The Outsider Manifesto

No es un secreto que uno de nuestros principales objetivos en Studia Hermetica es el de arrojar luz sobre aquellos pensadores y experimentadores que se mantuvieron al margen de la cultura dominante. Hablamos de los outsiders (los marginados, los solitarios o los desterrados), a los que con frecuencia se tacha de “genios” o de “incomprendidos”, generando entre determinados círculos al margen del “sistema establecido” un irreflexivo apego. Al fin y al cabo, nuestros marginados han sido injustamente tratados debido a la estrechez de miras burguesa de sus contemporáneos, o bien a la envidia de sus colegas y allegados. De esta manera, nosotros, los integrantes del glorioso club de los disidentes, deberíamos sentir como propios sus sufrimientos, desvelos y proyectos frustrados. Como consecuencia de un simple proceso de asimilación, la pasión y muerte de los marginados nos debería generar una simpatía instantánea, a pesar de los atropellos y atrocidades que pudieren haber perpetrado esas almas perdidas. Es evidente que “los demás” (esa masa informe, indiferenciada e indiferente de machos machistas, blancos caucásicos patriarcales, malevolentes gobernantes ávidos de sangre o, sin ir más lejos, padres maltratadores y abandonadores y madres castradoras, desvaídas y dementes), son los responsables últimos de sus tristes trayectorias vitales. Es evidente: nuestros outsiders han sido deshonrados, desprovistos y defenestrados. ¿Cómo se nos ocurriría cuestionar acaso sus tragedias?

Pues no, estimado lector, no es mi caso: mi interés por el pensamiento marginal es exclusivamente científico. Examino y disecciono sus órganos internos como lo haría un médico forense que tiene ante sí un cadáver putrefacto. Salvo contados casos, sus vidas y milagros me resultan apenas reseñables; no les admiro ni desprecio. Me resultan, sencillamente, el perfecto producto de sus contradicciones. ¿Un ejemplo? Theodore Kaczynski. Mi interés por su persona afloró a raíz de la serie Manhunt: Unabomber, de Netflix, y desde entonces examino con mucho cuidado sus desvaríos. Hace días terminé de leer su archiconocido “manifiesto”: Industrial Society and Its Future. Nuestro héroe (o más bien, antihéroe) parece reunir en su persona todos aquellos elementos que caracterizan a un outsider comme il faut: solitario, aislado, huido, inteligente, culto, envidiado… algunos le tachan de “genio”, incluso. ¿Mi veredicto? Allá vamos.

Kaczynski embadurna con venenosa verborrea de anarquista trasnochador y trasnochado, un “manifiesto” político que se autoreivindica como apolítico. Pretende condensar, haciendo uso de oraciones eficaces y sencillas, un universo de fenómenos apenas abarcable bajo el término “sistema” (system, repetido nada menos que doscientas treinta y ocho veces en su parrafada). El mencionado “sistema” no es otro que el conjunto de realidades demográficas, técnicas, político-económicas, ambientales y filosóficas, condensadas en torno al capitalismo nacido al socaire de las Revoluciones Industriales.

Nuestro prohombre es, además, un enamorado de la “naturaleza” (término manoseado cincuenta y seis veces), cuyo objetivo es muy simple: acabar con toda tecnología sofisticada, con el fin de liberar al ser humano de su yugo. ¿Pero a qué concepto de naturaleza alude Kaczynski?:

The positive ideal that we propose is Nature. That is, WILD nature: those aspects of the functioning of the Earth and its living things that are independent of human management and free of human interference and control. And with wild nature we include human nature, by which we mean those aspects of the functioning of the human individual that are not subject to regulation by organized society but are products of chance, or free will, or God.

Reflexionemos durante unos instantes sobre el concepto de naturaleza, sobre la base de un sencillo silogismo: 1. Las actividades de los seres vivientes son naturales. 2. El ser humano es un ser viviente. 3. Ergo la actividad del ser humano es natural. ¿Es acaso el binomio artificial-natural un mero convencionalismo mental? ¿Por qué extrapolamos al hombre de la naturaleza, si son conceptos análogos? Llevados por esta misma lógica, deberíamos plantearnos cuestiones como las siguientes: ¿Es una metrópolis como Shenzhen menos “natural” que un malpaís o paisaje volcánico? La caída de un asteroide, hace aproximadamente 66 millones de años, causó la extinción de la gran mayoría de los géneros biológicos del periodo; ante un evento de semejante poder de destrucción, ¿no deberíamos replantearnos nuestras capacidades reales de alteración de los ecosistemas? O como escribía Pío Baroja: “Dios murmura en la cascada y canta en el poeta” (Camino de perfección). Más adelante matizaré mis palabras; conviene a un filósofo el examinar con minuciosidad las diatribas a las que se enfrenta, sin anteponer sus preferencias personales a la realidad.

God loves violence.

Cabe preguntarse si por “sociedad organizada”, Kaczynski se refiere también a los grandes imperios de la Antigüedad, que hacían uso de una tecnología que podríamos considerar “sofisticada”. Obviamente, esta cuestión aflora aquí y allá en su manifiesto, por ejemplo, en relación a los sistema de irrigación y agricultura romanos, pero no aclara lo que los pobres humanos deberíamos hacer si un buen día apagáramos nuestros ordenadores, quemáramos las estaciones eléctricas, tiráramos a un barranco nuestras neveras y convirtiéramos nuestros automóviles en tiendas de campaña: ¿adónde retornaríamos?, ¿a una cultura Amish?, ¿a una sociedad preindustrial de perfume medieval? ¿A las cuevas, quizás? Previendo este lógico contraargumento, nuestro héroe se ve obligado a reconocer que “una ideología”:

in order to gain enthusiastic support, must have a positive ideal as well as a negative one; it must be FOR something as well as AGAINST something.

En otros términos, Kaczynski, cual rata de biblioteca amohinada, se ve en la pesarosa obligación de proponernos algo para que quedemos contentos con el nuevo orden, recurriendo a argumentos tan falaces como infantiles. La sucesión “lógica” sería más o menos la siguiente: 1. Los agentes del cambio deben esperar a que el sistema colapse por sí mismo, sin mancharse las manos en parlamentos, no vaya a ser que acaben por aplicar políticas absurdas, generando la falsa impresión de que el desastre al que el sistema está claramente abocado (breakdown, término repetido, tanto de manera simple [break] como compuesta, en cuarenta ocasiones) es obra suya. 2. Deben evitar los seguidores del FC (es decir, Freedom Club, pseudónimo de Kaczynski a los efectos del manifiesto) inculpar a la sociedad con motivo de su apego bastardo por la tecnología, debido a que ello generaría rechazo y resentimiento en las masas y a que, obviamente, se trata de una estrategia de marketing errónea. 3. Deben los agentes del cambio ludita procrear como conejos, porque está demostrado que los vástagos que crecen en un ambiente sometido a determinados ideales, acaban por allanarse a ellos con naturalidad.

En el espectro contrario a su martilleante doctrina, nos encontramos con los tecnófilos (technophiles), esos recalcitrantes Steve Jobs que ven en la tecnología la resolución a todos los problemas de la humanidad, abanderados por un grupo altamente cualificado de técnicos y científicos, cómplices de un sistema inhumano, esclavizador y degradante, cuya dedicación primordial se dirige a la consecución de necesidades postizas (“actividades subrogadas”, como así las denomina él):

technicians and scientists carry on their work largely as a surrogate activity; that is, they satisfy their need for power by solving technical problems.

De esta manera, mediante la manipulación de la psique, el comportamiento y el entorno humanos, el “sistema” está resuelto a controlar todos y cada uno de nuestros impulsos, especialmente aquellos que no encajen en él. ¿Cómo? En virtud de un proceso de sobresocialización (oversocialization) destinado a hacer de nosotros sujetos obedientes. Su instrumento más eficaz es la educación, obligando a las masas de jóvenes a decantarse por estudios vacuos, útiles al sistema pero inútiles para colmar sus necesidades primarias y ansias de autonomía. Todo sujeto que no “pase por el aro” está condenado a la marginación social o al manicomio.

Pues bien, sobre esta cuestión ya hemos discurrido en otro lugar, así que remitimos al lector a nuestro cuaderno de notas De Umbris Idearum.

Este modo de discurrir retrata al hombre: un Necháyev posmoderno cuyo centro de operaciones hállase en un locus amoenus virgiliano que sin embargo no es capaz de serenar su sed de venganza. Desde su cabaña-purgatorio, un Kaczynski autosuficiente, frío y odiador, confecciona artefactos explosivos “ecológicos”. Detengámonos ahora un momento y realicemos, mal que nos pese, un ejercicio de abstracción, tratando de imaginar cómo funcionaría una mente maquiavélica exquisitamente educada en las teorías de los clásicos y los modernos, que se hubiera decantado por orquestar un cambio real en la sociedad. Dicha mente daría vueltas a las siguientes cuestiones:

1. El uso de la violencia: a) La destrucción física de los oponentes cuando no hay modo de convencerles de que sus argumentos o actos son erróneos o estúpidos. b) Todo grupo de presión o individuo alzado en armas se ha mostrado insuficiente e ineficaz para acabar con un Estado moderno previamente constituido. Con frecuencia, las supuestas buenas intenciones de sus integrantes degeneran en una espiral de sangre en la que los medios no son capaces de justificar los fines, o peor aún, éstos acaban por olvidarse tras décadas de lucha sin sentido. c) Sin embargo, sin violencia no hay nada: toda ideología, por muy ridícula que sea, necesita expresarse dando un golpe en la mesa, atacando aquello que nos hiere en lo más hondo: nuestros seres queridos, integridad y patrimonio. De lo contrario, evidenciaría su absoluta vacuidad. ¿Qué es si no el terrorismo de base nacionalista? Un patético espantajo adornado con un traje de hipostasiadas verdades.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema.

2. La crítica al sistema: a) ¿Cómo ha acabado por constituirse un tipo de sociedad como la nuestra? b) Asumiendo que es errónea, dañina o contraria a la naturaleza humana, ¿han existido alternativas teórico-prácticas a ésta? c) ¿Nos ha hecho más exitosos como especie, más fuertes, inteligentes o felices?

Las respuestas a estas cuestiones revisten una extrema complejidad. Tomando como ejemplo al influyente pensamiento de un solo hombre, Karl Marx, deberíamos de disponer de una naturaleza proclive al estudio de la filosofía para apenas ser capaces de entender el origen y desarrollo de las doctrinas marxistas y neomarxistas. Por ejemplo, los insignes integrantes de la Escuela de Fráncfort (Horkheimer, Adorno, Marcuse, Fromm, Althusser, entre otros) analizaron con singular precisión las tempestades nacidas al ardiente abrigo de las Guerras Mundiales, tratando de dilucidar el melancólico destino de la Ilustración. Por lo tanto, toda crítica a un “sistema” de tales dimensiones, erigido sobre milenios de civilización y cultura escrita, debería pasar por unos ejercicios de reflexión y trabajo extenuantes; una tarea que escapa no ya al común de los mortales, sino a la gran mayoría de los sujetos letrados y pensantes de este mundo.

En lo que respecta a conceptos como la felicidad, la autonomía o la dignidad de la persona, no nos es posible afirmar nada categóricamente. ¿Eran las mujeres más libres y autónomas viviendo bajo el yugo de sus padres y maridos en el siglo XIX? ¿La represión religiosa ejercida por los diversos bandos en liza en la Europa del siglo XVI nos hacía más felices a los seres humanos? ¿La presión familiar o tribal de cualquier época pasada era más benigna que la impuesta por el “sistema” actual? Si por el contrario, centramos nuestra atención en el aumento exponencial de la población durante todo el siglo XX, la práctica extinción de buena parte de las epidemias que nos masacraron durante milenios y la popularización del conocimiento, deberíamos replantearnos cualquier punto de partida metodológico que establezca que un supuesto natural mundo de origen fue “mejor”.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema (Letter to San Francisco Examiner, 1985):

The hollowness of the old revolutionary ideologies centering on socialism has become clear (…) All ideologies and political systems are fakes. They only result in power for special groups who just push the rest of us around. There is only one way to escape from being pushed around, and that is to smash the whole system and get along without it.

Kaczynski se posiciona en contra del “izquierdismo” de todo orden y condición (el vocablo leftist es repetido ciento treinta y una veces), recurriendo a argumentos que fracasarían estrepitosamente en un entorno académico serio, pero que serían singularmente pegadizos en una disputa de bar o cafetería. Tacha a lo que él denomina “izquierdismo” (leftism) de religión (leftism is a kind of religion), rezumando una mala baba sólo justificable en un sofista resentido que, ora recurre a la historia, ora a un subjetivismo psicologizante de vulgar ralea:

…feelings of inferiority, low self-esteem, powerlessness, identification with victims by people who are not themselves victims, is a peculiarity of modern leftism.

De hecho, esta clase de dialéctica diletante la podemos observar en los sabios dieciochescos y medievales, que carecían de un conocimiento científico contrastable y contrastado, pero que resulta imperdonable en un supuesto genio titulado en Harvard. Y pondré como ejemplo contrario a Max Weber, quien dedicó su vida a entender la sociedad en su conjunto y que, para apenas vislumbrar un solo hecho de esos que “analiza” con tanta frivolidad Kaczynski, no le quedó más remedio que elaborar un sofisticado utillaje científico contraído en las más de mil páginas que conforman su magna Economía y sociedad, obra que, para más señas, se publicó póstumamente. Se me puede argumentar que Kaczynski no persigue comprender el “sistema” sino destruirlo, ¿pero me puede alguien explicar cómo se acaba con algo que no se alcanza a comprender?

Sí, soy consciente de que el anarquista no trata de ser riguroso ni académico cuando alude al “sistema”, sino que se limita a expresar un sentimiento largamente larvado desde la irrupción de la industrialización. Aclarémoslo por boca de otro anarquista, Tyler Durden, esta vez de la ficción:

In the world I see – you are stalking elk through the damp canyon forests around the ruins of Rockefeller Center. You’ll wear leather clothes that will last you the rest of your life. You’ll climb the wrist-thick kudzu vines that wrap the Sears Tower. And when you look down, you’ll see tiny figures pounding corn, laying strips of venison on the empty car pool lane of some abandoned superhighway.

El mundo moderno es una mentira que nos aparta de nuestra verdadera naturaleza. Volémoslo por los aires. ¿Para qué entenderlo? Sabemos que lo sufrimos, es más que suficiente. ¿Para qué tratar de cambiarlo? El sistema ha llegado a un punto de no retorno. La conclusión es evidente: debemos hacerlo estallar en mil pedazos. Una proposición simple, poderosa, de cuyas consecuencias seremos todos legatarios.

Dostoievski, con esa espectacular lucidez que le caracterizaba, concibió una obra capital que analiza la raíz del nihilismo (Los Demonios). En ella, Piotr Stepanovich (trasunto literario de Necháyev) se rendía patéticamente a la belleza de Stavrogin:

-¡Stavrogin, es usted hermoso! (…) No conozco a otro más que a usted. Usted es mi caudillo, usted es mi sol y yo soy su gusano”.

Ambos personajes son, a su manera, paradigmas del antihéroe romántico: violentos, brillantes, enigmáticos, bellos, retorcidos, detestados, turbulentos y malvados. Condenados ambos a un trágico final. Utilizando nuestro cercenado vocabulario posmoderno, podríamos afirmar que un nihilista (Stepanovich-Necháyev) se encuentra frente a frente con un psicópata, en un duelo que pronostica la gigantesca ola que golpearía el promontorio del mundo contemporáneo.

¿Alguna vez se ha preguntado qué motiva a algunos de los asesinos en serie? En efecto, lo tiene usted en la punta de la lengua, vamos, atrévase a decirlo… Nada. No les motiva nada; o mejor dicho, les motiva la nada. ¿Impulso sexual, voces susurradoras, satanismo, envidia, sentimiento de dominación, misoginia…? Nada: una jerigonza pseudopsicológica que nos impide ver las cosas tal y como son. Cuando un individuo perturbado se reivindica matando, lo hace movido por su ansia de poder: desea fascinar, desea que le amen, critiquen y adoren. Que le teman. Ha llegado al convencimiento de que los elementos exteriores a su ser son meras fantasías sostenidas en el éter: ¿acaso existen las personas?, ¿padezco yo el sufrimiento ajeno?, ¿no todos somos pecadores y, por ende, susceptibles de ser castigados? ¿No es todo lo conocemos o sabemos una mera convención social? ¿Qué más da? Persigamos los aviones. Explotemos cosas. El nihilismo pasivo en su más cruda expresión.

Some men just want to watch the world burn:

O peor aún, algunos desean alzarse como reyes de las cenizas, haciendo uso de esa escala generada por el caos.

‘Chaos is a ladder’…

En otras palabras, tiemble usted, estimado lector, cuando los Littlefingers de este mundo se alcen en armas contra los tiranos, porque un infierno de inesperadas consecuencias se abatirá sobre los amotinados. O como el mismo Kaczynski afirmaba:

Any kind of social conflict helps to destabilize the system, but one should be careful about what kind of conflict one encourages.

¿Pero a qué viene todo esto? ¿Por qué me he decantado por diseccionar la médula espinal del nihilismo partiendo del Unabomber’s manifesto? Pues nada menos que debido al “incidente” desvelado días atrás en relación a la red social Facebook: al parecer, fueron filtrados los datos de ochenta y siete millones de usuarios a una consultora, Cambridge Analytica, destapando con especial crudeza uno de los grandes riesgos del Big Data. Uno que muy pocos de nosotros estamos dispuestos a afrontar. No en vano, en un momento de lucidez, Zuckerberg llamó dumb fucks a los usuarios de su red social, dando la razón a Kaczynski. ¿Es Facebook una red social? No: Facebook es un modelo de negocio que se retroalimenta del poder generado por la información cedida de sus usuarios. Un gran ecosistema dedicado al voyeurismo que supone El Dorado de todo consultor de marketing, analista político o depredador enmascarado.

Decía que Zuckerberg le da la razón a Kaczynski (¡paradojas de la vida!). Un rebaño de billones de usuarios, ávidos de ser observados y observar, son hábilmente conducidos por un puñado de técnicos que se venden al mejor postor. Esto valida las proposiciones pobremente argumentadas del Unabomber: existe un sistema dirigido por técnicos que sobresocializa a los individuos con el fin de domeñarlos para sus siniestros propósitos electoralistas o económicos. ¿No le produce pavor? ¿Indignación, quizás? Pues mi primera reacción fue la de cerrar nuestro grupo de Studia Hermetica en Facebook (he de decir que hace meses clausuré mi cuenta personal en esa red social, movido por la incomodidad que me produce ese entorno viciado, postsoviético, repleto de dictadorzuelos con ínfulas de vedette). Pero no, aún no es el momento; tendrá más noticias mías al respecto.

Lo trágico de historias como las de Kaczynski es que, en el fondo, sus desvaríos y errados métodos contienen un trasfondo de verdad inquietante:

1. Sí, la sociedad industrial parece desbocada. El proceso de endoculturación es cada vez más costoso en un mundo sometido a un cambio implacable, al son de un mercado tecnológico que no es capaz de asimilar los trepidantes cambios que acomete.

2. Sí, nos estamos apartando de nuestros ecosistemas originarios, olvidando nuestra posición como entes biológicos. Contribuimos así a la recreación de entornos alienantes, impersonales y utilitarios, restando espontaneidad, propósito y sentido a nuestras vidas:

‘Nature takes care of itself’.

3. Sí, el poder está siendo acumulado progresivamente en manos de una minoría, ayudada por los grandes agentes de la globalización. En ocasiones parece que asistimos a un tira y afloja entre grupos proclives a retornar a las redes de solidaridad tradicionales y esas otras redes difusas de estabilización global:

Very repellent is a society in which a person can satisfy his need for power only by pushing large numbers of other people out of the way and depriving them of THEIR opportunity for power.

Hace años, cuando no era más que un mozalbete, me grabé a fuego este pasaje escrito por Freud, en una misiva dirigida a Lou Andreas-Salomé:

Mi secreta conclusión era esta: puesto que podemos considerar que esta civilización actual encubre una gigantesca hipocresía, se deduce que no somos orgánicamente aptos para ella. Él o lo desconocido que acecha tras el destino, repetirá un día otro experimento semejante con otra especie.

¿Sabe qué? Vivimos en una época apasionante, asfixiada por los contrastes. El único sistema al que merece la pena vencer es al foro interior de la conciencia. Los humanos hacemos a los sistemas; no permita que suceda lo contrario. 

We have no illusions about the feasibility of creating a new, ideal form of society. Our goal is only to destroy the existing form of society.

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