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ἐγώ

Soy coleccionista de egos y escrutador de almas. Mi campo de actuación se despliega en derredor de esas lucecillas perdidas, encontradas, flojas, expansivas, retorcidas y mezquinas que nos rodean. En mi biblioteca académica hállanse obras de referencia atribuidas a Sigmund Freud, Stefan Zweig, Leopoldo A. Clarín, I. Ducasse, Arthur Schnitzer, Fiódor Dostoievski y Friedrich Nietzsche, y a ellos vuelvo para tomar notas y refrendos. Porque mi labor es masticar con letras esa carne poco hecha que supone la humanidad, mas se trata de una tarea ingrata y agotadora de la que huyo a veces, sumergiéndome en la fantasía de mi mundo subterráneo. Porque poseo un don y una maldición de los que estoy orgulloso y decepcionado: sé ver a través de las personas y comprendo sus manchas, anhelos e intenciones. Inconscientemente esa mirada me es devuelta, lo que conduce al centro desnudo de un dueto mentiroso entre el observador y el observante. Como imaginará, no me hace falta ver fantasmas para aterrarme de los muertos, y quizás esa carga algún día me devore con irónica mueca.

Algunos escritores son filósofos, y entre ellos deseo contarme.

Adoro y desprecio esa tarea hacia la que mi surreal vida me aboca con fuerza gravitacional, y no puedo más que estar orgulloso de mi colección de especímenes, de entre los que destacan los artistas, es decir, aquellas almas para las que el mero vivir es un oficio remunerado con dosis displicentes de solipsismo, locura, inquietud, insatisfacción y fascinación. En el extremo opuesto, mis ojos negros observan una legión de hombres y mujeres desmembrados; egos defectuosos cuya existencia bien parece una jugarreta de la necesidad, antes que el don exhausto de un dios bueno. Entre unos y otros se despliegan los momentos, los lugares y los recuerdos. Y bajo todos nosotros, un océano infinito encapotado por una densa niebla.

Soy un pesimista enfundado en un manto de estrellas que yo mismo adorné. Con minuciosidad milimétrica he ido tallando esas lentejuelas, llevado por un impulso extraído de los sueños (de los lúcidos y los inconscientes), mas la luz de éstas no me impide sentir los hechos terribles que el tiempo y la decadencia arrastran. Como científico de almas caídas, soy consciente de las dificultades aparejadas a su retorno; los egos con los que los vivientes se adornan públicamente se disfrazan de ideas e ideíllas, de etiquetas de colores o debates que son sólo palabras, pero insisto: yo soy capaz de rasgar esas vestiduras y contemplar las deformidades y las bellezas de sus seres verdaderos. Y no soy el único integrante de este selecto club de académicos.

Hacer una radiografía certera de un ego es sencillo: basta con rastrear su relación con los demás y despejar esa equis que es el otro. Una vez desprovista la ecuación del elemento colectivo, nos resta la materia bruta de lo que fue y de aquello que pudo ser. Con esa hipótesis en mente me lanzo al ejercicio taxonómico de la carcasa que, insisto, es el ego. En el lienzo blanco que despliego sobre el suelo, con el fin de manchar lo menos posible, voy arrojando los pedacitos macilentos para así examinarlos con determinación, en el frío anhelo de llegar a la bondad primigenia del alma, ora asqueado de una labor que detesto, ora henchido de su grandeza. De entre esos fragmentos, los que más me repugnan y divierten los voy embotellando y reservando en un mejunje de oculta receta.

La filosofía antigua se ocupó de desenmascarar al ego artificioso, de reflotarlo a la playa consciente y de reubicar el alma en su justo lugar: el de gobernadora de la isla. ¿Mi opinión? Ninguna; me decanto por la vana ciencia del taxidermista, que con amor desinteresado se dedica a extractar órganos y escorias, con el fin de crear algo bello u horrible. La obra literaria. Pero me desprecio, así como desprecio a las miradas frías de los científicos, y por eso anhelo penetrar en el teatro del mundo, sin intentarlo ni conseguirlo. “Ser inconsciente del ego y tornarse alma”, esa debería ser la divisa de todo buen filósofo. ¿Debería? Para las almas que viven inconscientes de sí mismas, el ego es una gala o un andrajo que se porta con solemnidad o con torpeza… Apenas puedo contenerme, y sería capaz de gritarles que están ridículas así vestidas, ¡que se desnuden y saquen a relucir sus vergüenzas!, pero el ademán vuelve a sumergir la cabeza en la charca, cual sapo amohinado.

El ego acomplejado o herido que busca atraer la atención y la compasión y el expansivo que persigue desecar egos ajenos para alagar el suyo propio, desprenden una pestilencia similar, fácil de identificar para el filósofo que escribe o el escritor que filosofa. Y cuando ambos elementos se conjugan en el verbo existir, su presencia es raramente tolerable. ¿Penetro en los resbaladizos terrenos de la moral? Nunca fue mi intención; como he dicho, me nutro de los egos: los disecciono, trato y registro. Colecciono los bellos y me desprendo de las manzanas podridas. Y entre ustedes y yo, a veces hago uso de sus flaquezas en mi propio beneficio.

Pero, ¿qué hay de aquellos egos que deciden apartarse y vivir en claustros, reales o figurados? Les invito a que hagan un ejercicio de abstracción: olvídense por un momento de que los demás existen y vuélvanse a mirar en un espejo. ¿Cómo vivirían si lo hicieran sólo para sí mismos? La respuesta a esa pregunta es la antesala del alma, pero no el alma misma, que por propia definición es eterna e insatisfecha posibilidad. Pues bien, aquellos “santos” que viven en olvido perpetuo de sí mismos, se dividen entre los que se saben egos feos y por ese motivo detestan la compañía, y en fin, aquellos otros cuyo ego es un baluarte erigido en oposición al mundo. ¿Qué? Yo de monjes y monjas sé mucho, pero de ellos no hablaré aquí, porque su universo solitario está invadido de cometas que no procede observar con telescopios tan cortos.

Deseo ser sarcástico y cáustico, pero mis palabras son serenas e irónicas; tal es el aprecio que tengo por este mi oficio. Los acólitos no son sino egos deformes que necesitan de la candidez de un alma ajena para alcanzar una imagen de sí mismos que les sea tolerable. A veces uno o dos de ellos se decantan por el suicidio en virtud de un burdo ejercicio de autoconocimiento, pero de esos cadáveres no deseo hablar; me deprimen. Por el contrario, deseo departir sobre los bellos egos: Lord Byron, James Dean, Ludwig II, Frida Kahlo, Katherine Hepburn o… Jeff Buckley o Brian Molko, my sweet prince. Siendo meras fachadas, las almas han logrado proyectar sobre los egos las olas irrefrenables del sentimiento oceánico. La fascinación que desprenden proviene de su potencia.

El infierno segrega ángeles coquetos, mas en los viveros burgueses no crecen más que princesas de la palabra oprimida, incapaces de crear, cuidar y amar. La pasión, el erotismo y la manía son duendes extraños a la trivialidad de esos egos resecos, envidiosos y acomplejados. Sí, el hombre es algo que debe ser superado.


Imagen: “Detalle de Brian Molko Black Background”. Tharsius, DeviantArt (2015-17): http://www.deviantart.com/art/Brian-Molko-Black-Background-532608226

The Egyptian Hermes

Comienza la etapa de ajetreo en Studia Hermetica, etapa en la que espero poder publicar un número monográfico de la revista y un nuevo eXcogito dossier, así como preparar otro evento académico-artístico en Granada junto con mi buen amigo el Dr. Francisco Villalobos. Son muchas cosas, lo sé, pero precisamente a eso dedico los meses anteriores del año: a leer, pensar y mantenerme al día en esto de la investigación y la teoría y práctica del humanismo. Durante el presente año he tenido la oportunidad de dejar volar mi imaginación, dar rienda suelta al niño y al loco que todos llevamos dentro, y en fin, a otros menesteres mundanos que huelga relatar. Ha sido un año bonito, para experimentar y ver cosas nuevas.

Quiero aprovechar esta nueva entrada del cuaderno para dar la bienvenida a dos miembros más en Studia Hermetica Journal: el Sr. Alfredo Tiemblo Magro, investigador de las movedizas lides del mundo de ultratumba antiguo y al Dr. Ronaldo Guilherme Gurgel Pereira, un egiptólogo dedicado a dilucidar las conexiones entre el Egipto antiguo y el tardoantiguo, tomando como nexo el hermetismo, a modo de fenómeno intercultural. Y sobre la estupenda labor de este último deseo centrarme, dado que he confeccionado una reseña crítica sobre su tesis doctoral, The Hermetic λóγος: Reading the Corpus Hermeticum as a Reflection of Graeco-Egyptian Mentality (Universität Basel, 2010).

Me ha sorprendido gratamente el hecho de que aún hoy sea capaz de encontrarme con nuevas caras en esto del hermetismo, investigadores que iniciaron su andadura más o menos a la vez que yo, y que de no ser por la red, dudosamente habría conocido. Este underworld académico que supone el estudio de la filosofía hermética no deja de apasionarme, y de generarme simpatías y antipatías.

¿Qué se puede decir hoy sobre el hermetismo tardoantiguo que no haya sido repetido hasta la saciedad por otro colega investigador? ¿Es un campo inexplorado, virgen? Responderé a estas preguntas con sendos adverbios: “poco” y “no”. En esto del hermetismo filosófico-técnico en la Antigüedad necesitamos urgentemente nuevas perspectivas basadas en elementos tangibles; necesitamos nuevos textos y hallazgos arqueológicos y que los investigadores inmersos en este maravilloso mundo estén preparados para afrontar nuevos retos. Durante estos años de profundo estudio y reflexión, me he hartado de leer las mismas cosas en obras de autores muy distintos, y creo que ya basta de eso. La Egiptología debe dar un paso al frente, y el Dr. Gurgel es, desde mi punto de vista, una digna respuesta a esa petición. Por cierto que me he permitido la libertad de extender más de lo debido la reseña, porque estoy seguro de que los investigadores y aficionados a la materia van a agradecer una mayor minuciosidad en la descripción de esta interesante obra.

No quiero repetirme tampoco yo, y por eso remito al lector a mi artículo “Hermetismo, neoplatonismo y teúrgia”, que por cierto he subido a mi página de investigador en Academia.edu. En este trabajo (hace ya un lustro, ¡cómo pasa el tiempo!), ponía de manifiesto estas y otras ideas similares, y a pesar de que sigo suscribiendo lo escrito, permítanme añadir nuevos condimentos a la receta, y en particular lo concerniente al trabajo arqueológico.

Tengan en cuenta que el Egipto que tenemos en mente es en buena parte el fruto de una idealización que no ayuda a resolver el acertijo que nos ocupa, luego corresponde a los grupos de investigación arqueológica y a los historiadores del pensamiento trabajar juntos, o se corre el riesgo de caer en vanos soliloquios academicistas que sirven antes para que profesores de universidad abotargados vayan cumpliendo con sus trámites administrativos, que como un verdadero revulsivo en nuestro conocimiento (científico) del fenómeno.

A ver, centrémonos, porque Egipto es un país muy grande y no conviene perderse: ¿dónde se concentraba la población grecorromana en nuestra Antigüedad Clásica y Postclásica? Y a la luz de los hallazgos arqueológicos, ¿dónde radicaron sus centros intelectuales, más allá de Alejandría? Más fácil todavía, y centrándonos siempre en el Egipto Ptolemaico, Romano y Bizantino: ¿cuáles son los grupos de investigación arqueológica que están trabajando actualmente sobre el terreno?, ¿dónde lo están haciendo? (o ¿dónde lo hicieron?).

En cuanto al Alto Egipto, nos encontramos con nombres tan reconocibles como los de Hermópolis Magna, Nag Hammadi, Athribis, Gebel el-Haridi, o Sohag (el monasterio de Shenoute); es este último emplazamiento el que encuentro especialmente inspirador.
No me cansaré de repetirlo: como historiadores de este fenómeno llamado “hermetismo” debemos echar mano de una pléyade de scholars que sobrepasa los estrechos márgenes de la especialización, y aquí no hago exclusiva mención de la Egiptología, sino también del mundo investigador relacionado de un modo u otro con la lengua y la cultura coptas (nos referimos aquí a la Historiografía Copta o la Coptología), donde nos encontramos con la labor de un viejo conocido en nuestro campo de estudio: Alberto Camplani, quien desarrolla una labor encomiable para la Asociación Internacional de Estudios Coptos, cuyo último Congreso Internacional en 2012 reunió a lo más granado de esta compleja área de conocimiento. No tengan dudas de que el entendimiento de la gnosis hermética vendrá de la mano de este campo de investigación, como ya se constató tras la traducción de los códices de Nag Hammadi. Permítanme que destaque aquí un extracto de las conclusiones del mencionado congreso, a cargo de Stephen J. Davis (“History and Historiography in Coptic Studies, 2004–2008”, p. 9):

“Frankfurter’s book challenged long-held assumptions about a late ancient decline experienced by traditional Egyptian temple cults. He argues that—far from dying out indigenous cultic practice remained alive, even as its locus moved outside the temple precincts into the Egyptian chora”.

Existen sutiles relaciones entre los monasterios coptos de la Antigüedad, los escritos gnósticos, el cristianismo primitivo y sus liturgias, las creencias escatológicas y soteriológicas que impulsaron a la población grecorromana a ser momificada y retratada durante la Antigüedad Tardía en el área de El Fayum, y ese complejo fenómeno que llamamos “hermetismo”. Se trata de un puzle que seremos capaces de resolver cuando nos pongamos a trabajar juntos y cuando expandamos nuestra perspectiva más allá de fuentes y bibliografías manidas. Además, tengan en cuenta que no sólo se trata de explicar tal o cual forma de pensar pretérita, sino de comprender el espíritu de todo un pueblo… Porque el hermetismo es vástago de su propia madre patria: un Egipto inundado, y no por las turbias aguas del Nilo, sino por el torrente cristalino de nuevas formas de pensamiento, de mil y un extranjeros llegados de tierras distantes dispuestos a modificar, preservar u olvidar las antiguas costumbres de una población dotada de un trasfondo histórico que aún hoy cuesta imaginar.

Les invito a mirar fijamente a los rostros de El Fayum: en ellos comprobarán la idiosincrasia de una región muy especial del Imperio Romano que durante siglos habló con su propia voz, y uno de sus muchos discursos fue nada menos que esta nuestra hermética filosofía.
Investigadores como Roger S. Bagnall, James E. Goehring, J. H. F. Dijkstra, Jason Zaborowski, David Frankfurter, Jacques van der Vliet, Gawdat Gabra, Gregor Wurst, Peter Parsons, Cristina Riggs, Iwona Zych, entre muchos otros, están siendo los encargados de reconstruir una imagen aproximada del Egipto de esos siglos tardíos de nuestra Antigüedad grecorromana y bizantina, y en fin, no puedo más que seguir atento a sus interesantísimas publicaciones y recomendarles a ustedes, estimados lectores, que hagan lo mismo.


Imagen: “Efigie inacabada de Akenatón”. Museo Egipcio de Berlín: http://www.smb.museum/museen-und-einrichtungen/aegyptisches-museum-und-papyrussammlung/home.html 

Noche Oscura del Alma

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía.

Estoy enamorado de Castilla y León; algo en mi vida, en mi alma, me impulsa a seguir yendo allí. A visitar sus castillos, monasterios, iglesias, archivos y bibliotecas. Sus campos eternos y monótonos, la aridez de sus gentes, y la agreste sensación de lo conciso, lo frugal y lo sobrio, me embelesan. Algo, en suma, hace que la añore. Y eso mismo me ha vuelto a ocurrir en una reciente e intensa visita a Segovia. El Alcázar era mi referente (aparte del todopoderoso Acueducto, naturalmente), siendo como es la inspiración para el recentísimo Neuschwanstein (por cierto, si pasan por El Prado no dejen de visitar una pequeña exposición temporal: El mal se desvanece. Egusquiza y el Parsifal de Wagner), pero de esta elegante y evocadora silueta no voy a hablar hoy, ni de su abundante Románico, sino de dos personalidades y de su huella constructiva en la ciudad en cuestión: Enrique IV de Castilla y San Juan de la Cruz. Dos personalidades contrapuestas que fueron y son muy importantes para la capital castellana.

Y es que ese algo en Castilla y León hace que sea una tierra espiritual, cuna de místicos y de mística. En 2012 colaboré con Ramiro Tapia en Las Edades del Hombre: Monacatus, con el texto explicativo para su obra “Vida Monástica”, y en él ya hacía mención de aquellas ideas que rondaban mi magín tiempo ha. Y no se trata de santurronería, de beatería o meapilismo; créanme cuando les digo que una íntima religiosidad subyace en su paisaje, una religiosidad ajena a instituciones y corrientes de pensamiento. Con frecuencia adopta la forma de una necesidad, de una dedicación a las cosas y sus signos, a los materiales de la tierra, a sus colores y trazos, al valor de la palabra escrita y su caligrafía de alma. Al cielo y sus campos. A la noche que envuelve sus bosques, llanuras y montañas, conduciendo los riachuelos por entre precipicios de noche y muerte.

El Convento de los Carmelitas Descalzos es un representante perfecto de lo que digo. Visitado por Juan Pablo II en 1982, nos muestra un retablo pintado por el P. Gerardo López Bonilla, un carmelita y artista mejicano cuya obra me impresionó vivamente, al hallar su técnica cercana al denominado Art Visionaire. Sus alegorías de la obra de San Juan de la Cruz dotan al recinto de un halo de modernidad que contrasta con el resto del conjunto, y que no hacen más que justificar lo que trato de decir aquí. Y sí, de nuevo San Juan de la Cruz acompañándome de Salamanca a Granada, y que no podía por menos que ser el protagonista de este nuevo episodio segoviano, dado que es en este monasterio donde yacen sus restos, en una excesivamente barroca (para mi gusto) cripta del siglo pasado.

Lo cierto es que las letras de San Juan de la Cruz son apasionadas, lo mismo que profundas e instruidas:

“Un día de los pasados me affligio mucho mas de lo acostumbrado la tristeza, que nunca poco, o mucho me dexa. Y con sobrada fatiga y cuydado hablaua conmigo mismo desta manera (…) Porque los ojos miran a la tierra, donde començo la humana miseria el dia que peco el primer hombre” (Dialogo sobre la necessidad y obligacion y prouecho de la oracion y diuinos loores vocales…, 1555).

Pero no diré mucho más sobre esto, sino que invitaré al curioso lector a deleitarse con las obras de este santo universal, y en todo caso recomendaré la siguiente bibliografía:

BOETA PARDO, Rafael, “Experiencia simbólica en San Juan de la Cruz”, Revista de Ciencias de las Religiones, nº 5, 2000, pp. 37-60.
DÁMASO ALONSO, “La poesía de San Juan de la Cruz”, ThesaurusIV, nº 3, 1948, pp. 492-515.
EGIDO, Teófanes, “Hagiografía y estereotipos de santidad contrarreformista (la manipulación de San Juan de la Cruz)”, Cuadernos de Historia Moderna, nº 25, 2000, pp. 61-85.
ELIA, Paola, “Problemas textuales de la obra de San Juan de la Cruz: El Cántico B”, Actas del Congreso Internacional Sanjuanista: Ávila, 23-28 de Septiembre de 1991, Valladolid: Junta de Castilla y León, vol. 1, 1993, pp. 123-141.
LÓPEZ-BARALT, Luce, San Juan de la Cruz y el Islam, Madrid: Ediciones Hiperión, 1990.
MAITÉ HERNÁNDEZ, Gloria, “Mirando a Dios. El Cántico Espiritual y Rāsa Līlā”, Interdisciplinary Conference of the Association of History, Literature, Science and Technology, Universidad Complutense de Madrid, 2010, pp. 295-306.
MORALES CÓRDOBA, Eva María, La alegoría de la prosa del cántico de San Juan de la Cruz como explicación de la experiencia mística, Universidad Autónoma de Barcelona, 2008.
RUFFINATO, Aldo, “Los cuatro cuadros del Cántico Ade San Juan”, Archivo de filología aragonesa, vol. 59-60, nº 2, 2002-2004 , pp. 2071-2092.

Así como sus obras fundamentales, en Cervantes Virtual.

Una agria polémica y eternas disputas eclesiásticas y académicas se han levantado desde la publicación de la “misteriosa” obra de Fray Juan de la Cruz, y es lógico considerando la bruma que envuelve a su preciosa y pulida palabra escrita, fuente e inspiración para poetas y filósofos posteriores.

Prosigamos con los nexos. También en Studia Hermetica hablé en su momento de la mística consustancial a la Alhambra, ¿y qué puedo añadir yo a lo ya dicho por el Dr. José Miguel Puerta Vílchez?, pero ¿qué les parece si les aseguro que el Techo del Salón de Comares tiene su eco en otro monasterio segoviano? Y aquí llegamos al decadente Enrique IV de Castilla, al que bien podríamos imaginar revestido de suntuoso atuendo árabe, inaugurando los recintos del Monasterio de San Antonio el Real con pertinaz paso. El monasterio en cuestión, ubicado en el extrarradio de todo lo conocido y conocible por el turista medio, se halla actualmente en una situación delicada y en relativo abandono, precisamente debido a su desconocimiento por parte del gran público. Y sin embargo alberga tesoros de incalculable belleza y valor mundano. Y entre ellos, lo que nos interesa: los techos de la nave de la Iglesia y de la Sala Capitular, que no son otra cosa que un trasunto de los impresionantes techos de los Palacios Nazaríes, donde se nos ofrece una muestra del buen hacer de la carpintería mudéjar, dando lugar a una cubierta denominada “de par y nudillo” ataujerada, una obra de arte de la precisión matemática y artesanal intacta, tan intacta o más que su “modelo original”, realizada bajo la inspiración de la Sura al-Mulk (“El Reino”, o “El Señorío”):

1. ¡Bendito sea Aquél en cuya mano está el señorío! Él sobre toda cosa es poderoso / 2. Aquél que ha creado la muerte la vida para probar quién de entre vosotros obra mejor. Él es el Poderoso, el Indulgente. / 3. Aquél que ha creado siete cielos superpuestos. Mira si ves en la obra del Clemente imperfección alguna. ¡Vuelve la vista! ¿Has observado alguna falla? / 4. Luego, vuelve la vista a ella un par de veces; la vista volverá a ti cansada y fatigada. / 5. Hemos adornado el cielo del mundo con candilejas, que hemos colocado como piedras para lapidar a los demonios, para quienes hemos preparado el tormento del fuego.

Y yo, que he tenido la ocasión y oportunidad de pasear por encima del Techo del Salón de Comares, y observar así el armazón de madera que sostiene los cielos, puedo apreciar incluso más su insuperable técnica y sus conocimientos matemáticos, siguiendo a Platón cuando nos asegura que la γεωμετρία conveniente es aquella que obliga a contemplar la esencia:

οὐκοῦν εἰ μὲν οὐσίαν ἀναγκάζει θεάσασθαι, προσήκει (Rep. VII, 526e).

Esencia (οὐσία) y alma (ψυχή) convergen para hacernos ver a los pobres mortales de qué estamos hechos, de dónde venimos y hacia dónde vamos tras la descomposición de nuestros cuerpos. ¿Qué mayor cántico espiritual que este, concebido cuatro siglos antes de nuestra era, y repetido milenios después por cientos de generaciones de hombres en regiones tan distantes y distintas? Y así nos los explicó la guía, con apasionadas y sentidas palabras. Todo un lujo, amigos. Así que ya saben: no dejen de visitar el Monasterio de San Antonio el Real si alguna vez pasan por Segovia; de esta manera se deleitan ustedes mismos con belleza platónica y además ayudan a la preservación de nuestro rico patrimonio histórico, inigualable y único en el mundo.

Dos recomendaciones bibliográficas más:

CABANELAS RODRÍGUEZ, Darío, El techo del Salón de Comares en la Alhambra, Patronato de la Alhambra y Generalife, 1988.
GARCÍA GIL, Alberto, La arquitectura del Monasterio de San Antonio el Real de Segovia, Hermanas Clarisas de San Antonio el Real, 2009.

Eso siempre fue España: una abigarrada mezcolanza de culturas que contradice las visiones reduccionistas que a menudo se nos venden, tanto por parte de los especialistas como de la cultura popular. Desde luego no hablamos de “armonía social”, pero sí de un verdadero intercambio y una admiración cristiana hacia una cultura de muchos modos superior, y un cruce de caminos entre dos religiones que partían de un tronco común, y que compartían más que contradecirse.

Y quizás por ese motivo la visita al Palacio Real de la Granja de San Ildefonso agrava esa sensación de contraste infinito: un intruso en tierra espiritual, una amalgama mitológica y pagana versallesca da la mano a la mística recia y profunda de España, ejemplificado en este volumen manuscrito de Consideraciones Devotas, extraído de la biblioteca de Felipe V (Ms. 868 BNE, cfr. “Las meditaciones sobre los cantares, de Santa Teresa de Jesús”, de Julio C. Varas García).


Imagen: “Detalle de fotografía del Alcázar de Segovia”. Copyright Fernando de Antonio Jiménez.

L’imagination créatrice

–Sinclair, es usted un niño. Su destino le quiere. Un día le pertenecerá por completo, como usted lo sueña, si usted le es fiel. Hermann Hesse, Demian (1919).

Rompo el relativo silencio de este cuaderno de notas académico con el fin de dar por inaugurada un nuevo número de Studia Hermetica Journal, y una nueva sección de la revista: eXcogito. Dicho número no es otro que el dedicado a la Vis Imaginativa de las corrientes herméticas y esotéricas, que en su dimensión on-site ha adoptado la forma de una soirée muy especial y fructífera en Granada, y online, pues en este nuevo número que presentamos. Desde el principio lo tuve claro: quería organizar con el Dr. Francisco Villalobos algo al margen de los circuitos universitarios, algo que los asistentes recordaran y que diera mucho juego a este humilde proyecto que es Studia Hermetica, y además algo en homenaje a las corrientes ocultistas, teosóficas, espiritistas, metapsíquicas y neo-paracelsistas del tránsito del siglo XIX al XX. Ahora explicaremos más cosas sobre esto, pero antes quisiera dar las gracias a todos los asistentes, y en especial a Javier y a Francisco, los dos organizadores del evento que hemos denominado Miroir: Nous sommes l’obscurité qui reste après toute lumière; ellos han sido los verdaderos artífices de la parte más importante de “El Ritual”. Sin su pasión, ayuda, experiencia y creatividad, nada de esto hubiera sucedido. Da gusto trabajar con personas así.

¿Por qué el ocultismo?, ¿por qué ahora?, ¿qué es eso de “El Ritual”? Empecemos, si no os importa, por explicarnos brevemente: la filosofía hermética, o eso que denominamos como tal un poco a la ligera, desde el principio tuvo una fuerte carga evocadora y sugerente, y esto no es diferente para nosotros, los hombres contemporáneos. El Renacimiento obedece a parámetros bien distintos y prefiero no aludir a sus realidades aquí; por el contrario, deseo concentrarme en ese periodo de tiempo comprendido entre 1850 y 1950, un siglo en el que brillantes, curiosas, polémicas, divertidas, entrañables y fieras personalidades se dieron cita; ¿qué les parece si denominamos a este realidad con la etiqueta de “el síndrome fin de siècle”? Precisamente a ellos se refiere buena parte de esta sección ético-estética mencionada hace más de un mes, en la SHJ’s newsletterdel periodo 2012-2013. Llevo diseñando y adquiriendo informaciones, y haciendo acopio de ideas sobre la misma desde al menos el año 2011, y es un buen momento para que vea la luz. Las distintas configuraciones mentales que he tenido sobre el asunto obedecieron a diversas etapas de mi vida, y a colaboradores que finalmente se terminaron por caer de la cartelera. Sin más explicaciones, he preferido que su nacimiento se desarrolle de este modo que ahora veis: en el Albaicín, y bajo la luna y las estrellas de la Alhambra, rodeado de buenos amigos y amantes de las corrientes ocultistas.

En una casa de trasfondo espiritual, y en ese entorno idílico que os imagináis, nos dimos cita unos buenos amigos, accediendo a un espacio excavado en las mismísimas entrañas de la tierra: “El laboratorio mágico”; de la concentración lograda por los invitados al evento y de su irradiación surgió el magnetismo animal, y de este, las ideas-formas de las que se valdrían para llegar a la clarividencia, privados de su sentido principal. Porque precisamente de eso se trató para los hombres y mujeres de la Belle Époque: de alcanzar el estado de clairvoyancemediante una ceremonia mágica convenientemente imantada y dirigida por una adecuada concentración y estado mental, o bien partiendo de formas gnoseológicas aún más heterodoxas, como son el estado mediúmnico, el trance inducido, o la escritura automática derivada, llevado a cabo por los teósofos, o bien mediante las séancesapropiadas, donde los médiums espiritistas decían contactar con esas regiones ilimitadas y ocultas donde los espritsmoraban.

Pero no sólo de clarividencias vivían estos entrañables magistas y pneumaturgos, sino que el arte en sí mismo era también un medio para conocer la realidad que nos rodeaba y que se abría bajo nuestros racionales pies. Estos y otros principios eran el caldo de cultivo adecuado para que surgieran cientos de hermandades “esotéricas”, así como revistas, asociaciones, y corrientes artísticas. No obstante, mi forma de trabajar sobre las mismas está siendo, digamos, abierta: no pretendo tanto elaborar con exhaustividad dónde empiezan y dónde acaban las fronteras entre una y otra corriente “ocultista” (por otro lado, una empresa “taxonómica” realmente planteada en este nuevo número especial), sino recrear con cierto esmero aquelambiente de fin de siglo, un ruedo pseudofilosófico y pseudocientífico traducido en infinitos ríos de tinta, y del que caí enamorado años ha.

Este trabajo se encauzará, en cualquier caso, en lo que he llamado The Occultist Database, que es eso mismo: una base de datos académica en la que me centraré en aquellas personalidades vinculadas con las corrientes ocultistas que más me interesan, y a la que se podrá acceder exclusivamente a través de nuestra campaña de crowdfunding. En la actualidad dispongo de bastantes fuentes e informaciones sobre la materia, y además en breve recibiré un buen número de materiales de sumo interés procedentes de diversas bibliotecas europeas. En realidad, planeo construir un armazón teórico que me aproxime de una manera dinámica y holística a nuestro periodo, teniendo en cuenta no sólo las fuentes esotéricas y ocultistas, sino también los filósofos, escritores y científicos que las atacaron e inspiraron. Se trata de recuperar la esencia ético-estética de toda una época, valiéndonos de la celebración de eventos artísticos y académicos, y de la publicación de artículos científicos. Para ello nos centraremos en un análisis no sólo histórico-crítico, sino también filosófico; dense cuenta de que muchos conceptos teóricos se han perdido o se han desvirtuado por el mero transcurrir del tiempo, y ya es hora de poner en valor el trabajo y la dedicación de esos hombres y mujeres que tanto arriesgaron, que tanto se equivocaron y que tanto lucharon por saber y perseverar, consiguiéndolo o pereciendo en el intento.

Y todo esto lo he hecho en homenaje a ellos, pero particularmente bajo los buenos auspicios de una grandiosa pintora: Hilma af Klint (1862-1944), cuyo legado puede ser actualmente visitado en el Museo Picasso de Málaga. La Srta. Klint ejecutaba sus obras tras ser inspirada por los “grandes maestros” y otras supuestas entidades astrales que la visitaban a través de sus estados mediúmnicos, en el contexto de complicados rituales llevados a cabo por el grupo denominado de Las Cinco. ¿El resultado? Auténticas maravillas que adelantan y pronostican la Abstracción, un movimiento que bebió en sus inicios de estas obras de inspiración teosófica. Sin más preámbulos, les animo a que acudan a las salas malagueñas y disfruten de una producción pictórica que la propia artista reservó para nosotros, los ciudadanos del futuro, por considerar, quizás acertadamente, que sus contemporáneos no iban a entenderla y aprehenderla adecuadamente. Bien, nosotros podemos, o al menos nuestros invitados pudieron: las sinuosas y acariciantes formas de sus lienzos, y los perfumes pastel que de ellos se desprenden, nos embriagan y embelesan a comienzos del siglo XXI. Por derecho propio, La Srta. Klint se ha convertido, junto con Frida Kahlo, Egon Schiele, Vincent Van Gogh, Ramiro Tapia, y Léon Spilliaert, en uno de mis pintores favoritos.

Religio creatorum. Desde el principio lo supe: la filosofía de Friedrich Wilhelm Nietzsche iba a ser la bandera por la que se regiría el resto de mi vida. La creación como fenómeno en virtud del cual el ser humano, el hombre, se supera a sí mismo, y lega a sus descendientes un nuevo mundo, repleto de posibilidades y de peligros. El autoconocimiento y el vitalismo como motores de un santo ¡decir sí! que se despliega con inusitada violencia. Demiany la marca de Caín a la que fueron sometidos los hombres modernos. Somos celestógrafos porque bebemos de los mismos cielos estrellados en los que nadaron August Strindberg y Camille Flammarion. Y este precisamente es el sentido de eXcogito, como nueva sección y sentido de este humilde proyecto nuestro. La creación es superior a la erudición porque es la llave que abre las puertas de la excelencia y de la innovación en las sociedades, y ambas realidades humanas se buscan y se necesitan por igual. En este orden de cosas, no imaginan lo que me pude reír con la “introducción a la introducción” del Br. D. Agustín Echavarría al Catalogus Librorum Doctoris D. Joach. Gómez de la Cortina, tomo 5, Matriti: Apud Eusebium Aguado, 1859; en este hilarante recorrido, el susodicho desplegó una batería de chascarrillos castizos tan agudos como veraces en relación con la fauna adherida a la literatura y su pequeño gran mundo, en el que nos incluimos los locos de Azogue y de SHJ, y también con respecto a la creatividad literaria y su sentido: ¿Qué hubiera sido de Virgilio sin Homero? ¿Acaso la obra de un grande provoca la pequeñez creativa de sus sucesores?, ¿la erudición aplasta la creatividad? Desde mi punto de vista la retroalimenta. Nadie sabe con exactitud en qué consiste esa laguna maravillosa en función de la cual un individuo despliega sus alas y planea sobre sus contemporáneos varios kilómetros por encima. ¿Inteligencia? No, algo más que eso. ¿Genio? Desde luego, pero uno elaborado de una especial pasta.

Reportaje fotográfico a cargo de Ana Martínez-Osorio (fotógrafa independiente y filóloga inglesa: http://fotoblanconegro.blogspot.com.es/). Todos los derechos reservados ©.

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Imagen: “Detalle de retrato de Hilma af Klint”. Fotógrafo desconocido, Moderna Museet, Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Portrat_of_Hilma_af_Klint.jpg?uselang=es