos dispuestos a afrontar. No en vano, en un momento de lucidez, Zuckerberg llamó dumb fucks a los usuarios de su red social, dando la razón a Kaczynski. ¿Es Facebook una red social? No: Facebook es un modelo de negocio que se retroalimenta del poder generado por la información cedida de sus usuarios. Un gran ecosistema dedicado al voyeurismo que supone El Dorado de todo consultor de marketing, analista político o depredador enmascarado.

Decía que Zuckerberg le da la razón a Kaczynski (¡paradojas de la vida!). Un rebaño de billones de usuarios, ávidos de ser observados y observar, son hábilmente conducidos por un puñado de técnicos que se venden al mejor postor. Esto valida las proposiciones pobremente argumentadas del Unabomber: existe un sistema dirigido por técnicos que sobresocializa a los individuos con el fin de domeñarlos para sus siniestros propósitos electoralistas o económicos. ¿No le produce pavor? ¿Indignación, quizás? Pues mi primera reacción fue la de cerrar nuestro grupo de Studia Hermetica en Facebook (he de decir que hace meses clausuré mi cuenta personal en esa red social, movido por la incomodidad que me produce ese entorno viciado, postsoviético, repleto de dictadorzuelos con ínfulas de vedette). Pero no, aún no es el momento; tendrá más noticias mías al respecto.

Lo trágico de historias como las de Kaczynski es que, en el fondo, sus desvaríos y errados métodos contienen un trasfondo de verdad inquietante:

1. Sí, la sociedad industrial parece desbocada. El proceso de endoculturación es cada vez más costoso en un mundo sometido a un cambio implacable, al son de un mercado tecnológico que no es capaz de asimilar los trepidantes cambios que acomete.

2. Sí, nos estamos apartando de nuestros ecosistemas originarios, olvidando nuestra posición como entes biológicos. Contribuimos así a la recreación de entornos alienantes, impersonales y utilitarios, restando espontaneidad, propósito y sentido a nuestras vidas:

‘Nature takes care of itself’.

3. Sí, el poder está siendo acumulado progresivamente en manos de una minoría, ayudada por los grandes agentes de la globalización. En ocasiones parece que asistimos a un tira y afloja entre grupos proclives a retornar a las redes de solidaridad tradicionales y esas otras redes difusas de estabilización global:

Very repellent is a society in which a person can satisfy his need for power only by pushing large numbers of other people out of the way and depriving them of THEIR opportunity for power.

Hace años, cuando no era más que un mozalbete, me grabé a fuego este pasaje escrito por Freud, en una misiva dirigida a Lou Andreas-Salomé:

Mi secreta conclusión era esta: puesto que podemos considerar que esta civilización actual encubre una gigantesca hipocresía, se deduce que no somos orgánicamente aptos para ella. Él o lo desconocido que acecha tras el destino, repetirá un día otro experimento semejante con otra especie.

¿Sabe qué? Vivimos en una época apasionante, asfixiada por los contrastes. El único sistema al que merece la pena vencer es al foro interior de la conciencia. Los humanos hacemos a los sistemas; no permita que suceda lo contrario. 

We have no illusions about the feasibility of creating a new, ideal form of society. Our goal is only to destroy the existing form of society.

La Biblioteca Gris

Uno de los más sublimes placeres para los que anhelamos internarnos en ese laberinto recóndito del universo humano, es el de desvelar joyas bibliográficas semiolvidadas, devueltas al presente en virtud de una larga e inopinada cadena de búsqueda, la pura casualidad o el conjunto de actos inconscientes implicado en esta nuestra especial clase de curiosidad. El hombre de letras, lo mismo que el filósofo o el “científico” (considerando como tales, también a los audaces experimentadores del pasado), están guiados por pulsiones parecidas; impulsos que les conducen a hundir sus dos manos en el cieno pútrido del secreto terrible que anima a los vivientes. No lo dude: nuestra suerte corre paralela a esos experimentadores que, centuria tras centuria, velan ocultos por trascender el conocimiento de tal o cual materia. Y no, no hablo exclusivamente de alquimistas y astrólogos, al albur de errados conocimientos precientíficos, sino de médicos, biólogos, zoólogos, geólogos, exploradores, astrónomos, historiadores o químicos. Con seguridad, usted no les conoce, no por ignorancia, desidia o desinterés; no le estoy insultando con subrepticio ánimo, estimado lector. Muy al contrario, las vidas de estos mártires pasan inadvertidas a sus contemporáneos debido a un simple y delicioso hecho: los agentes o veladores del progreso no generan simpatía. Con frecuencia no son guapos, tampoco amables ni éticamente presentables; entre sus logros no se hallan la fascinación de las masas ni el cortejo de los malvados, los soberbios y los idiotas de este mundo. Yerran desvalidos, por mucho que se afanen en demostrar lo contrario. Y además carecen de perfil en Facebook o Twitter.

Se les puede hallar en ecosistemas en apariencia inhóspitos para rarae aves como ellos, tales como suburbios insalubres o escenarios de extrema pobreza, violencia o miseria intelectual. Y todos tienen una característica en común: son grandes trabajadores, apasionados de sus respectivas materias que dedican su vida a un proyecto del que sólo ellos dan cuenta. No es infrecuente, por si fuera poco, que estos sacerdotes de la palabra, la aritmética o el experimento, sean confundidos con los visionarios, es decir, con esos individuos que generan apego inmediato entre sus congéneres debido a las habilidades de mentalista de las que hacen gala. Estos charlatanes dotados de extremo talento viven a costa de nuestros entrañables sujetos (en masculino y femenino), traduciendo sus peroratas científicas a un lenguaje llano; presentando sus inquietantes descubrimientos en un envoltorio tolerable y atrayente para las masas. Puede que unos y otros sean necesarios, a su manera.

Pero me pierdo; mi pretensión al escribir este post es mucho más humilde: hacerle partícipe, estimado lector, de una bibliografía que compilo, con azaroso ánimo, desde hace años. En ella se dan cita los variopintos productos de la pretérita ciencia junto a curiosidades y exabruptos de estafadores y estafados, que en su día obraron al amparo del pensamiento marginal u oficial. A esta selección la denomino “la biblioteca gris”. Ni blanca ni negra. Concentrada en aquella región adonde van los desterrados.

Disfrute.

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Fortunio Liceti, De monstrorum caussis, natura, et differentiis libri duo…, Patavii: Apud Paulum Frambottum, 1634.

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Beinecke MS 408 (“Voynich Manuscript”), [ca. 1401-1599?]

Para terminar, le recomiendo la lectura de: “The oldest herpetological collection in the world: the surviving amphibian and reptile specimens of the Museum of Ulisse Aldrovandi”, Amphibia-Reptilia 34 (2013): 305-32. Dejamos para más adelante más posts relacionados con estos curiosos exploradores a caballo entre el Renacimiento y el Barroco (hablamos de personalidades como Ulisse Aldrovandi, Pietro Stefanoni, Andreas Libavius, Gaspar Schott, Georg Stengel o Athanasius Kircher); Virgilios cicerone a la vanguardia de sus respectivos campos, dotados de una fuerte inclinación por la disección erudita de la naturaleza, cuyos descubrimientos conllevaron tanto avances como retrasos. Personajes y circunstancias fascinantes, que valdrían de inspiración a más de una novela de éxito.


Imagen: “Archive of the Landesamt für Vermessung und Geoinformation” (2005). Copyright of the author: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Litography_archive_of_the_Bayerisches_Vermessungsamt_02.jpg 

El mundo de ayer

Me mira Stefan Zweig; en su mirada serena, inocente y sin embargo mil veces sabia y buena, noto algo que me hace llorar, que me quema de rabia lo mismo que de sosiego. Es el conocimiento profundo y doloroso de la tragedia, reservado a muy pocos de entre nosotros. Pero debo desengañarme: si su alma cándida y floreciente, marchitada por las brutales circunstancias que le tocó vivir, es capaz de cruzarse con la mía y devolverle una mirada escrutadora, se debe a que me acaricia tiernamente en aquello que ya no soy. Lo admiro y siento como un familiar cercano que un día conocí y amé, y cuyo recuerdo yace abandonado en la trastienda de mi niñez.

Este proyecto artístico y académico que dirijo se nutre de personalidades como la suya, nacidas al socaire de la evolución y el progreso decimonónicos y embarrancadas en el lodo de las más abyectas de entre las distopías: las Guerras Mundiales. Siendo como él un europeísta convencido, amante de la milenaria tradición humanística heredada de la Antigüedad Clásica, no consigo —como él–, zafarme del agujero que ha dejado en nuestras naturalezas jóvenes, la realidad negra de la violencia y la destrucción con que las sucesivas conflagraciones han torturado al Viejo Continente. Y no me detengo en la masacre perpetrada durante los años cuarenta en este repaso mental; porque del resto de millones de cadáveres no supo jamás mi buen amigo austriaco, afortunadamente.

¿Cómo alguien como yo, nacido casi exactamente un siglo después de este genio literario, es capaz de comprender el dolor medular de su biografía? No hay respuesta sencilla a esta pregunta, así que contestaré con una evasiva ingeniosa, la memoria artificial que supone la técnica:

“La peor maldición que nos ha acarreado la técnica es la de impedirnos huir, ni que sea por un momento, de la actualidad. Las generaciones anteriores, en momentos de calamidad, podían refugiarse en la soledad y el aislamiento; a nosotros en cambio, nos ha sido reservada la obligación de saber y compartir en el mismo instante lo malo que ocurre en cualquier lugar del globo” (p. 502).

Como ya dejara claro en otra ocasión, la labor del historiador es desplegar ante sí el lienzo de la memoria humana, con el propósito de conocer e incluso sentir los pensamientos y sentimientos de los hombres que le precedieron. La razón de ello no es tanto la preservación y el recuento archivístico de datos y documentaciones dispersos, como el entendimiento preciso del presente y de nuestra realidad humana, dicho esto desde una óptica atemporal y antropológica. Pero desengañémonos nuevamente, los acontecimientos ocurridos en el siglo XX aún no son “históricos” por derecho propio: nos siguen definiendo, deprimiendo, asolando, excitando, acalorando e hiriendo; y por este motivo aún recaen sobre nuestras conciencias determinados accesos de locura colectiva que debieron haberse evitado.

En la obra que presta su título a esta entrada, Zweig relata con esa elegancia, claridad y lucidez que le caracterizan, su vida intelectual, y en particular aquellos acontecimientos que acabarían por precipitar su caída, la caída de Europa. Y a pesar de ello, su prosa es tranquila y soñadora, se diría que nostálgica; en ella no atisbamos la apabullante energía autodestructiva que caracteriza a algunos de sus personajes literarios, y por este motivo, su corolario artístico despierta en mí, como ya dije, sentimientos contradictorios: por un lado amo la belleza, el ánimo y el perfume reconciliador que sus párrafos desprenden, y por otro su ingenuidad consciente me inspira una rabia incontenida que amenaza con desbordarme; una cólera injustificada que me susurra demoníaca que la mejor de las soluciones para el sabio es la de someter a sus semejantes, evitando así que los malvados y los ignorantes ocupen el lugar de los respetables y los justos. Embriagado y entrampado por un ataque de amok, quiero denunciar y hervir a fuego lento la fría estadística exhibida sin pudor por los geógrafos humanos.

Cada ser humano muerto representa una esperanza frustrada, un futuro genio truncado, una descendencia cercenada, un experimentar roto y un sentimiento no nacido. Multiplique por millones y en su cabeza arderá el peso de esa histeria colectiva que supone la matanza orquestada por los Estados y los grupos terroristas desde 1914. Desengañémonos juntos una vez más: no hay controversias “ideológicas” ni por ende “ideologías”, y los que las sostienen me resultan antes ideotas que hombres y mujeres dotados de convicción. Porque aceptémoslo, el trabajo intelectual y el razonamiento abstracto escapan al entendimiento y las posibilidades de las masas; asimismo, sólo veo justificada la lucha armada como defensa, por otra parte un principio que impregna el Derecho Internacional Público, y de cuya carencia se lamentaba el propio Zweig (p. 503). Tolstói, Gorki, Dostoievski, Rilke, Nietzsche, Unamuno o Rolland, así como una pléyade de filósofos y humanistas también citados por el genio de Viena, nos alertaron contra el peligro de ese “cruel y voraz espantajo” (p. 171) que era el Estado, pero una buena parte de nuestros antepasados prefirió confiar su destino a las pulsiones abyectas que brotaban de su siniestra irrealidad, arrastrándonos a todos al infierno.

De su triste final, que no trágico, supe antes de leer esta su postrera obra, y enseguida realicé un juicio de valor injusto. Esto es así porque siempre he considerado que suicidarse por no “transigir una idea”, a la manera de ciertos antihéroes dostoievskianos, es estúpido y ridículo. Pero al profundizar en la biografía de Zweig, uno se da cuenta de que determinados acontecimientos horribles sobrepasan nuestra capacidad para soportar el sufrimiento, la humillación y la pena, y acabamos por perder la ilusión de vivir. Aislado y exilado en el Nuevo Mundo, el genio y su esposa no pudieron contemplar por más tiempo un mundo donde la barbarie, personificada en el nazismo, ganaba terreno a las naciones civilizadas. De nuevo se repetía el horror; imposible encajar por más tiempo la degeneración y el catastrófico final del idilio conocido durante la juventud.

En sus páginas hay claves y similitudes con este nuestro comienzo de siglo que encuentro particularmente reveladoras. El camino que las generaciones sobrevivientes a la posguerra tomaron para sortear una situación injusta y caótica, fue el desarrollo de las vanguardias artísticas y un ansia por vivir y experimentar que rozaba la manía y el furor platónicos. Y también un desprecio manifiesto y un mudo reproche al mundo legado por sus padres —sus beligerantes, ingenuos e inconscientes padres—, que hizo de ellos unos parias desempleados con ansias de estilo, fiesta y liberación sexual. Huelga decir que las mismas pautas culturales se han ido repitiendo a lo largo del pasado siglo y del actual, y recomiendo el filme Cabaret (1972) a todos aquellos lectores que aún no la hayan visto, dado que retrata a la perfección el mundo que Zweig describía con cierto amaneramiento burgués. Del mismo modo, nosotros, los jovenzuelos nacidos entre los setenta y los ochenta del pasado siglo XX, creímos a nuestros padres cuando nos describieron un mundo en el que los centros académicos nos abrirían las puertas a un futuro idílico, y que sí o sí encontraríamos un hueco para nuestras aspiraciones; un paisaje costumbrista que se hizo añicos ante la Gran Recesión de 2008 y de la que nos vamos recuperando muy lentamente.

Debemos ser conscientes, como lo fue Zweig, del espíritu transformador y dinámico de nuestra época, que mira con recelo todo escenario anterior y que confía ciegamente en el progreso, porque en ello nos va la vida. Cuando la gran crisis económica se hizo notoria en nuestro país, pude comprobar a cámara lenta cómo mi generación se desperezaba y salía del alelamiento en el que había vivido durante su corta existencia. Millones de veinteañeros se restregaban los ojitos como bebés y miraban a sus papis con cara de cabreo, demandando una explicación y recreando con asombrosa exactitud los movimientos de masas de un pasado no tan lejano. Y esa misma experiencia la vivieron los incautos que marcharon con lerda sonrisa a la Gran Guerra, o en otras palabras, al horror que haría naufragar a Europa y que precipitaría las “tiranías” posteriores. En definitiva, la pérdida de la inocencia que describe nuestro escritor vienés no sólo se experimentó históricamente durante las primeras décadas del siglo XX, sino que nuestra misma biografía se compone de dos momentos: el de ayer y el de hoy. La niñez, plena de esperanza y confianza, se torna en purgatorio durante la edad adulta, cuando advertimos el frío y desencantado mundo en el que estamos inmersos y las pocas posibilidades de que disponemos para sobreponernos a él. La duración y el alcance de este shockdependen de nosotros mismos, de nuestra fuerza y carácter. Mas Zweig tenía razón cuando afirmaba:

“A pesar de todo el progreso que el cuarto de siglo de entreguerras ha traído en el campo social y técnico, en nuestro pequeño mundo de Occidente no existe ninguna nación que no haya perdido una parte ingente del placer de vivir y de la libertad de espíritu de antaño” (p. 170).

Esta pérdida se está viviendo hoy con aún mayor intensidad, en plena Tercera Revolución Industrial, debido probablemente a la conciencia de habernos liberado de un manto de inocencia que acabaría por asfixiarnos. Una sociedad masificada y asediada de estímulos no precisamente intelectuales, que prima la burocracia, el control subrepticio de sus ciudadanos y la cuantificación arbitraria del conocimiento, sobre la base de certificaciones académicas que en nada demuestran la competencia de sus poseedores. No obstante, la realidad presente supera con creces a los tiempos pasados en todo lo que respecta a los adelantos técnicos y científicos, la facilidad de acceso a la información, la estabilidad interna de las naciones “desarrolladas”, la aparición de bloques estables supranacionales, como la Unión Europea (una realidad que hubiera llevado al éxtasis a Zweig), el crecimiento de unas clases medias que atempera las castas de antaño, la liberación sexual y la igualdad entre sexos, y la posibilidad de viajar a lugares distantes con relativa facilidad.

Por lo demás, nuestra época nada tiene que ver con esos centros urbanos de cuento de hadas y esas campiñas idílicas recortadas contra Los Alpes blancos, y que sirvieron de marco y reflejo al escritor de Viena; por el contrario, y me pongo como ejemplo, nuestro periplo biográfico se desarrolla principalmente en un entorno suburbano, funcional y decadente del que es difícil sustraerse, con el fin de lograr una obra artística que supere a los maestros de la avant-garde. Se me podrá objetar que cada época encuentra su inspiración en lugares y realidades distintos, y aunque podría estar de acuerdo con el argumento, algo me dice que no es tan sencillo… En todo caso, la influencia y la expectación por las funciones de teatro y las óperas que describía Zweig en El mundo de ayer, han sido sustituidas por conciertos de pop-rock y los estrenos de la HBO, y el aprecio y la pasión de las gentes por la palabra escrita han quedado confinadas a determinadas élites intelectuales. A pesar de todo, el genio creativo se conduce actualmente en regiones distintas a las de comienzos del siglo pasado, y es llevado a término por individuos ególatras, vanidosos e histéricos de difícil clasificación, que hallan en la fusión de estilos y las redes de comunicación un cauce de expresión hasta cierto punto novedoso.

En cualquier caso, no creo en los conceptos de progreso o evolución, y por ende desconfío de amaneceres y ocasos. Vivamus, mea Lesbia, atque amemus! Todo lo demás sobra y es superfluo. Les animo, en fin, a que devoren con fruición la obra de este austriaco universal, y que no pierdan detalle de sus suculentas ideas y extraordinarios dotes narrativos. Studia Hermetica y eXcogito, se sienten herederos de la obra de estos grandes genios del pasado, y sobre ellos volveremos. Por lo demás, sigo trabajando en algunos proyectos que creo tendrán una calurosa acogida por parte de los lectores habituales de la revista. Por cierto que no me planteo mi participación en ninguna otra revista académica a corto plazo, ni tan siquiera enviar mi producción literaria a editorial alguna. Mi vida transcurre por una senda clara y contundente: evitar perder el tiempo a toda costa con intermediarios y labrar mi propio espacio editorial.


Imagen: “Detalle de retrato de Stefan Zweig”. Photo by Imagno/Getty Images. Copyright of the author.

Karstic Mind

Entre los laberintos de mi mente habita un duende, un ente oscuro y vil, protector de secretos inconfesables y profeta de delirios nocturnos. Cuando el sol se rinde a la oscuridad y la esperanza destila su amargo sentir, le rindo pleitesía como único dueño y señor de mis obsesiones trasnochadas. Aquellas noches cálidas que no parecen invitar al sueño, las obsesiones se hacen fuertes, recorren los amplios salones subterráneos de la inconsciencia y emergen estallando en mi alma, guiando mis pesadillas hacia proyectarse en la oscuridad de la noche, fundiéndose con las sombras y la tenue luz de la luna. Es entonces cuando veo a ese extraño guía, a esa criatura que habita en mi memoria y que, cargado con la más pura malicia, me empuja hacia esferas inhóspitas de la realidad donde la imaginación y el miedo se funden con una realidad que poco a poco empieza a fragmentarse y a separarse en elementos carentes de significado, donde las partes sustituyen al todo y los antiguos significantes se convierten en símbolos indescifrables para los seres que no han sido tocados por la locura.

Mientras mi conciencia se transforma, los objetos empiezan a vibrar en consonancia con el malestar que agita mi pecho. Mi duende se revuelve en mi interior, invoca a las sombras y a los misteriosos hados de lo innombrable, catapulta sobre mis ojos, ideas que se transforman rápidamente en extrañas imágenes palpitantes de vida y misterio que finalmente precipitan en el mundo real y se funden con él. Entonces veo como aquellos extraños seres que forman parte del vacío cobran vida, se aparecen ante mí y me muestran un mundo fragmentado, atomizado por partes y nexos frágiles que cohabitan las vibraciones que les dan la vida. De las paredes y los objetos salen pequeñas hebras de electricidad que agitan el aire, como rayos de tormenta o patas de araña que buscan afanosamente una conexión o un punto al que agarrarse, al que conectar. Aquella maraña de seres aparentemente incorpóreos conectan la realidad, le dan forma, integran el vacío para darle existencia, para atrapar las ideas y convertirlas en cuerpos sustanciales.

Mi mente marchitada apenas puede resistir aquella agitación de angustia y conexiones espectrales. Las ideas combustionan en mi interior despertando el infierno del alma y entonces veo que todo a mis pies se desmorona, desaparece la vida y el tiempo, la realidad del espacio se disocia en diferentes realidades que se separan hasta alcanzar horizontes infranqueables a las miradas más poderosas. Los pensamientos se diluyen en aquella incerteza, menguan en significado y se degradan hasta convertirse en pequeñas formas cuadradas que carecen de toda esencia, sin color, movimiento o voluntad. Desde aquella oscuridad remota, que levemente se posa en mi corazón, veo ojos que miran el universo, tentáculos que tantean las posibilidades del mundo y que juegan con los siglos del devenir. Poco a poco una luz se hace cada vez más visible y las distancias insalvables vuelven provocar hendiduras visibles que aglutinan la materia y le vuelven a dar consistencia. Entre aquel milagroso obrar distingo de nuevo los tentáculos, las hebras del universo que juntan y tejen la propia existencia. Intento mirar hacia mis adentros para ver cómo actúan en mí aquellos seres misteriosos, tratando de distinguir si he sido dividido o alterado por los infortunios del cosmos. Sin embargo, no me encuentro, no veo mi cuerpo, mi alma, no siento el corazón ni los latidos; sólo las ideas siguen reposando, conformando el sujeto que trata de entender, explorando rincones ignotos y subterráneos que quizá ya no se hayan en el subsuelo de la conciencia, sino en lugares lejanos del universo, perdidos en lejanas esferas que orbitan alrededor de fuerzas incomprensibles.

No obstante, empiezo a ser consciente de la aglutinación de la memoria, de su súbita reintegración bajo el amparo de aquella luz tenue y azulada que parece recorrer el universo infinito. Noto su viva luz, su energía vital, la restauración del ser, de la realidad, de la existencia. Todo empieza a volver a la calma y la materia vuelve a unirse negando el vacío momentáneo con el que percibimos las cosas. La luz empieza a extinguirse, a diluirse en el espacio que ha dejado atrás y las sombras vuelven a agitarse, esta vez con más fuerza. Parecen dirigirse hacia mí, tratando de llamar a mi recobrada consciencia. Es mi guía, el maestro de sombras, el duende imperecedero el que me llama, me advierte con mirada furtiva desde los ecos de mi pensamiento que algo ha cambiado en mi interior.

Con viva imaginación acuden a mi conciencia explosiones coloridas que más allá de su dinamismo efectivo, buscando direcciones irreconocibles, apariencia y desapareciendo bajo formas diferentes, muchas veces partículas diminutas y otras veces pequeños haces de luces cegadoras. Veo entre aquel silencio cohabitar las luces con la presión anómala que siento en mi pecho, el dolor guía las conexiones, los recuerdos reaparecen y se ordenan para entender una realidad reformulada, inexpresada desde tiempos pretéritos. Con azaroso talento distingo un punto extraño, un lugar de donde emergen con mayor consonancias las luces, un punto de indeterminación en la que se escinde la emoción del pensamiento, un pequeño lugar donde todavía queda viva aquella extraña luz primigenia. Conforme empiezo a ser consciente de esa conexión, el duende evoca mis recuerdos, los proyecta en el vacío y la realidad empieza a cobrar un extraño color donde confluyen el miedo y la curiosidad. Siento su inquietud, su extraño afán de hacerme comprender una verdad oculta que muchas veces he sido incapaz de reconocer.

Aquellos haces empiezan a resultar familiares, poco a poco se desenvuelven, de descifran y se convierten bajo el prisma de una conciencia renovada, en recuerdos vetustos, imágenes reprimidas y pensamientos perdidos en el vacío del ayer. Veo lágrimas recorrer el firmamento, fundirse con las estrellas y renacer con dolores, adquiriendo formas de personas, flores y animales. Veo el viento trasladar los pensamientos a través de los eones del tiempo, haciendo resonar las ideas inmaculadas a través de todos los confines del universo. Descubro poco a poco ese punto de indeterminación donde subyace un torbellino de existencia, una luz que emana hacia todos lados y a la vez hacia ninguna, una luz que sólo se ilumina a sí misma y que ahora por primera vez es percibida por alguien. Veo una luz que es el tiempo extinguirse y condensarse en una sola gota, es un presente inamovible, imperecedero que fue puesto en el centro del cosmos antes de la propia existencia de los dioses mortales y las lunas que animan los sueños y las almas nocturnas. Aquella luz empieza a expandirse hacia todos los rincones, como una esfera que crece sin degradarse, intenta expandirse provocando el pasado y el futuro, moviéndose hacia lugares remotos que quizá nunca alcance.

Aquel fluir de energía remueve mi interior y entonces comprendo la verdad de mi ser, la verdad de mi existencia. Al igual que aquella gota de luz, no me encuentro en un tiempo lineal que trata de alcanzar un futuro, tampoco en un tiempo circular que trata de repetirse una y otra vez, sino en un punto de indeterminación donde solo existe el presente. La conciencia, animada por aquella espiral, crece hacia los puntos divergentes, provocando la aparición de la memoria, tratando de crear una historia, un pasado, un nexo de unión que trate de explicar lo que no puede ser explicado, tratando de encontrar un origen a algo que es eterno e imperecedero. De igual manera, se expande hacia el lado contrario, proyectando imágenes deformadas del presente y del pasado hacia un lugar inexistente llamado futuro. La conciencia trata de justificar el presente de acuerdo con el fantasma del pasado, una ilusión vaga e imprecisa que se contenta con encontrar una causa a la soledad que me domina. Miro hacia el futuro y veo el vil reflejo de ilusiones ya pasadas, una imagen consonante con la falsa esperanza, con supuestas formulaciones que han pasado por mi consciencia y que de alguna manera creo advertir. El pasado no es pues, más que una ilusión y el futuro, una imagen deformada de este pasado, un destello de lo que podría haber sido, una respuesta rápida que trata de poner un final.

El oscuro duende me revela como he creado yo mismo la noción de la muerte para evitar reconocer que no vengo de ningún lugar, que no existo, que mi alma navega en un punto de donde no emerge más que ilusión. Nunca tuve recuerdo alguno, construyo ese pasado para negar mis recuerdos. Construyo un posible fin para poner fin a la angustia que representa el propio hecho de existir.

Laudanus.


Imagen: “Detalle de obra de Hilma af Klint, The Swan, No. 14, alterada mediante un software de edición de imagen” (1914-15). Copyright of the museums & heirs.
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