The Outsider Manifesto

No es un secreto que uno de nuestros principales objetivos en Studia Hermetica es el de arrojar luz sobre aquellos pensadores y experimentadores que se mantuvieron al margen de la cultura dominante. Hablamos de los outsiders (los marginados, los solitarios o los desterrados), a los que con frecuencia se tacha de “genios” o de “incomprendidos”, generando entre determinados círculos al margen del “sistema establecido” un irreflexivo apego. Al fin y al cabo, nuestros marginados han sido injustamente tratados debido a la estrechez de miras burguesa de sus contemporáneos, o bien a la envidia de sus colegas y allegados. De esta manera, nosotros, los integrantes del glorioso club de los disidentes, deberíamos sentir como propios sus sufrimientos, desvelos y proyectos frustrados. Como consecuencia de un simple proceso de asimilación, la pasión y muerte de los marginados nos debería generar una simpatía instantánea, a pesar de los atropellos y atrocidades que pudieren haber perpetrado esas almas perdidas. Es evidente que “los demás” (esa masa informe, indiferenciada e indiferente de machos machistas, blancos caucásicos patriarcales, malevolentes gobernantes ávidos de sangre o, sin ir más lejos, padres maltratadores y abandonadores y madres castradoras, desvaídas y dementes), son los responsables últimos de sus tristes trayectorias vitales. Es evidente: nuestros outsiders han sido deshonrados, desprovistos y defenestrados. ¿Cómo se nos ocurriría cuestionar acaso sus tragedias?

Pues no, estimado lector, no es mi caso: mi interés por el pensamiento marginal es exclusivamente científico. Examino y disecciono sus órganos internos como lo haría un médico forense que tiene ante sí un cadáver putrefacto. Salvo contados casos, sus vidas y milagros me resultan apenas reseñables; no les admiro ni desprecio. Me resultan, sencillamente, el perfecto producto de sus contradicciones. ¿Un ejemplo? Theodore Kaczynski. Mi interés por su persona afloró a raíz de la serie Manhunt: Unabomber, de Netflix, y desde entonces examino con mucho cuidado sus desvaríos. Hace días terminé de leer su archiconocido “manifiesto”: Industrial Society and Its Future. Nuestro héroe (o más bien, antihéroe) parece reunir en su persona todos aquellos elementos que caracterizan a un outsider comme il faut: solitario, aislado, huido, inteligente, culto, envidiado… algunos le tachan de “genio”, incluso. ¿Mi veredicto? Allá vamos.

Kaczynski embadurna con venenosa verborrea de anarquista trasnochador y trasnochado, un “manifiesto” político que se autoreivindica como apolítico. Pretende condensar, haciendo uso de oraciones eficaces y sencillas, un universo de fenómenos apenas abarcable bajo el término “sistema” (system, repetido nada menos que doscientas treinta y ocho veces en su parrafada). El mencionado “sistema” no es otro que el conjunto de realidades demográficas, técnicas, político-económicas, ambientales y filosóficas, condensadas en torno al capitalismo nacido al socaire de las Revoluciones Industriales.

Nuestro prohombre es, además, un enamorado de la “naturaleza” (término manoseado cincuenta y seis veces), cuyo objetivo es muy simple: acabar con toda tecnología sofisticada, con el fin de liberar al ser humano de su yugo. ¿Pero a qué concepto de naturaleza alude Kaczynski?:

The positive ideal that we propose is Nature. That is, WILD nature: those aspects of the functioning of the Earth and its living things that are independent of human management and free of human interference and control. And with wild nature we include human nature, by which we mean those aspects of the functioning of the human individual that are not subject to regulation by organized society but are products of chance, or free will, or God.

Reflexionemos durante unos instantes sobre el concepto de naturaleza, sobre la base de un sencillo silogismo: 1. Las actividades de los seres vivientes son naturales. 2. El ser humano es un ser viviente. 3. Ergo la actividad del ser humano es natural. ¿Es acaso el binomio artificial-natural un mero convencionalismo mental? ¿Por qué extrapolamos al hombre de la naturaleza, si son conceptos análogos? Llevados por esta misma lógica, deberíamos plantearnos cuestiones como las siguientes: ¿Es una metrópolis como Shenzhen menos “natural” que un malpaís o paisaje volcánico? La caída de un asteroide, hace aproximadamente 66 millones de años, causó la extinción de la gran mayoría de los géneros biológicos del periodo; ante un evento de semejante poder de destrucción, ¿no deberíamos replantearnos nuestras capacidades reales de alteración de los ecosistemas? O como escribía Pío Baroja: “Dios murmura en la cascada y canta en el poeta” (Camino de perfección). Más adelante matizaré mis palabras; conviene a un filósofo el examinar con minuciosidad las diatribas a las que se enfrenta, sin anteponer sus preferencias personales a la realidad.

God loves violence.

Cabe preguntarse si por “sociedad organizada”, Kaczynski se refiere también a los grandes imperios de la Antigüedad, que hacían uso de una tecnología que podríamos considerar “sofisticada”. Obviamente, esta cuestión aflora aquí y allá en su manifiesto, por ejemplo, en relación a los sistema de irrigación y agricultura romanos, pero no aclara lo que los pobres humanos deberíamos hacer si un buen día apagáramos nuestros ordenadores, quemáramos las estaciones eléctricas, tiráramos a un barranco nuestras neveras y convirtiéramos nuestros automóviles en tiendas de campaña: ¿adónde retornaríamos?, ¿a una cultura Amish?, ¿a una sociedad preindustrial de perfume medieval? ¿A las cuevas, quizás? Previendo este lógico contraargumento, nuestro héroe se ve obligado a reconocer que “una ideología”:

in order to gain enthusiastic support, must have a positive ideal as well as a negative one; it must be FOR something as well as AGAINST something.

En otros términos, Kaczynski, cual rata de biblioteca amohinada, se ve en la pesarosa obligación de proponernos algo para que quedemos contentos con el nuevo orden, recurriendo a argumentos tan falaces como infantiles. La sucesión “lógica” sería más o menos la siguiente: 1. Los agentes del cambio deben esperar a que el sistema colapse por sí mismo, sin mancharse las manos en parlamentos, no vaya a ser que acaben por aplicar políticas absurdas, generando la falsa impresión de que el desastre al que el sistema está claramente abocado (breakdown, término repetido, tanto de manera simple [break] como compuesta, en cuarenta ocasiones) es obra suya. 2. Deben evitar los seguidores del FC (es decir, Freedom Club, pseudónimo de Kaczynski a los efectos del manifiesto) inculpar a la sociedad con motivo de su apego bastardo por la tecnología, debido a que ello generaría rechazo y resentimiento en las masas y a que, obviamente, se trata de una estrategia de marketing errónea. 3. Deben los agentes del cambio ludita procrear como conejos, porque está demostrado que los vástagos que crecen en un ambiente sometido a determinados ideales, acaban por allanarse a ellos con naturalidad.

En el espectro contrario a su martilleante doctrina, nos encontramos con los tecnófilos (technophiles), esos recalcitrantes Steve Jobs que ven en la tecnología la resolución a todos los problemas de la humanidad, abanderados por un grupo altamente cualificado de técnicos y científicos, cómplices de un sistema inhumano, esclavizador y degradante, cuya dedicación primordial se dirige a la consecución de necesidades postizas (“actividades subrogadas”, como así las denomina él):

technicians and scientists carry on their work largely as a surrogate activity; that is, they satisfy their need for power by solving technical problems.

De esta manera, mediante la manipulación de la psique, el comportamiento y el entorno humanos, el “sistema” está resuelto a controlar todos y cada uno de nuestros impulsos, especialmente aquellos que no encajen en él. ¿Cómo? En virtud de un proceso de sobresocialización (oversocialization) destinado a hacer de nosotros sujetos obedientes. Su instrumento más eficaz es la educación, obligando a las masas de jóvenes a decantarse por estudios vacuos, útiles al sistema pero inútiles para colmar sus necesidades primarias y ansias de autonomía. Todo sujeto que no “pase por el aro” está condenado a la marginación social o al manicomio.

Pues bien, sobre esta cuestión ya hemos discurrido en otro lugar, así que remitimos al lector a nuestro cuaderno de notas De Umbris Idearum.

Este modo de discurrir retrata al hombre: un Necháyev posmoderno cuyo centro de operaciones hállase en un locus amoenus virgiliano que sin embargo no es capaz de serenar su sed de venganza. Desde su cabaña-purgatorio, un Kaczynski autosuficiente, frío y odiador, confecciona artefactos explosivos “ecológicos”. Detengámonos ahora un momento y realicemos, mal que nos pese, un ejercicio de abstracción, tratando de imaginar cómo funcionaría una mente maquiavélica exquisitamente educada en las teorías de los clásicos y los modernos, que se hubiera decantado por orquestar un cambio real en la sociedad. Dicha mente daría vueltas a las siguientes cuestiones:

1. El uso de la violencia: a) La destrucción física de los oponentes cuando no hay modo de convencerles de que sus argumentos o actos son erróneos o estúpidos. b) Todo grupo de presión o individuo alzado en armas se ha mostrado insuficiente e ineficaz para acabar con un Estado moderno previamente constituido. Con frecuencia, las supuestas buenas intenciones de sus integrantes degeneran en una espiral de sangre en la que los medios no son capaces de justificar los fines, o peor aún, éstos acaban por olvidarse tras décadas de lucha sin sentido. c) Sin embargo, sin violencia no hay nada: toda ideología, por muy ridícula que sea, necesita expresarse dando un golpe en la mesa, atacando aquello que nos hiere en lo más hondo: nuestros seres queridos, integridad y patrimonio. De lo contrario, evidenciaría su absoluta vacuidad. ¿Qué es si no el terrorismo de base nacionalista? Un patético espantajo adornado con un traje de hipostasiadas verdades.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema.

2. La crítica al sistema: a) ¿Cómo ha acabado por constituirse un tipo de sociedad como la nuestra? b) Asumiendo que es errónea, dañina o contraria a la naturaleza humana, ¿han existido alternativas teórico-prácticas a ésta? c) ¿Nos ha hecho más exitosos como especie, más fuertes, inteligentes o felices?

Las respuestas a estas cuestiones revisten una extrema complejidad. Tomando como ejemplo al influyente pensamiento de un solo hombre, Karl Marx, deberíamos de disponer de una naturaleza proclive al estudio de la filosofía para apenas ser capaces de entender el origen y desarrollo de las doctrinas marxistas y neomarxistas. Por ejemplo, los insignes integrantes de la Escuela de Fráncfort (Horkheimer, Adorno, Marcuse, Fromm, Althusser, entre otros) analizaron con singular precisión las tempestades nacidas al ardiente abrigo de las Guerras Mundiales, tratando de dilucidar el melancólico destino de la Ilustración. Por lo tanto, toda crítica a un “sistema” de tales dimensiones, erigido sobre milenios de civilización y cultura escrita, debería pasar por unos ejercicios de reflexión y trabajo extenuantes; una tarea que escapa no ya al común de los mortales, sino a la gran mayoría de los sujetos letrados y pensantes de este mundo.

En lo que respecta a conceptos como la felicidad, la autonomía o la dignidad de la persona, no nos es posible afirmar nada categóricamente. ¿Eran las mujeres más libres y autónomas viviendo bajo el yugo de sus padres y maridos en el siglo XIX? ¿La represión religiosa ejercida por los diversos bandos en liza en la Europa del siglo XVI nos hacía más felices a los seres humanos? ¿La presión familiar o tribal de cualquier época pasada era más benigna que la impuesta por el “sistema” actual? Si por el contrario, centramos nuestra atención en el aumento exponencial de la población durante todo el siglo XX, la práctica extinción de buena parte de las epidemias que nos masacraron durante milenios y la popularización del conocimiento, deberíamos replantearnos cualquier punto de partida metodológico que establezca que un supuesto natural mundo de origen fue “mejor”.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema (Letter to San Francisco Examiner, 1985):

The hollowness of the old revolutionary ideologies centering on socialism has become clear (…) All ideologies and political systems are fakes. They only result in power for special groups who just push the rest of us around. There is only one way to escape from being pushed around, and that is to smash the whole system and get along without it.

Kaczynski se posiciona en contra del “izquierdismo” de todo orden y condición (el vocablo leftist es repetido ciento treinta y una veces), recurriendo a argumentos que fracasarían estrepitosamente en un entorno académico serio, pero que serían singularmente pegadizos en una disputa de bar o cafetería. Tacha a lo que él denomina “izquierdismo” (leftism) de religión (leftism is a kind of religion), rezumando una mala baba sólo justificable en un sofista resentido que, ora recurre a la historia, ora a un subjetivismo psicologizante de vulgar ralea:

…feelings of inferiority, low self-esteem, powerlessness, identification with victims by people who are not themselves victims, is a peculiarity of modern leftism.

De hecho, esta clase de dialéctica diletante la podemos observar en los sabios dieciochescos y medievales, que carecían de un conocimiento científico contrastable y contrastado, pero que resulta imperdonable en un supuesto genio titulado en Harvard. Y pondré como ejemplo contrario a Max Weber, quien dedicó su vida a entender la sociedad en su conjunto y que, para apenas vislumbrar un solo hecho de esos que “analiza” con tanta frivolidad Kaczynski, no le quedó más remedio que elaborar un sofisticado utillaje científico contraído en las más de mil páginas que conforman su magna Economía y sociedad, obra que, para más señas, se publicó póstumamente. Se me puede argumentar que Kaczynski no persigue comprender el “sistema” sino destruirlo, ¿pero me puede alguien explicar cómo se acaba con algo que no se alcanza a comprender?

Sí, soy consciente de que el anarquista no trata de ser riguroso ni académico cuando alude al “sistema”, sino que se limita a expresar un sentimiento largamente larvado desde la irrupción de la industrialización. Aclarémoslo por boca de otro anarquista, Tyler Durden, esta vez de la ficción:

In the world I see – you are stalking elk through the damp canyon forests around the ruins of Rockefeller Center. You’ll wear leather clothes that will last you the rest of your life. You’ll climb the wrist-thick kudzu vines that wrap the Sears Tower. And when you look down, you’ll see tiny figures pounding corn, laying strips of venison on the empty car pool lane of some abandoned superhighway.

El mundo moderno es una mentira que nos aparta de nuestra verdadera naturaleza. Volémoslo por los aires. ¿Para qué entenderlo? Sabemos que lo sufrimos, es más que suficiente. ¿Para qué tratar de cambiarlo? El sistema ha llegado a un punto de no retorno. La conclusión es evidente: debemos hacerlo estallar en mil pedazos. Una proposición simple, poderosa, de cuyas consecuencias seremos todos legatarios.

Dostoievski, con esa espectacular lucidez que le caracterizaba, concibió una obra capital que analiza la raíz del nihilismo (Los Demonios). En ella, Piotr Stepanovich (trasunto literario de Necháyev) se rendía patéticamente a la belleza de Stavrogin:

-¡Stavrogin, es usted hermoso! (…) No conozco a otro más que a usted. Usted es mi caudillo, usted es mi sol y yo soy su gusano”.

Ambos personajes son, a su manera, paradigmas del antihéroe romántico: violentos, brillantes, enigmáticos, bellos, retorcidos, detestados, turbulentos y malvados. Condenados ambos a un trágico final. Utilizando nuestro cercenado vocabulario posmoderno, podríamos afirmar que un nihilista (Stepanovich-Necháyev) se encuentra frente a frente con un psicópata, en un duelo que pronostica la gigantesca ola que golpearía el promontorio del mundo contemporáneo.

¿Alguna vez se ha preguntado qué motiva a algunos de los asesinos en serie? En efecto, lo tiene usted en la punta de la lengua, vamos, atrévase a decirlo… Nada. No les motiva nada; o mejor dicho, les motiva la nada. ¿Impulso sexual, voces susurradoras, satanismo, envidia, sentimiento de dominación, misoginia…? Nada: una jerigonza pseudopsicológica que nos impide ver las cosas tal y como son. Cuando un individuo perturbado se reivindica matando, lo hace movido por su ansia de poder: desea fascinar, desea que le amen, critiquen y adoren. Que le teman. Ha llegado al convencimiento de que los elementos exteriores a su ser son meras fantasías sostenidas en el éter: ¿acaso existen las personas?, ¿padezco yo el sufrimiento ajeno?, ¿no todos somos pecadores y, por ende, susceptibles de ser castigados? ¿No es todo lo conocemos o sabemos una mera convención social? ¿Qué más da? Persigamos los aviones. Explotemos cosas. El nihilismo pasivo en su más cruda expresión.

Some men just want to watch the world burn:

O peor aún, algunos desean alzarse como reyes de las cenizas, haciendo uso de esa escala generada por el caos.

‘Chaos is a ladder’…

En otras palabras, tiemble usted, estimado lector, cuando los Littlefingers de este mundo se alcen en armas contra los tiranos, porque un infierno de inesperadas consecuencias se abatirá sobre los amotinados. O como el mismo Kaczynski afirmaba:

Any kind of social conflict helps to destabilize the system, but one should be careful about what kind of conflict one encourages.

¿Pero a qué viene todo esto? ¿Por qué me he decantado por diseccionar la médula espinal del nihilismo partiendo del Unabomber’s manifesto? Pues nada menos que debido al “incidente” desvelado días atrás en relación a la red social Facebook: al parecer, fueron filtrados los datos de ochenta y siete millones de usuarios a una consultora, Cambridge Analytica, destapando con especial crudeza uno de los grandes riesgos del Big Data. Uno que muy pocos de nosotros estamos dispuestos a afrontar. No en vano, en un momento de lucidez, Zuckerberg llamó dumb fucks a los usuarios de su red social, dando la razón a Kaczynski. ¿Es Facebook una red social? No: Facebook es un modelo de negocio que se retroalimenta del poder generado por la información cedida de sus usuarios. Un gran ecosistema dedicado al voyeurismo que supone El Dorado de todo consultor de marketing, analista político o depredador enmascarado.

Decía que Zuckerberg le da la razón a Kaczynski (¡paradojas de la vida!). Un rebaño de billones de usuarios, ávidos de ser observados y observar, son hábilmente conducidos por un puñado de técnicos que se venden al mejor postor. Esto valida las proposiciones pobremente argumentadas del Unabomber: existe un sistema dirigido por técnicos que sobresocializa a los individuos con el fin de domeñarlos para sus siniestros propósitos electoralistas o económicos. ¿No le produce pavor? ¿Indignación, quizás? Pues mi primera reacción fue la de cerrar nuestro grupo de Studia Hermetica en Facebook (he de decir que hace meses clausuré mi cuenta personal en esa red social, movido por la incomodidad que me produce ese entorno viciado, postsoviético, repleto de dictadorzuelos con ínfulas de vedette). Pero no, aún no es el momento; tendrá más noticias mías al respecto.

Lo trágico de historias como las de Kaczynski es que, en el fondo, sus desvaríos y errados métodos contienen un trasfondo de verdad inquietante:

1. Sí, la sociedad industrial parece desbocada. El proceso de endoculturación es cada vez más costoso en un mundo sometido a un cambio implacable, al son de un mercado tecnológico que no es capaz de asimilar los trepidantes cambios que acomete.

2. Sí, nos estamos apartando de nuestros ecosistemas originarios, olvidando nuestra posición como entes biológicos. Contribuimos así a la recreación de entornos alienantes, impersonales y utilitarios, restando espontaneidad, propósito y sentido a nuestras vidas:

‘Nature takes care of itself’.

3. Sí, el poder está siendo acumulado progresivamente en manos de una minoría, ayudada por los grandes agentes de la globalización. En ocasiones parece que asistimos a un tira y afloja entre grupos proclives a retornar a las redes de solidaridad tradicionales y esas otras redes difusas de estabilización global:

Very repellent is a society in which a person can satisfy his need for power only by pushing large numbers of other people out of the way and depriving them of THEIR opportunity for power.

Hace años, cuando no era más que un mozalbete, me grabé a fuego este pasaje escrito por Freud, en una misiva dirigida a Lou Andreas-Salomé:

Mi secreta conclusión era esta: puesto que podemos considerar que esta civilización actual encubre una gigantesca hipocresía, se deduce que no somos orgánicamente aptos para ella. Él o lo desconocido que acecha tras el destino, repetirá un día otro experimento semejante con otra especie.

¿Sabe qué? Vivimos en una época apasionante, asfixiada por los contrastes. El único sistema al que merece la pena vencer es al foro interior de la conciencia. Los humanos hacemos a los sistemas; no permita que suceda lo contrario. 

We have no illusions about the feasibility of creating a new, ideal form of society. Our goal is only to destroy the existing form of society.

Meditaciones

ἀπογυμνοῦν αὐτὰ καὶ τὴν εὐτέλειαν αὐτῶν καθορᾶν
καὶ τὴν ἱστορίαν ἐφ̓ ᾗ σεμνύνεται περιαιρεῖν.

No me gusta hablar de mí en exceso, y mucho menos para elevarme moralmente sobre los demás. Y entenderá enseguida, estimado lector, por qué lo digo. Es cierto que la cultura cincela el alma, pero la hace opaca, compleja, a veces biliosa y amarga; no necesariamente la hace “mejor” o más bella, pero sí más interesante y profunda. No sabría decir qué vidas considero más plenas, si aquéllas que transcurren ignorantes de sí mismas y en perpetua acción, o por el contrario esas otras que detienen su paso y observan en derredor, tratando de comprender. Depende de los casos. La erudición y la creación rara vez van de la mano… pero ni siquiera me refiero a eso: ¿la naturaleza basta?, ¿es suficiente con una existencia ajena al pensamiento abstracto o al perfeccionamiento intelectual y anímico? Con probabilidad esas preguntas carecen de sentido, porque los humanos no hacemos más que desarrollar lo que llevamos dentro, urgidos por necesidades inconscientes y arrebatos pueriles que nos definen hasta el tuétano. Como bien decía mi adorado Rust Cohle:

“Each stilled body so certain they were more than the sum of their urges, all the useless spinning, tired mind, collision of desire and ignorance”.

A medida que me hago mayor, voy dándome cuenta de dos hechos melancólicos: que nuestra existencia parece transcurrir en un carril preestablecido y que el tiempo se nos viene encima, violento e implacable. ¿No siente usted lo mismo?

Decía que no hallará en mí un sujeto moral imitable, ni lo pretendo. Es más, la misma idea me pone incómodo. Me cabrea. No busque en mí a una vedette de red social que juzga y sentencia sobre la base de principios políticos, éticos y estéticos: no hago proselitismo animalista o libertario de ninguna clase, ni pongo a parir o ensalzo a golpe de clic. Quien desee saber lo que opino sobre la vida, el amor y el dinero, que me invite a unas cervezas y mientras me patina el acento debido al líquido elemento, entenderá por qué servidor no es quién para juzgar.

A menudo hallo defensores de la libertad con alma de dictador, y personajes broncos con alma de poeta. Y he visto algunos falsos rebeldes que venderían a su madre por convertirse en inquisidores y verdugos. No, amigos míos, a mí ya no me engañan esas almas torcidas. Prefiero mil veces a los héroes duros, fieros y sin embargo tiernos y filosóficos de las novelas hard-boiled y el cine negro clásico, antes que a esos buenistas de biblia y revólver de la Posmodernidad. Al menos aquéllos eran más humanos y honestos, luchadores natos en un mundo repleto de malvados y ególatras. Antihéroes defectuosos; seres humanos vivos.

Sé muy bien lo que hace falta para triunfar socialmente: es cuestión de actitud, amigos y peloteo. Lo he visto en mi experiencia laboral y en mi vida diaria. He grabado a sus protagonistas a cámara lenta, cual periodista maquiavélico infiltrado en una casa de putas, y he rebobinado la cinta innumerables veces, con el propósito de aprender qués y porqués. Y en todas las ocasiones me he observado —experiencia extracorpórea donde las haya—, frente a largometrajes de terror y grotescas comedias de situación. Por eso me he puesto un traje de tejido aislante y he pospuesto indefinidamente mi progreso mundano. Me dan repelús los andrajos humanos, pero entre usted y yo, me fascina el halo escatológico que desprenden.

A muchas personas les resulta fácil describirse: “soy de derechas/izquierdas; soy ateo; soy cristiano; soy del Atlético de Madrid; soy feminista; soy, soy, soy.” Pues bien, cuando pienso en mí sólo puedo argumentarme desde la energía que desprendo y mi vocación: escribir, pintar, pensar, soñar, sentir, crear. No soy capaz de “creer” en el sentido lato del palabro. He visto y pensado demasiado: “no tengo ideología porque tengo biblioteca”. La autodefinición es autodefensa; supone elegir la tribu a la que quieres pertenecer y a quién rindes pleitesía, y por eso prefiero los movimientos de resistencia a los ejércitos, los anarcas a los anarquistas y los artistas solitarios a los militantes. No, de nuevo no me dejo engañar: sólo me interesa lo que usted sabe hacer y lo que de hecho hace, no sus pensamientos a medio construir, vertidos en gratuitos arranques de bilis. Tampoco me hieren las “ideas” de nadie, porque a menudo —tanto las buenas como las a priori “detestables”— son el perfecto producto de nuestras inclinaciones naturales y defectos, y no de lógos pensante alguno. Y por eso me resisto a fascinar y que me fascinen de esa manera.

Piensen por un momento en la “política” (por poner un ejemplo que a todo el mundo excita y del que todo el mundo parece extraer una conclusión), y desvincúlense por unos instantes de su lado primitivo, animal y “sentimental”: ¿qué importan sus discursos, sus bellas o feas palabras o sus caretos?, ¿qué más da lo que digan o cómo lo digan? Lo único que cuenta es que ese funcionario público cumpla con su trabajo con rapidez, eficacia y diligencia, mejorando su economía, la economía de todos. Y sin embargo, como predadores de sabana que somos, nos fijamos antes en la estética que en la ética, ignorando el contenido.

Siempre he pensado que buena parte de la maldad humana proviene del mutis colectivo con el que nos protegemos los unos a los otros; en otras palabras, con frecuencia lo malévolo que hay en nosotros deviene del silencio consciente o inconsciente con el que encubrimos los pecados propios y los ajenos (piensen por un momento en la corrupción, la guerra, el terrorismo o el incesto… o sin ir más lejos en los lameculos y los trepadores de su ámbito laboral asalariado). He tenido la oportunidad, en fin, de conocer a muchísimos ejemplares de una catadura moral e intelectual paupérrima, que juntándose con otros cabestros, justificaban sus estupideces y su bajuna condición, aludiendo directamente a “sus amigos”. Dicho en román paladino: “soy gilipollas pero tengo muchos colegas que me defienden y se parecen a mí”. Tengo cientos, miles de ejemplos en mente que acuchillan mi magín día y noche, debido a las especiales características de mi memoria, que actúa como un panel digital y un pozo sin fondo, privándome del reposo del que gozan los idiotas.

Algo anda mal. No en este siglo (es más, probablemente el actual siglo XXI sea uno de los mejores y más interesantes periodos de andadura humana sobre la Tierra, al menos en Occidente), no en nuestro país o nuestro entorno. En nosotros. Somos los trocitos de una especie revoltosa, degenerada y perturbada; seres lastrados por una dimensión colectiva que nos aboca a cometer atrocidades y estupideces, cuya única salida, entrada y “progreso” en este mundo se canalizan paradójicamente a través de la soledad y la individualidad: el arte, la generosidad, la libertad y la creación son buenos ejemplos.

Amigo mío, cobíjese en su soledad y convierta su cuerpo y su alma en obras de arte. Lo demás no es sino un añadido engañoso.


Imagen: “Fotografía del busto del emperador Marco Aurelio, alterada mediante un software de edición de imagen”. Gliptoteca de Múnich. Copyright of the museum.

ἐγώ

Soy coleccionista de egos y escrutador de almas. Mi campo de actuación se despliega en derredor de esas lucecillas perdidas, encontradas, flojas, expansivas, retorcidas y mezquinas que nos rodean. En mi biblioteca académica hállanse obras de referencia atribuidas a Sigmund Freud, Stefan Zweig, Leopoldo A. Clarín, I. Ducasse, Arthur Schnitzer, Fiódor Dostoievski y Friedrich Nietzsche, y a ellos vuelvo para tomar notas y refrendos. Porque mi labor es masticar con letras esa carne poco hecha que supone la humanidad, mas se trata de una tarea ingrata y agotadora de la que huyo a veces, sumergiéndome en la fantasía de mi mundo subterráneo. Porque poseo un don y una maldición de los que estoy orgulloso y decepcionado: sé ver a través de las personas y comprendo sus manchas, anhelos e intenciones. Inconscientemente esa mirada me es devuelta, lo que conduce al centro desnudo de un dueto mentiroso entre el observador y el observante. Como imaginará, no me hace falta ver fantasmas para aterrarme de los muertos, y quizás esa carga algún día me devore con irónica mueca.

Algunos escritores son filósofos, y entre ellos deseo contarme.

Adoro y desprecio esa tarea hacia la que mi surreal vida me aboca con fuerza gravitacional, y no puedo más que estar orgulloso de mi colección de especímenes, de entre los que destacan los artistas, es decir, aquellas almas para las que el mero vivir es un oficio remunerado con dosis displicentes de solipsismo, locura, inquietud, insatisfacción y fascinación. En el extremo opuesto, mis ojos negros observan una legión de hombres y mujeres desmembrados; egos defectuosos cuya existencia bien parece una jugarreta de la necesidad, antes que el don exhausto de un dios bueno. Entre unos y otros se despliegan los momentos, los lugares y los recuerdos. Y bajo todos nosotros, un océano infinito encapotado por una densa niebla.

Soy un pesimista enfundado en un manto de estrellas que yo mismo adorné. Con minuciosidad milimétrica he ido tallando esas lentejuelas, llevado por un impulso extraído de los sueños (de los lúcidos y los inconscientes), mas la luz de éstas no me impide sentir los hechos terribles que el tiempo y la decadencia arrastran. Como científico de almas caídas, soy consciente de las dificultades aparejadas a su retorno; los egos con los que los vivientes se adornan públicamente se disfrazan de ideas e ideíllas, de etiquetas de colores o debates que son sólo palabras, pero insisto: yo soy capaz de rasgar esas vestiduras y contemplar las deformidades y las bellezas de sus seres verdaderos. Y no soy el único integrante de este selecto club de académicos.

Hacer una radiografía certera de un ego es sencillo: basta con rastrear su relación con los demás y despejar esa equis que es el otro. Una vez desprovista la ecuación del elemento colectivo, nos resta la materia bruta de lo que fue y de aquello que pudo ser. Con esa hipótesis en mente me lanzo al ejercicio taxonómico de la carcasa que, insisto, es el ego. En el lienzo blanco que despliego sobre el suelo, con el fin de manchar lo menos posible, voy arrojando los pedacitos macilentos para así examinarlos con determinación, en el frío anhelo de llegar a la bondad primigenia del alma, ora asqueado de una labor que detesto, ora henchido de su grandeza. De entre esos fragmentos, los que más me repugnan y divierten los voy embotellando y reservando en un mejunje de oculta receta.

La filosofía antigua se ocupó de desenmascarar al ego artificioso, de reflotarlo a la playa consciente y de reubicar el alma en su justo lugar: el de gobernadora de la isla. ¿Mi opinión? Ninguna; me decanto por la vana ciencia del taxidermista, que con amor desinteresado se dedica a extractar órganos y escorias, con el fin de crear algo bello u horrible. La obra literaria. Pero me desprecio, así como desprecio a las miradas frías de los científicos, y por eso anhelo penetrar en el teatro del mundo, sin intentarlo ni conseguirlo. “Ser inconsciente del ego y tornarse alma”, esa debería ser la divisa de todo buen filósofo. ¿Debería? Para las almas que viven inconscientes de sí mismas, el ego es una gala o un andrajo que se porta con solemnidad o con torpeza… Apenas puedo contenerme, y sería capaz de gritarles que están ridículas así vestidas, ¡que se desnuden y saquen a relucir sus vergüenzas!, pero el ademán vuelve a sumergir la cabeza en la charca, cual sapo amohinado.

El ego acomplejado o herido que busca atraer la atención y la compasión y el expansivo que persigue desecar egos ajenos para alagar el suyo propio, desprenden una pestilencia similar, fácil de identificar para el filósofo que escribe o el escritor que filosofa. Y cuando ambos elementos se conjugan en el verbo existir, su presencia es raramente tolerable. ¿Penetro en los resbaladizos terrenos de la moral? Nunca fue mi intención; como he dicho, me nutro de los egos: los disecciono, trato y registro. Colecciono los bellos y me desprendo de las manzanas podridas. Y entre ustedes y yo, a veces hago uso de sus flaquezas en mi propio beneficio.

Pero, ¿qué hay de aquellos egos que deciden apartarse y vivir en claustros, reales o figurados? Les invito a que hagan un ejercicio de abstracción: olvídense por un momento de que los demás existen y vuélvanse a mirar en un espejo. ¿Cómo vivirían si lo hicieran sólo para sí mismos? La respuesta a esa pregunta es la antesala del alma, pero no el alma misma, que por propia definición es eterna e insatisfecha posibilidad. Pues bien, aquellos “santos” que viven en olvido perpetuo de sí mismos, se dividen entre los que se saben egos feos y por ese motivo detestan la compañía, y en fin, aquellos otros cuyo ego es un baluarte erigido en oposición al mundo. ¿Qué? Yo de monjes y monjas sé mucho, pero de ellos no hablaré aquí, porque su universo solitario está invadido de cometas que no procede observar con telescopios tan cortos.

Deseo ser sarcástico y cáustico, pero mis palabras son serenas e irónicas; tal es el aprecio que tengo por este mi oficio. Los acólitos no son sino egos deformes que necesitan de la candidez de un alma ajena para alcanzar una imagen de sí mismos que les sea tolerable. A veces uno o dos de ellos se decantan por el suicidio en virtud de un burdo ejercicio de autoconocimiento, pero de esos cadáveres no deseo hablar; me deprimen. Por el contrario, deseo departir sobre los bellos egos: Lord Byron, James Dean, Ludwig II, Frida Kahlo, Katherine Hepburn o… Jeff Buckley o Brian Molko, my sweet prince. Siendo meras fachadas, las almas han logrado proyectar sobre los egos las olas irrefrenables del sentimiento oceánico. La fascinación que desprenden proviene de su potencia.

El infierno segrega ángeles coquetos, mas en los viveros burgueses no crecen más que princesas de la palabra oprimida, incapaces de crear, cuidar y amar. La pasión, el erotismo y la manía son duendes extraños a la trivialidad de esos egos resecos, envidiosos y acomplejados. Sí, el hombre es algo que debe ser superado.


Imagen: “Detalle de Brian Molko Black Background”. Tharsius, DeviantArt (2015-17): http://www.deviantart.com/art/Brian-Molko-Black-Background-532608226

El hombre y lo divino

“No le está permitida la elusión del infierno a quien pretende explorar la vida humana”. María Zambrano, El hombre y lo divino.

Acabo de leer hace unos días una obra muy conocida de la filósofa española María Zambrano (1904-1991) y me gustaría hacer un pequeño análisis de la misma en este cuaderno de notas; se trata de la obra El hombre y lo divino (1953; la edición que he utilizado es la del Fondo de Cultura Económica, Méjico, 2005, una edición rácana y muy poco “profesional”). Vaya por delante que esto es, como todo el mundo sabe, una libreta de apuntes y reflexiones virtual, y esta entrada en concreto no pretende ser una especie de ensayo científico y riguroso sobre esta obra de Zambrano. Por lo tanto, pido perdón a los especialistas en la materia que me pudieran leer y considerar (acertadamente), que no cito aquí más bibliografía secundaria y otras referencias para fundamentar mis aseveraciones. Como digo, no se trata de ningún alarde de egolatría, tan sólo expreso una opinión con la información que he extraído del libro, por lo demás, una obra muy interesante. Además, tengan en cuenta que soy un historiador a secas, especializado en el pensamiento esotérico y místico de la Antigüedad, y no un historiador de la filosofía o un filósofo.

La inclusión de esta obra de María Zambrano en una página sobre hermetismo no es difícil de fundamentar. Al fin y al cabo, a los que estamos metidos en temas de estos nos resulta muy atractivo y apasionante tratar de dilucidar el sustrato religioso y místico de nuestra Civilización Occidental, y es esta compleja y casi inabarcable materia la que Zambrano trata de abordar en su obra. Es decir, la obra El hombre y lo divino pretende sumergirse en los orígenes de los conceptos de “Dios” y de “divinidad” (más que de religión o pensamiento místico), comenzando por nuestra génesis filosófica: Grecia y su particular concepción de lo divino. De este modo, Zambrano analiza muy acertadamente el nacimiento de los dioses griegos, su naturaleza, y la disputa entre la “poesía” (es decir, el modo de describir la realidad en términos míticos o “artísticos”: Hesíodo, Parménides, Heráclito o Empédocles) y la “filosofía” (es decir, el modo de concebir la realidad mediante conceptos, un hecho que se corresponde, según Zambrano, con la obra aristotélica). En este sentido, Zambrano nos habla de cuatro fases algo maniqueas en esta relación poesía-filosofía (pp. 73-74). Por otro lado, se describe el pensamiento “religioso” (=no filosófico) de los “pitagóricos” sobre la base de la crítica aristotélica. Asimismo, y siguiendo con esta secuencia expositiva que tacharemos de “histórica”, Zambrano analiza el proceso de paganización y la irrupción del cristianismo. En un plano exclusivamente filosófico, nuestra filósofa tratará de analizar conceptos abstractos como el superhombre, la piedad, la “envidia de lo divino”, el amor, la “muerte de Dios”, la “historia divina” y el “futuro” como proceso divinizado de la Historia en la filosofía moderna.

Lo primero que llama la atención de la dialéctica “zambranista” es su calidad poética y un bellísimo estilo, que sin lugar a dudas es un arma muy poderosa a la hora de filosofar, pero que al fin y al cabo es un arma de doble filo: podemos llegar a definir de mejor manera (y a veces de forma más lúcida y amena) conceptos muy intrincados y oscuros, pero por otro lado, podemos caer irremediablemente en la vacuidad discursiva, dado que nuestras aseveraciones estarán fundamentadas en el arte y la belleza estética antes que en una dialéctica sólidamente fundamentada en el utillaje y el vocabulario filosóficos. En este sentido, Zambrano no alcanza el prodigio de uno de sus maestros, Zubiri; y en el sentido de “poesía”, desde luego no llega al virtuosismo y el buen hacer de Nietzsche, por ejemplo. En cualquier caso, siempre se agradece que un filósofo trate de aplicar el bello estilo al discurso filosófico.

No me resisto a poner algunos ejemplos de este “bello estilo” aquí; afirmaciones poéticas a la par que filosóficas que nos dan una idea muy ajustada de la hermosa dialéctica de María Zambrano. Por ejemplo, se demuestra en sus reflexiones sobre el tiempo, el no-ser y “los infiernos”:

“El tiempo es el horizonte que presenta la muerte perdiéndose en ella” (p. 11)

; o bien:

“¿O el “eterno retorno” será la totalidad de la vida en el instante, la vida divinizada hasta no necesitar vivir?” (p. 172).

Asimismo:

“El suicidio en la luz, de donde antes había caído al infierno de la vida. Pues, la luz divina no pudo vencer al infierno terrestre, a la condición infernal de la vida humana” (p. 131).

Además de la afirmación de la poesía como dialéctica develadora de la soledad y la exaltación humanas:

“Entremezclado con la poesía, aparece fulgurante en Nietzsche. Y en él se verifica el más trágico acontecimiento que al hombre le haya acaecido: que es, en su soledad emancipada, soñar con dar nacimiento a un dios nacido de sí mismo” (p. 20).

Por su parte, encontramos un ejemplo de belleza poética en sus disquisiciones sobre la música, con respecto al orfismo y el pitagorismo:

“La música sale del infierno; no ha caído desde lo alto. Su origen, antes que celeste, es infernal” (p. 109)

, o bien:

“Hundirse en el sueño es el origen de la música” (p. 111).

También sobre la condición humana:

“Ningún ensueño ni delirio sobre el propio ser se explicaría si el hombre no fuera un pordiosero; un indigente que puede y sabe pedir” (p. 156).

Pero el capítulo que más me entusiasmó en este sentido es el que dedica al amor (“El amor en la vida humana”, pp. 273-276):

“Y el amor, que está en la misma palabra que designa la acción de filosofar dice ya de su intervención decisiva. La filosofía es mirada creadora de horizonte; mirada de un horizonte” (p. 268).

Ahora prosigamos con una crítica de la obra, hecha desde el máximo respeto. Comencemos por el principio. Pues bien, nos encontramos con que Zambrano no es ajena al problema fundamental inherente a toda la Historia del Pensamiento, a saber, que:

“se hace difícil revivir la vida en que la creencia era no fórmula cristalizada, sino viviente hálito que en múltiples formas indefinibles, incaptables ante la razón, levantaba la vida humana” (p. 13).

Este problema es el que puedo identificar como la principal causa de que la dialéctica filosófica caiga sistemática en la “ahistoricidad”, es decir, en un tipo de discurso que, basado en la Historia, paradójicamente prescinde absolutamente de ella. Se nos habla de una serie de procesos históricos que el filósofo no suele comprender porque no ha indagado lo suficiente en sus fuentes; esto significa nada más y nada menos que sin conocer a fondo el vocabulario filosófico de una época concreta, y sin saber identificar correctamente las aporías, diatribas y condicionantes de toda una época o serie de ellas, resulta muy difícil (cuando no imposible) hablar de forma tan genérica y categórica.

Estos “delirios de grandeza” de los que muchas veces hace gala el filósofo (lo digo sin acritud, como el lector tendrá ocasión de comprobar), se justifican muchas veces porque no se trata tanto de comprender un hecho histórico y explicarlo, sino de fundamentar, más o menos históricamente, un concepto filosófico actual o moderno. En este sentido, el filósofo no suele considerar que le haga falta nada más que una dialéctica desnuda y directa en sus reflexiones sobre el pensamiento “histórico”, aunque se pierdan los todopoderosos matices y a pesar de que en realidad, el filósofo “histórico” en cuestión no tuviera en mente lo mismo que nuestro preclaro filósofo contemporáneo. Así, y con respecto al pensamiento religioso o filosófico antepasado, se nos habla de un supuesto tránsito del “mito al lógos”, de “filosofías ingenuas”, de lo “dionisíaco frente a lo apolíneo”, de grandes procesos dialécticos hegelianos, o de “lucha de clases” como motor de la Historia, y un largo etcétera. Puedo afirmar que este tipo de pensamiento, al fin, es claramente ahistórico y no tiene pretensión alguna de conocer la Historia del Pensamiento, lo que en un principio no tiene por qué criticarse en términos intelectuales, debido a que lo que verdaderamente pretende el filósofo es desarrollar un razonamiento, una idea, un concepto, una teoría, etcétera, basándose en lo que más le convenga. Un ejemplo de esto que digo, lo afirma la propia Zambrano (p. 249):

“La pregunta acerca de lo que ha pasado no ha sonado nunca en el mismo tono de aquella otra “¿qué son las cosas?”, “las cosas de la naturaleza”.

Ahora bien, desde mi punto de vista esto no es un modo acertado de abordar nada, y demuestra más audacia y osadía que buen hacer, al menos en la obra de María Zambrano. Yo mismo (y traten de perdonar la excesiva irrupción de mi ego en este punto) me considero un “humanista”, y no puedo concebir un modo de razonar y trabajar en mis estudios, que no sea el multidisciplinar. Aparquemos un momento esta aseveración y echemos mano de la fuerza del ejemplo.

Por ejemplo, comencemos por su concepción de lo divino en la Historia, sobre su sentido, cuando afirma un lugar común en la Historia de la Filosofía:

“La filosofía vino a desplazar a los saberes todos -sabiduría, inspiración, misterios- del Mundo mediterráneo” (p. 93)

, una aseveración por lo pronto arriesgada e incierta: en efecto, la filosofía no vino a desplazar a ningún “saber” previo, sino que identificamos en el mundo antiguo, si se quiere y se puede expresar de ese modo, una fusión y una retroalimentación entre las distintas realidades filosófico-religiosas: el ejemplo extremo a favor de la filosofía es, desde luego, Aristóteles y la escuela peripatética, y si se quiere el epicureísmo, pero en términos generales, la filosofía devino sobre todo bajo el Alto Imperio en una progresiva sofisticación religiosa, que podemos identificar fácilmente en los textos (sobre esto ya he dicho mucho en este cuaderno de notas, así que ¿para qué repetirme?).

Curiosamente, Zambrano afirma lo siguiente:

“No en la “Edad de Oro”, sino en una edad de desdichas, hay que buscar la prehistoria de la actitud humana que se atreve a dirigirse a lo divino requiriéndolo en pregunta” (p. 36).

Bien, esto es cuanto menos discutible, y nos obligaría a preguntarnos sobre la naturaleza de esas “edades de oro” (de la filosofía) y de esas “edades de desdicha”, que casi todos los investigadores están de acuerdo en ubicar para la Antigüedad en el siglo IV a. C., en Atenas para las primeras, y en la helenística y el Bajo Imperio para las segundas. Pero en fin, yo no creo que se pueda hablar con rigor en estos términos, y ya he dicho que no creo que exista tal “edad de desdichas” en el Bajo Imperio, y mucho menos en el Alto y en el anterior perido helenístico. Por otro lado, nuestra filósofa está obligada a reconocer que:

“En realidad, la filosofía no se presentará desprendida enteramente de los dioses. Hasta Aristóteles, ha contado con ellos de diversas maneras. Percibirlas y precisarlas es una tarea que se presenta cada día como más ineludible” (p. 66).

En efecto, porque tal escisión no se dio jamás, hasta nuestro proceso científico-ilustrativo iniciado, siendo generosos, en el siglo XVII.

Otra idea, -yo creo incomprobable históricamente- pero interesante, es esta afirmación de Zambrano:

“El pluralismo parece caracterizar a la religión griega, la más “plural” de todas las conocidas. Desconcierta un tanto, pues allí donde ha aparecido un dios solar es vehículo de monoteísmo” (p. 44).

En definitiva, semejante “dios solar” no se comprueba como “nexo” entre el politeísmo y el monoteísmo. La unidad divina es un concepto filosófico que se sistematiza en Platón, y esta deidad solar “cosmoteísta” (así la llama Assmann) sólo la identificamos fugazmente con Akhenatón en el Imperio Nuevo y quizás con nuestro hermetismo, en su concepción totalizadora y monoteísta de Dios, pero desde luego no en los mismos términos que la “teología solar” egipcia.

Otro de los tópicos a los que alude Zambrano es el proceso de desligazón humana de lo divino, y por lo tanto del concepto de “culpa” o “necesidad” para con la realidad divina:

“Uno de los más persistentes afanes del hombre moderno y actual es el de inocentarse” (p. 106).

En verdad, esta concepción no se nos presenta de ese modo en las filosofías helenísticas, y desde luego dicha “angustia” no está planteada de ese modo en la Antigüedad: se buscaba sencillamente trascender, ascender, a la Unidad. El Anthropôs no estaba manchado por culpa original alguna, salvo quizás las derivadas del proceso de metempsicosis. De cualquier manera, resulta difícil dar una respuesta unívoca de entre todas las filosofías soteriológicas del Imperio.

Otra afirmación que me llamó la atención fue la siguiente:

“En Grecia, el hombre siempre mantuvo esa vocación de ateísmo frente a los dioses múltiples, situando por encima de ellos a la necesidad, a la némesis en que el amor encadenado los encadena” (p. 144).

No hay “vocación de ateísmo” alguna en “Grecia”, planteada en esos términos. La necesidad (heimarméne) así como otros conceptos parecidos, como la providencia, prónoia, y el destino, anánke, son conceptos desarrollados sobre todo en el Cadre de la mística helenística, y no hay que confundir su realidad con la de otros conceptos de la religiosidad griega en sus “comienzos”. Asimismo, su afirmación de que:

“La verdad fue sentida en Grecia como liberación suprema y fue en la filosofía de Platón donde tal sentido adquiere el carácter de revelación sagrada” (p. 201)

, evidencia las carencias de preparación histórico-filosófica de Zambrano: con Platón no adquiere tal carácter revelatorio o palingenésico el concepto de verdad (casi se nos remite a la gnôsis en este sentido), sino que habría que buscar semejante concepto mucho después, en nuestra era, y yo diría que con las filosofías gnósticas y con algunos filósofos neoplatónicos. En el mismo plano podemos ubicar su otra afirmación de que:

“En la cultura griega no llegó a darse la unidad indisoluble entre teología y misterio -oficio- que se ha dado en el cristianismo” (p. 222)

, lo que nos reitera su ignorancia, por ejemplo, en lo que respecta al platonismo teúrgico por un lado, y al gnosticismo pagano por otro, en el que se ubica el hermetismo.

Por otra parte, me llamó su atención su aseveración de que:

“Todo poderío de conquista, de unificación en una cultura ha estado guiado por un dios universal” (p. 238).

Y me llama la atención porque semejante idea es ajena al mundo antiguo. De igual modo, no me han gustado sus explicaciones sobre el proceso de “paganización”, por simplistas y sesgados (pp. 240-241). Asimismo, no puedo entender su afirmación recalcitrante de que la alegoría de la caverna platónica puede entenderse casi en términos soteriológicos (pp. 302-303), cosa en absoluto válida en el Platón-Sócrates del que nos ocupamos, en la República. Esta efervescencia religiosa platónica la encontramos muchos siglos después, no en nuestra Atenas clásica.

Por otro lado, me llama la atención su desapego para con el pitagorismo y el neopitagorismo (dos tendencias de una misma filosofía que deberíamos distinguir):

“No fue el pensamiento filosófico en todo su rigor el fruto del pitagorismo, sino de su desdeñoso antagonista Aristóteles” (p. 79).

Esta afirmación me parece muy muy arriesgada, dado que mucha de la producción filosófica posterior se basó precisamente en las últimas obras de Platón, las más neopitagóricas. Sobre esto, véase la sección dedicada al platonismo en esta misma página. No se trata de Aristóteles frente al “pitagorismo poético” de Platón. La realidad filosófica posterior a estos dos gigantes es mucho más compleja (se trataría, de hecho, de armonizarlos). Sobre esta cuestión, nos encontramos con una curiosa pregunta:

“¿Cuál podía ser el dios de los pitagóricos? ¿Lo había acaso?” (p. 82)

En efecto, era el theos de Platón, descrito en el Timeo, y que condujo a la idea de mónada y Unidad frente a la multiplicidad y la Díada. La representación platónico-pitagórica del dios (que no de Dios), dominará de muchos modos el viraje filosófico imperial. Siguiendo con esto, Zambrano escribe que:

“Platón luchó titánicamente con esta contradicción de su pitagorismo creciente y su deber de filósofo” (p. 87).

En fin, qué puedo decir, el neopitagorismo del último Platón no está en contra de la filosofía, ¿por qué iba a ser así? Como nuestra misma filósofa afirma en otra parte:

“Moldear un pensamiento de estructura musical, a modo de la razón discursiva, será la carga de Platón en sus últimos años” (p. 88).

Amén, ya está todo dicho, pero insisto: esto no se contrapone al “oficio del filósofo”; tan sólo se buscaba edificar un cosmos armónico, una metafísica y una cosmogénesis coherentes. Filosofía al fin y al cabo. De hecho, a vueltas con el cacareado pitagorismo, me encontré con esta sonrojante afirmación:

“A partir del cristianismo, dentro de la tradición occidental cristiana, el pitagorismo cesará de existir como tal” (p. 91).

Si hubiera tenido oportunidad, le hubiera recomendado a nuestra filósofa, por ejemplo, la obra de Docta Ignorantia de Nicolás de Cusa; todo un bello ejemplo de filosofía cristiana pitagorizante. Así como nuestra tradición esotérica en general, basada casi toda ella en una forma particular de pitagorismo.

Otro de las ideas que se reiteran a lo largo de la obra y que me llamaron poderosamente la atención (para mal, digo), fue la afirmación de Zambrano de que la intimidad nace poco menos que con el cristianismo:

“El cristianismo al nacer había ensimismado al hombre volviéndolo hacia dentro, ya que “en el interior del hombre habita la verdad” (p. 17)

; o bien:

“La intimidad era el don que trajo el cristianismo al abrir en el interior del hombre una perspectiva infinita” (p. 241)

; o cuando afirma que:

“La interioridad como tal es descubierta por el cristianismo que, mediante San Agustín, se incorpora al pensamiento y a la creencia del hombre común” (p. 285).

Por el contrario, tendríamos que aseverar algo parecido para las filosofías gnósticas, místicas helenísticas y para el neoplatonismo en general, y no ya con el cristianismo triunfante en concreto. Y nuestro hermetismo una vez más es un ejemplo. De esto en realidad ya he hablado suficiente en esta misma página, ¿para qué repetirme? Esta aseveración en concreto denota un peligroso alejamiento de Zambrano del meollo filosófico-religioso fundamental en la Antigüedad, un hecho sangrante por cuanto que hablamos de que pretende escribir una obra que compendie las concepciones religiosas de este periodo.

Otra clase de postulados de Zambrano nos invitan a creer en ese desapego por el vocabulario filosófico al que se supone remite, por ejemplo cuando habla de que:

“Al “alma pura” de Plotino corresponde el “estar fuera de sí” de Santa Teresa que se sabe por creencia cristiana dentro de sí misma, que si se siente al borde de estar fuera, sabe por qué” (p. 101).

O bien, cuando asevera que:

“Ese anhelo que los filósofos neoplatónicos llevaron también a su extremo bajo el nombre de “vida contemplativa”, “vida de ángeles”, “vida sin cuerpo en el cuerpo”, que decía Plotino” (p. 195).

Esto no es así: Plotino no cree en ningún “alma pura a la que le corresponda estar fuera de sí”, y lo mismo con el resto de conceptos que cita, que sólo pueden ser aplicados a la filosofía neoplatónica en términos divulgativos, y nunca podrían ser afirmados de ese modo en una obra filosófica a ese nivel. Lo mismo se podría decir cuando habla del estoicismo (p. 215), sobre el que creo que no ha indagado lo suficiente.

También me ha llamado la atención que Zambrano escriba que:

“Es lo que parece diferenciar a estas ciencias de la filosofía griega nacida de un movimiento humano encaminado a desprenderse de los dioses, y sobre todo del rito, del culto en todas sus formas; es decir, a constituirse aparte del mundo de lo sagrado” (p. 96).

Y se refiere a las ciencias practicadas en Egipto y Mesopotamia, como las matemáticas, la astrología, etcétera. Bueno, es curioso entonces que precisamente fueran los griegos los que terminaran de sistematizar la astrología procedente de las tierras caldeas y egipcias, convirtiéndola en un dogma de fe, o bien que los reinos helenísticos vieran aparecer “ciencias de fusión y sincretismo” como la alquimia, la magia, la goetia o la misma teúrgia. Hablando de la teúrgia, es una lástima que Zambrano no se haya dado cuenta del juego tan excelente que hubiera dado esta particular forma de platonismo, por ejemplo cuando asevera que:

“La deificación que arrastra por fuerza la limitación humana -la impotencia de ser Dios- provoca, hace que lo divino se configure en ídolo insaciable, a través del cual el hombre -sin saberlo- devora su propia vida; destruye él mismo su existencia” (p. 23).

Esto no es tratado de la misma forma en, por ejemplo, el De Mysteriis de Jámblico, sino que simplemente se afirma la teoforía del hombre, su “transformación divina”, en virtud precisamente de su participación divina en el Todo. Siguiendo con la Nada, Zambrano observa que:

“el hombre ha de estar muy adentrado en la edad de la razón para aceptar el vacío y el silencio en torno suyo” (p. 34)

, y yo digo que le hubiera venido muy bien conocer más sobre las filosofías gnósticas en general, sobre todo en sus manifestaciones más dualistas. Hubiera sido interesante conocer sus ideas al respecto de haberlas conocido.

De hecho, siguiendo con el tan manido tópico oriente-occidente, Zambrano escribe que:

“…su saber no nació de un preguntar, sino de su actitud común a todo el Oriente de responder a lo alto, a la llamada de lo alto, volcándose enteramente” (p. 99).

Y en esto tendríamos que preguntarnos a qué orientes se refiere y en qué épocas, porque si hablamos del oriente helenizado, entonces tendríamos que afirmar lo mismo con la filosofía “griega”, y entonces se vería obligada a replantear su teoría al respecto.

Por otro lado, no todas las ideas expuestas por Zambrano están basadas en inconsistencias históricas, sino que me han gustado sus aseveraciones sobre la filosofía griega como una búsqueda de la unidad desde el concepto de ilimitado o apeiron:

“Mientras que la filosofía que descubre la realidad sagrada en el apeiron no descansa hasta extraer de ella lo divino Unitario: la idea de Dios” (p. 74).

Yo creo que esta idea se ajusta bastante a la realidad histórica y además me resulta muy estimulante; sobre esta misma cuestión, me entusiasmaron aseveraciones como que:

“la acción entre todas de la filosofía fue la transformación de lo sagrado en lo divino, en la pura unidad de lo divino” (p. 76).

Porque en efecto, así podemos describir su tránsito, desde la Magna Grecia a los reinos helenísticos y luego a Roma. A este respecto, estoy muy de acuerdo con que la…

“visión universal -amorosa y activa- sólo se da cuando se siente al par que todo está vivo y unido; la unidad es al par vivificación” (p. 292).

Efectivamente, los conceptos de la unidad y de vivificación (aeízoon en el hermetismo), se dan en las filosofías del Imperio, y se puede afirmar esto sin miedo al error. Asimismo, y aunque no estoy de acuerdo con su fondo, es cierto que:

“todo el pensamiento platónico servirá a un designio religioso previo, que es lo que verdaderamente la mueve” (p. 95).

Al menos es cierto en muchos sentidos para el último Platón y la producción platónica posterior, pero eso en ningún caso le resta “credibilidad”. Al menos, esa es mi opinión. Por otra parte, me ha parecido muy interesante su idea de que el…

“ateísmo niega matemáticamente la existencia de Dios, mas se refiere al Dios-idea, pues con el fondo oscuro permanentemente, con las tinieblas del Dios desconocido, ni siquiera cuenta” (p. 138).

Es una afirmación que me resulta muy estimulante, por cuanto que da mucho juego para la disección de cuestiones como el ateísmo o cierta clase de nihilismo. Y siguiendo con esta cuestión, también estoy de acuerdo con que:

“Parece como si el hombre de hoy librase con la nada un cuerpo a cuerpo, como si hubiera intimado con ella más que hombre alguno” (p. 183).

Esta idea fue magistralmente expuesta, por ejemplo, por Ernst Jünger o por Heidegger. Y como colofón, he encontrado grandiosa esta idea suya:

“Pues el vivir según la conciencia aniquila la vida, los motivos reales, las cosas tal y como son vividas. La conciencia ha ido diciendo al hombre “inconscientemente”: “No, no es nada”. Y todo, cualquier contenido de una fe, aun inmediata, se ha ido reduciendo a nada” (p. 184).

Esta precisamente ha sido la historia de la filosofía contemporánea, y en esa historia aún continuamos, lamentablemente.

Finalmente, ¿cuál es mi balance general? Pues malo, como el lector habrá tenido la ocasión de comprobar. No me convencen sus argumentos debido a sus numerosos descuidos de base historiográfica. La obra tiene un título excesivamente ambicioso para el resultado final, que hubiera precisado de muchísimo mayor rigor, tiempo y trabajo. Y precisamente esto me sirve para retomar mi idea del principio, porque después de utilizar la fuerza del ejemplo se me entenderá de mejor manera: la Filosofía y la Historia de la Filosofía no son actividades especiales que deban ignorar a otro tipo de dialécticas. Como decía un viejo amigo, “yo creo que la filosofía lo es todo”. Y eso mismo, como es “todo” debe tener la aspiración de “comprenderlo todo”, valiéndose de las otras disciplinas o saberes implicados en cualquier cuestión. Y si es la Historia del Pensamiento, pues eso mismo: a estudiar la obra de los historiadores especializados, a leer las fuentes y a imbuirse del vocabulario ad hoc. Si no, ¿qué estamos haciendo sino dar palos de ciego? En fin, al menos esa es mi opinión. Yo creo humildemente que deberíamos dedicar más tiempo al estudio continuado y sistemático de todos los campos del saber dentro de nuestras posibilidades, de nuestras ganas y de nuestro tiempo, y una vez hecho esto, quizás consigamos construir (con mucha cautela) nuestras propias edificaciones filosóficas. La filosofía es, con mucho, la más difícil y la más elevada de las “ciencias”, ya que debe aspirar a ser una metafísica, un basamento, un marco y una inspiración para el resto de actividades humanas.


Imagen: “Detalle de retrato de María Zambrano”. Copyright Fundación María Zambrano: https://www.fundacionmariazambrano.org/
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