Los desconocidos

Desconocidos para nosotros; para usted y para mí. Y sin embargo, sus historias fueron fascinantes; sus personalidades, arrolladoras, entrañables y potentes; sus hechos, indescriptibles. Si hubiéramos tenido la oportunidad de convivir con ellos, con seguridad les habríamos amado; no cabe duda de que nuestras vidas habrían sido más intensas, productivas o interesantes a su lado.

Son esas personas que no conocemos, ni tan siquiera a través de las letras rectilíneas de los libros. Personas fascinantes que vivieron en un olvidado tiempo… o bien que lo harán en un futuro que ya no experimentaremos. De su existencia no podríamos tener noticia aunque nos empeñáramos con todas nuestras fuerzas. Porque sus profundas o sensuales voces no fueron grabadas, ni sus manos fueron registradas llevando a cabo inmensas obras artísticas, o hazañas épicas que bien habrían valido un canto homérico. Tampoco sus nombres están debidamente referenciados en insignes y rimbombantes libros de historia, o en crónicas o tratados filosóficos; ni tan siquiera en cartas o diarios.

Les imagino bellos e íntimos, puede que envidiados, quizás solos haciendo frente a una realidad radicalmente adversa. Y digo más: puede que ningún otro ser humano (aparte de sus seres más próximos y queridos, si los hubiere o habrá) haya tenido o tendrá noticia de sus gestas. Jamás.

¿Sabe? Detesto la palabra “anónimo”; y lo hago porque implica una mentira revestida de un ridículo disfraz de verdad. Todos y cada uno de nosotros seremos “anónimos” para los que nos sucedan. Tentado estoy de afirmar que ya lo somos para nuestros congéneres, por mucho que alcancen a manosearnos. A pesar de que nuestros caretos circulen en los registros exhaustos (bajo la críptica etiqueta de ‘YouTube’ o ‘Facebook’) de algún extraño historiador dentro de cientos de años, ellos ya no nos conocerán. Ignoro si nuestros nombres, pintas, temas y tragedias les divertirán, apasionarán o dejarán indiferentes, pero una cosa es segura: nuestros seres verdaderos serán menos que polvo para ellos.

Me viene a la mente un pequeño remedio no químico para usted que sufre; en general, dirigido a aquellas personas sumidas en una negra tristeza en razón de su gravedad existencial, a saber: deténgase frente a una ventana e imagine todas las situaciones hermosas o apasionantes que en ese preciso instante están sucediendo en el mundo. ¿Ya? Ahora amplíe el espectro al pasado (del futuro hablaremos en unos instantes). Imagine la experiencia de millones de cadáveres que nos precedieron, que hicieron de su vida un hito. ¡Pero no! No les imagine en abstracto, haciendo acopio de una cultura general integrada por falsos recuerdos televisivos. Trate de no convertirlos en individuos lejanos, sin rostro ni sentimientos propios. Atraiga hacia su magín la misma tumba ignorada, en un cerro de Irlanda, en una fosa común en Méjico, o en mitad de ninguna parte en un pequeño islote del Pacífico; su otrora vibrante cuerpo yace ahora carcomido, dividido en diminutos fragmentos de ceniza. Le pido que se concentre en esos trozos que ahora integran otros seres o lugares. ¿Ya? Reintegre ahora los trocitos en una secuencia a cámara lenta, rebobinando la secuencia de muerte… Poco a poco una forma humana va haciéndose presente.

Su piel era oscura y brillante, su cabello de pizarra negra como el carbón caía a plomo sobre unos ojos claros como el ámbar, sobre unos carrillos dulces y rectangulares, sobre unos labios gruesos que auguran fertilidad. Su talla corta, sus formas acentuadas y apetecibles. Apenas llevaba encima vestido que cubriera su perfecta silueta de mujer. Su voz, articulada en un lenguaje largo tiempo extinto, se nos antojaría sinuosa y seductora; sus sílabas, a caballo entre el francés, el amárico y el farsi, darían testimonio del atroz acto de amor que ella misma, Nee-gashi, acaba de perpetrar. Un acto extraordinario que rompería su corazón sólo para elevarla, en virtud de una lúgubre paradoja, al altar de los mártires. Una grey enfebrecida se arremolinaba en la base de la blanca pirámide, presta para consumar su venganza. Mientras descendía para consumar su destino sólo podía pensar en el rostro dulce de su hijo muerto.

Los ojos de un niño apenas se entrevieron al pasar. Tristán iba muy rápido, ahíto de ilusión por contemplar la nueva biblioteca al borde de la escalinata. La lengua latina fue su padre y la griega su gran madre, tan huérfano como era de cariño humano; el único modo que encontró de amar el oscuro mundo para el que fue bastardamente concebido fue el de morar como una ratita ilustrada entre libros; colosales tomos de ciencia inmortal con los que aprendió a leer y soñar. De haber podido madurar, no cabe duda de que su obra hubiera competido en intimidad y dulzura con la de su admirado San Agustín, superándole en estilo y quizás crudeza. Aguardábale empero su gran enemigo en la convergencia entre los pasillos grises del piso superior del monasterio, un oubliette tristísimo en forma de mezquino abad, cuyas férreas manos acabarían por extinguirle.

El anciano de piel acartonada y oscura se disponía a morir con lágrimas de puro agradecimiento; de su vida frenética daba cuenta en silencio, afanado en recordar su primera caricia; su primer lance sangriento; la primera vez que vio el mar. A Hernán un naufragio en la flor de su juventud le abandonó en mitad de un islote, a inconcebible distancia de cualquier cristiano capaz de rescatarle. Los años transcurrieron primero con pesar, hastío y desesperación, para después convertirse en testigos de su ingenio: técnicas de pesca y forrajeo sólo igualadas por las milenarias tribus autóctonas; el registro científico de cientos de nuevas especies minuciosamente esbozadas y descritas en pliegos de arcilla y madera; cantos y cuentos concebidos en soledad durante incontables noches para nunca ser escuchados… Hernán cerró los ojos, encomendándose a Dios.

Largo tiempo ha que se arruinó el papel que decoraba la pared de aquel ático diminuto en el que vivía Théresse; una poetisa de blanquísima piel cuya frágil salud había encadenado a una cama polvorienta. Esparcidos por el suelo yacían sus textos: historias de piratas salvajes y bellos, sueños cuyo simbolismo hubiera pronosticado novedosas corrientes artísticas; bocetos eróticos nacidos de un alma ansiosa y vibrante que le habrían valido el escándalo y la inmortalidad. Signos de esotérica perversión perecerían al secarse sus pupilas. Porque decidió Théresse que todo acabaría esa noche, al calor de una leña que asfixiara el aire; trató primero de memorizar sus destellos y breves periodos de lucidez, de condensarlos en un único recuerdo que le hiciera llorar. Arrojó por último su obra inimitable al fuego y se durmió para no despertar; su cadáver nunca fue reclamado, pudriéndose lentamente en una morgue de París.

Aliou gritaba con todas sus fuerzas mientras se ahogaba. En otro tiempo y lugar, su cincelado cuerpo de ébano dio forma a melodías revestidas de profundidad inmemorial; espíritus azules insuflaban de fiera melancolía su espíritu indómito mientras danzaba como un león en pleno ritual de caza. Soplaban sus letanías multicolores a través de la sabana sangrienta, y en esos instantes eternos de apoteosis era consciente hasta la última fibra de su ser del poder transmitido a través de las generaciones de felinos que le precedieron. Consciente de que su mente constituía el eje oscuro de un universo formado por un sol exhausto que descendía sobre sus sienes lentamente, como el agua de un bautismo impúdico que en virtud de la pintura blanca imprimía una máscara a su alma de titán. Mas las palabras sagradas proferidas por Aliou no pudieron evitar que el océano le diera muerte, tan lejos de su amada tierra, tan cerca de su destino europeo. Días después su cadáver macilento fue encontrado en una playa de Fuerteventura: el león sería sepultado en una tumba sin nombre.

Detengamos nuestro heroico recuento por unos instantes. Le seré honesto, estimado lector: por mucho que me esfuerzo no soy capaz de hacerme una idea de dónde procede y hacia dónde va el soplo vital que alimenta nuestro ser. Sé que así como el ojo no es capaz de girar sobre sí mismo para centrar la mirada en la oquedad oscura del cráneo, así nuestras filosofías de todo orden sólo alcanzan a balbucear sobre nuestro origen y destino. Es evidente que antes, durante y después nos es conocida la realidad de nuestra alma, sin verse obligada a recurrir a la caprichosa percepción de los otros. Porque no necesitamos que nos lean para haber existido, ni que nos vean para sentir. Todos y cada uno de nosotros, anónimos o famosos, somos unos vértices afortunados que han sido condenados a morir lentamente en el frenesí de la vida; protagonistas de una saga épica cuyos nombres fueron largo tiempo olvidados.

Como humanista dedicado al tejido histórico de las ideas, confieso que en eso consiste mi método de aproximación a cualquier realidad. Imagino cómo vivieron esos héroes su realidad cotidiana, tratando de desembarazarme de la toxicidad que entraña mi propia identidad. En otros términos, considero indispensable deshacerme de mi yo postmoderno con el propósito de morar por unas horas en universos extraños, lo más alejados posible de lo que usted y yo consideramos “normal”. Por ese motivo, me produce tanta tristeza esa forma de enseñar que consiste en ilustrar a los zagales sobre los hechos del pasado echando mano de aquellas realidades que les puedan resultar más cercanas o familiares; de este modo, se explica la filosofía partiendo de cuestiones tan ridículas (y tan del gusto de nuestros tiempos) como “¿era machista Platón?” o “¿existió la democracia en Atenas?” Todos estos planteamientos obvian sistemáticamente la dimensión más compleja y preciosa que entraña el ejercicio del saber, a saber: convertir la propia mente en una caja de resonancia en el que infinitas voces canten al unísono. Un “vaciamiento” epistemológico que podríamos asimilar con la ἐποχή de los escépticos o los fenomenólogos, o bien con el “vaciamiento” perseguido por los místicos en su búsqueda de la divinidad, que nos permita desnudarnos de nuestros vestidos de inmediatez para “vivir otras vidas”, como rezaba la canción de Sabina:

Con un poco de imaginación
Partiré de viaje enseguida
A vivir otras vidas,
A probarme otros nombres,
A colarme en el traje y la piel
De todos los hombres
Que nunca seré

Y digo más, si es usted de los que necesita echar mano de conceptos familiares como conditiones sine quae non para comprender lo extraño, debería hacérselo mirar: sufre usted de una peligrosa atrofia de los sentidos rayana en la estulticia. ¿O acaso no es estúpido tratar de entender lo ajeno sin albergar la intención de abandonar lo propio? De hecho, es precisamente esta actitud torticera la que provoca que existan tantos “especialistas” entregados a la Historia contemporánea frente a las carencias presentadas por otros periodos históricos, o sin ir más lejos, estamos ante el mismo principio que previene al adolescente típico de aprender, sobre la base del bastardo adagio de “¿y eso qué tiene que ver conmigo?”

Decía antes que haría mención del futuro, y así es. No en vano me defino como un especialista del “tejido histórico”, y es propio de la historia avanzar a perpetuidad. Los corrientes ideológicas evolucionan para adaptarse al dinamismo social, máxime en una civilización como la nuestra, sometida al “proceso sin fin de la Ilustración”. ¿Qué será de esos héroes del futuro que no conoceremos? ¿A qué realidades adversas deberán de enfrentarse nuestros amigos de la posteridad? ¿Les serán útiles nuestros “modernos” pensamientos, que dentro de cien años acumularán el polvo de los ataúdes? ¡Quién sabe, quizás no perderemos vigencia en esos otros mundos! Mientras tanto, permanezco muy atento no sólo al probable devenir futuro, sino a la visión que de tal “futuro” sostenemos los habitantes del presente (esto es, la ciencia-ficción, la distopía y la ucronía).

¿Anónimos? No. Me declaro un conocedor inconsciente de todos esos meteoros incandescentes que abandonaron la vida inadvertidos. Secretamente les admiro sin haberles conocido; ni falta que me hace. A ellos se debe este humilde proyecto denominado “Studia Hermetica”.


Por lo demás, el proyecto se encuentra en estado latente, como bien habrá podido deducir el curioso lector de estas líneas. De hecho, desde principios de 2017 no he sido capaz de dedicarle el tiempo que me hubiera gustado debido a mis obligaciones profesionales y familiares; situación que no tiene visos de cambiar a medio plazo. El año 2019 marcó un antes y un después en el proyecto, una etapa de máxima actividad en la que, irónicamente, no pude dedicar más que unas horas al año a esta nuestra revista. Y a causa de unas razones muy concretas, preveo que esta situación se prolongue hasta el año 2022, como poco. Mas por qué no reconocerlo, estos quehaceres editores han constituido un punto de partida muy estimulante para mis empresas profesionales, pero su falta de financiación o de beneficio económico inmediato han provocado que sea relegada a un plano muy secundario en mi vida.

En los próximos años decidiré si dar por concluido el proyecto sería lo más conveniente, o bien el adoptar una línea de publicación mucho más laxa e irregular, de acuerdo con mis posibilidades reales. En cualquier caso, en estos momentos me es imposible pensar con la suficiente claridad como para tomar la decisión adecuada… mas no se inquiete: ando inmerso en la etapa más feliz y productiva de mi vida.

¡Le deseo unas muy felices fiestas y un próspero Año Nuevo!

The Outsider Manifesto

No es un secreto que uno de nuestros principales objetivos en Studia Hermetica es el de arrojar luz sobre aquellos pensadores y experimentadores que se mantuvieron al margen de la cultura dominante. Hablamos de los outsiders (los marginados, los solitarios o los desterrados), a los que con frecuencia se tacha de “genios” o de “incomprendidos”, generando entre determinados círculos al margen del “sistema establecido” un irreflexivo apego. Al fin y al cabo, nuestros marginados han sido injustamente tratados debido a la estrechez de miras burguesa de sus contemporáneos, o bien a la envidia de sus colegas y allegados. De esta manera, nosotros, los integrantes del glorioso club de los disidentes, deberíamos sentir como propios sus sufrimientos, desvelos y proyectos frustrados. Como consecuencia de un simple proceso de asimilación, la pasión y muerte de los marginados nos debería generar una simpatía instantánea, a pesar de los atropellos y atrocidades que pudieren haber perpetrado esas almas perdidas. Es evidente que “los demás” (esa masa informe, indiferenciada e indiferente de machos machistas, blancos caucásicos patriarcales, malevolentes gobernantes ávidos de sangre o, sin ir más lejos, padres maltratadores y abandonadores y madres castradoras, desvaídas y dementes), son los responsables últimos de sus tristes trayectorias vitales. Es evidente: nuestros outsiders han sido deshonrados, desprovistos y defenestrados. ¿Cómo se nos ocurriría cuestionar acaso sus tragedias?

Pues no, estimado lector, no es mi caso: mi interés por el pensamiento marginal es exclusivamente científico. Examino y disecciono sus órganos internos como lo haría un médico forense que tiene ante sí un cadáver putrefacto. Salvo contados casos, sus vidas y milagros me resultan apenas reseñables; no les admiro ni desprecio. Me resultan, sencillamente, el perfecto producto de sus contradicciones. ¿Un ejemplo? Theodore Kaczynski. Mi interés por su persona afloró a raíz de la serie Manhunt: Unabomber, de Netflix, y desde entonces examino con mucho cuidado sus desvaríos. Hace días terminé de leer su archiconocido “manifiesto”: Industrial Society and Its Future. Nuestro héroe (o más bien, antihéroe) parece reunir en su persona todos aquellos elementos que caracterizan a un outsider comme il faut: solitario, aislado, huido, inteligente, culto, envidiado… algunos le tachan de “genio”, incluso. ¿Mi veredicto? Allá vamos.

Kaczynski embadurna con venenosa verborrea de anarquista trasnochador y trasnochado, un “manifiesto” político que se autoreivindica como apolítico. Pretende condensar, haciendo uso de oraciones eficaces y sencillas, un universo de fenómenos apenas abarcable bajo el término “sistema” (system, repetido nada menos que doscientas treinta y ocho veces en su parrafada). El mencionado “sistema” no es otro que el conjunto de realidades demográficas, técnicas, político-económicas, ambientales y filosóficas, condensadas en torno al capitalismo nacido al socaire de las Revoluciones Industriales.

Nuestro prohombre es, además, un enamorado de la “naturaleza” (término manoseado cincuenta y seis veces), cuyo objetivo es muy simple: acabar con toda tecnología sofisticada, con el fin de liberar al ser humano de su yugo. ¿Pero a qué concepto de naturaleza alude Kaczynski?:

The positive ideal that we propose is Nature. That is, WILD nature: those aspects of the functioning of the Earth and its living things that are independent of human management and free of human interference and control. And with wild nature we include human nature, by which we mean those aspects of the functioning of the human individual that are not subject to regulation by organized society but are products of chance, or free will, or God.

Reflexionemos durante unos instantes sobre el concepto de naturaleza, sobre la base de un sencillo silogismo: 1. Las actividades de los seres vivientes son naturales. 2. El ser humano es un ser viviente. 3. Ergo la actividad del ser humano es natural. ¿Es acaso el binomio artificial-natural un mero convencionalismo mental? ¿Por qué extrapolamos al hombre de la naturaleza, si son conceptos análogos? Llevados por esta misma lógica, deberíamos plantearnos cuestiones como las siguientes: ¿Es una metrópolis como Shenzhen menos “natural” que un malpaís o paisaje volcánico? La caída de un asteroide, hace aproximadamente 66 millones de años, causó la extinción de la gran mayoría de los géneros biológicos del periodo; ante un evento de semejante poder de destrucción, ¿no deberíamos replantearnos nuestras capacidades reales de alteración de los ecosistemas? O como escribía Pío Baroja: “Dios murmura en la cascada y canta en el poeta” (Camino de perfección). Más adelante matizaré mis palabras; conviene a un filósofo el examinar con minuciosidad las diatribas a las que se enfrenta, sin anteponer sus preferencias personales a la realidad.

God loves violence.

Cabe preguntarse si por “sociedad organizada”, Kaczynski se refiere también a los grandes imperios de la Antigüedad, que hacían uso de una tecnología que podríamos considerar “sofisticada”. Obviamente, esta cuestión aflora aquí y allá en su manifiesto, por ejemplo, en relación a los sistema de irrigación y agricultura romanos, pero no aclara lo que los pobres humanos deberíamos hacer si un buen día apagáramos nuestros ordenadores, quemáramos las estaciones eléctricas, tiráramos a un barranco nuestras neveras y convirtiéramos nuestros automóviles en tiendas de campaña: ¿adónde retornaríamos?, ¿a una cultura Amish?, ¿a una sociedad preindustrial de perfume medieval? ¿A las cuevas, quizás? Previendo este lógico contraargumento, nuestro héroe se ve obligado a reconocer que “una ideología”:

in order to gain enthusiastic support, must have a positive ideal as well as a negative one; it must be FOR something as well as AGAINST something.

En otros términos, Kaczynski, cual rata de biblioteca amohinada, se ve en la pesarosa obligación de proponernos algo para que quedemos contentos con el nuevo orden, recurriendo a argumentos tan falaces como infantiles. La sucesión “lógica” sería más o menos la siguiente: 1. Los agentes del cambio deben esperar a que el sistema colapse por sí mismo, sin mancharse las manos en parlamentos, no vaya a ser que acaben por aplicar políticas absurdas, generando la falsa impresión de que el desastre al que el sistema está claramente abocado (breakdown, término repetido, tanto de manera simple [break] como compuesta, en cuarenta ocasiones) es obra suya. 2. Deben evitar los seguidores del FC (es decir, Freedom Club, pseudónimo de Kaczynski a los efectos del manifiesto) inculpar a la sociedad con motivo de su apego bastardo por la tecnología, debido a que ello generaría rechazo y resentimiento en las masas y a que, obviamente, se trata de una estrategia de marketing errónea. 3. Deben los agentes del cambio ludita procrear como conejos, porque está demostrado que los vástagos que crecen en un ambiente sometido a determinados ideales, acaban por allanarse a ellos con naturalidad.

En el espectro contrario a su martilleante doctrina, nos encontramos con los tecnófilos (technophiles), esos recalcitrantes Steve Jobs que ven en la tecnología la resolución a todos los problemas de la humanidad, abanderados por un grupo altamente cualificado de técnicos y científicos, cómplices de un sistema inhumano, esclavizador y degradante, cuya dedicación primordial se dirige a la consecución de necesidades postizas (“actividades subrogadas”, como así las denomina él):

technicians and scientists carry on their work largely as a surrogate activity; that is, they satisfy their need for power by solving technical problems.

De esta manera, mediante la manipulación de la psique, el comportamiento y el entorno humanos, el “sistema” está resuelto a controlar todos y cada uno de nuestros impulsos, especialmente aquellos que no encajen en él. ¿Cómo? En virtud de un proceso de sobresocialización (oversocialization) destinado a hacer de nosotros sujetos obedientes. Su instrumento más eficaz es la educación, obligando a las masas de jóvenes a decantarse por estudios vacuos, útiles al sistema pero inútiles para colmar sus necesidades primarias y ansias de autonomía. Todo sujeto que no “pase por el aro” está condenado a la marginación social o al manicomio.

Pues bien, sobre esta cuestión ya hemos discurrido en otro lugar, así que remitimos al lector a nuestro cuaderno de notas De Umbris Idearum.

Este modo de discurrir retrata al hombre: un Necháyev posmoderno cuyo centro de operaciones hállase en un locus amoenus virgiliano que sin embargo no es capaz de serenar su sed de venganza. Desde su cabaña-purgatorio, un Kaczynski autosuficiente, frío y odiador, confecciona artefactos explosivos “ecológicos”. Detengámonos ahora un momento y realicemos, mal que nos pese, un ejercicio de abstracción, tratando de imaginar cómo funcionaría una mente maquiavélica exquisitamente educada en las teorías de los clásicos y los modernos, que se hubiera decantado por orquestar un cambio real en la sociedad. Dicha mente daría vueltas a las siguientes cuestiones:

1. El uso de la violencia: a) La destrucción física de los oponentes cuando no hay modo de convencerles de que sus argumentos o actos son erróneos o estúpidos. b) Todo grupo de presión o individuo alzado en armas se ha mostrado insuficiente e ineficaz para acabar con un Estado moderno previamente constituido. Con frecuencia, las supuestas buenas intenciones de sus integrantes degeneran en una espiral de sangre en la que los medios no son capaces de justificar los fines, o peor aún, éstos acaban por olvidarse tras décadas de lucha sin sentido. c) Sin embargo, sin violencia no hay nada: toda ideología, por muy ridícula que sea, necesita expresarse dando un golpe en la mesa, atacando aquello que nos hiere en lo más hondo: nuestros seres queridos, integridad y patrimonio. De lo contrario, evidenciaría su absoluta vacuidad. ¿Qué es si no el terrorismo de base nacionalista? Un patético espantajo adornado con un traje de hipostasiadas verdades.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema.

2. La crítica al sistema: a) ¿Cómo ha acabado por constituirse un tipo de sociedad como la nuestra? b) Asumiendo que es errónea, dañina o contraria a la naturaleza humana, ¿han existido alternativas teórico-prácticas a ésta? c) ¿Nos ha hecho más exitosos como especie, más fuertes, inteligentes o felices?

Las respuestas a estas cuestiones revisten una extrema complejidad. Tomando como ejemplo al influyente pensamiento de un solo hombre, Karl Marx, deberíamos de disponer de una naturaleza proclive al estudio de la filosofía para apenas ser capaces de entender el origen y desarrollo de las doctrinas marxistas y neomarxistas. Por ejemplo, los insignes integrantes de la Escuela de Fráncfort (Horkheimer, Adorno, Marcuse, Fromm, Althusser, entre otros) analizaron con singular precisión las tempestades nacidas al ardiente abrigo de las Guerras Mundiales, tratando de dilucidar el melancólico destino de la Ilustración. Por lo tanto, toda crítica a un “sistema” de tales dimensiones, erigido sobre milenios de civilización y cultura escrita, debería pasar por unos ejercicios de reflexión y trabajo extenuantes; una tarea que escapa no ya al común de los mortales, sino a la gran mayoría de los sujetos letrados y pensantes de este mundo.

En lo que respecta a conceptos como la felicidad, la autonomía o la dignidad de la persona, no nos es posible afirmar nada categóricamente. ¿Eran las mujeres más libres y autónomas viviendo bajo el yugo de sus padres y maridos en el siglo XIX? ¿La represión religiosa ejercida por los diversos bandos en liza en la Europa del siglo XVI nos hacía más felices a los seres humanos? ¿La presión familiar o tribal de cualquier época pasada era más benigna que la impuesta por el “sistema” actual? Si por el contrario, centramos nuestra atención en el aumento exponencial de la población durante todo el siglo XX, la práctica extinción de buena parte de las epidemias que nos masacraron durante milenios y la popularización del conocimiento, deberíamos replantearnos cualquier punto de partida metodológico que establezca que un supuesto natural mundo de origen fue “mejor”.

¿Conclusión de Kaczynski? Golpeemos al sistema (Letter to San Francisco Examiner, 1985):

The hollowness of the old revolutionary ideologies centering on socialism has become clear (…) All ideologies and political systems are fakes. They only result in power for special groups who just push the rest of us around. There is only one way to escape from being pushed around, and that is to smash the whole system and get along without it.

Kaczynski se posiciona en contra del “izquierdismo” de todo orden y condición (el vocablo leftist es repetido ciento treinta y una veces), recurriendo a argumentos que fracasarían estrepitosamente en un entorno académico serio, pero que serían singularmente pegadizos en una disputa de bar o cafetería. Tacha a lo que él denomina “izquierdismo” (leftism) de religión (leftism is a kind of religion), rezumando una mala baba sólo justificable en un sofista resentido que, ora recurre a la historia, ora a un subjetivismo psicologizante de vulgar ralea:

…feelings of inferiority, low self-esteem, powerlessness, identification with victims by people who are not themselves victims, is a peculiarity of modern leftism.

De hecho, esta clase de dialéctica diletante la podemos observar en los sabios dieciochescos y medievales, que carecían de un conocimiento científico contrastable y contrastado, pero que resulta imperdonable en un supuesto genio titulado en Harvard. Y pondré como ejemplo contrario a Max Weber, quien dedicó su vida a entender la sociedad en su conjunto y que, para apenas vislumbrar un solo hecho de esos que “analiza” con tanta frivolidad Kaczynski, no le quedó más remedio que elaborar un sofisticado utillaje científico contraído en las más de mil páginas que conforman su magna Economía y sociedad, obra que, para más señas, se publicó póstumamente. Se me puede argumentar que Kaczynski no persigue comprender el “sistema” sino destruirlo, ¿pero me puede alguien explicar cómo se acaba con algo que no se alcanza a comprender?

Sí, soy consciente de que el anarquista no trata de ser riguroso ni académico cuando alude al “sistema”, sino que se limita a expresar un sentimiento largamente larvado desde la irrupción de la industrialización. Aclarémoslo por boca de otro anarquista, Tyler Durden, esta vez de la ficción:

In the world I see – you are stalking elk through the damp canyon forests around the ruins of Rockefeller Center. You’ll wear leather clothes that will last you the rest of your life. You’ll climb the wrist-thick kudzu vines that wrap the Sears Tower. And when you look down, you’ll see tiny figures pounding corn, laying strips of venison on the empty car pool lane of some abandoned superhighway.

El mundo moderno es una mentira que nos aparta de nuestra verdadera naturaleza. Volémoslo por los aires. ¿Para qué entenderlo? Sabemos que lo sufrimos, es más que suficiente. ¿Para qué tratar de cambiarlo? El sistema ha llegado a un punto de no retorno. La conclusión es evidente: debemos hacerlo estallar en mil pedazos. Una proposición simple, poderosa, de cuyas consecuencias seremos todos legatarios.

Dostoievski, con esa espectacular lucidez que le caracterizaba, concibió una obra capital que analiza la raíz del nihilismo (Los Demonios). En ella, Piotr Stepanovich (trasunto literario de Necháyev) se rendía patéticamente a la belleza de Stavrogin:

-¡Stavrogin, es usted hermoso! (…) No conozco a otro más que a usted. Usted es mi caudillo, usted es mi sol y yo soy su gusano”.

Ambos personajes son, a su manera, paradigmas del antihéroe romántico: violentos, brillantes, enigmáticos, bellos, retorcidos, detestados, turbulentos y malvados. Condenados ambos a un trágico final. Utilizando nuestro cercenado vocabulario posmoderno, podríamos afirmar que un nihilista (Stepanovich-Necháyev) se encuentra frente a frente con un psicópata, en un duelo que pronostica la gigantesca ola que golpearía el promontorio del mundo contemporáneo.

¿Alguna vez se ha preguntado qué motiva a algunos de los asesinos en serie? En efecto, lo tiene usted en la punta de la lengua, vamos, atrévase a decirlo… Nada. No les motiva nada; o mejor dicho, les motiva la nada. ¿Impulso sexual, voces susurradoras, satanismo, envidia, sentimiento de dominación, misoginia…? Nada: una jerigonza pseudopsicológica que nos impide ver las cosas tal y como son. Cuando un individuo perturbado se reivindica matando, lo hace movido por su ansia de poder: desea fascinar, desea que le amen, critiquen y adoren. Que le teman. Ha llegado al convencimiento de que los elementos exteriores a su ser son meras fantasías sostenidas en el éter: ¿acaso existen las personas?, ¿padezco yo el sufrimiento ajeno?, ¿no todos somos pecadores y, por ende, susceptibles de ser castigados? ¿No es todo lo conocemos o sabemos una mera convención social? ¿Qué más da? Persigamos los aviones. Explotemos cosas. El nihilismo pasivo en su más cruda expresión.

Some men just want to watch the world burn:

O peor aún, algunos desean alzarse como reyes de las cenizas, haciendo uso de esa escala generada por el caos.

‘Chaos is a ladder’…

En otras palabras, tiemble usted, estimado lector, cuando los Littlefingers de este mundo se alcen en armas contra los tiranos, porque un infierno de inesperadas consecuencias se abatirá sobre los amotinados. O como el mismo Kaczynski afirmaba:

Any kind of social conflict helps to destabilize the system, but one should be careful about what kind of conflict one encourages.

¿Pero a qué viene todo esto? ¿Por qué me he decantado por diseccionar la médula espinal del nihilismo partiendo del Unabomber’s manifesto? Pues nada menos que debido al “incidente” desvelado días atrás en relación a la red social Facebook: al parecer, fueron filtrados los datos de ochenta y siete millones de usuarios a una consultora, Cambridge Analytica, destapando con especial crudeza uno de los grandes riesgos del Big Data. Uno que muy pocos de nosotros estamos dispuestos a afrontar. No en vano, en un momento de lucidez, Zuckerberg llamó dumb fucks a los usuarios de su red social, dando la razón a Kaczynski. ¿Es Facebook una red social? No: Facebook es un modelo de negocio que se retroalimenta del poder generado por la información cedida de sus usuarios. Un gran ecosistema dedicado al voyeurismo que supone El Dorado de todo consultor de marketing, analista político o depredador enmascarado.

Decía que Zuckerberg le da la razón a Kaczynski (¡paradojas de la vida!). Un rebaño de billones de usuarios, ávidos de ser observados y observar, son hábilmente conducidos por un puñado de técnicos que se venden al mejor postor. Esto valida las proposiciones pobremente argumentadas del Unabomber: existe un sistema dirigido por técnicos que sobresocializa a los individuos con el fin de domeñarlos para sus siniestros propósitos electoralistas o económicos. ¿No le produce pavor? ¿Indignación, quizás? Pues mi primera reacción fue la de cerrar nuestro grupo de Studia Hermetica en Facebook (he de decir que hace meses clausuré mi cuenta personal en esa red social, movido por la incomodidad que me produce ese entorno viciado, postsoviético, repleto de dictadorzuelos con ínfulas de vedette). Pero no, aún no es el momento; tendrá más noticias mías al respecto.

Lo trágico de historias como las de Kaczynski es que, en el fondo, sus desvaríos y errados métodos contienen un trasfondo de verdad inquietante:

1. Sí, la sociedad industrial parece desbocada. El proceso de endoculturación es cada vez más costoso en un mundo sometido a un cambio implacable, al son de un mercado tecnológico que no es capaz de asimilar los trepidantes cambios que acomete.

2. Sí, nos estamos apartando de nuestros ecosistemas originarios, olvidando nuestra posición como entes biológicos. Contribuimos así a la recreación de entornos alienantes, impersonales y utilitarios, restando espontaneidad, propósito y sentido a nuestras vidas:

‘Nature takes care of itself’.

3. Sí, el poder está siendo acumulado progresivamente en manos de una minoría, ayudada por los grandes agentes de la globalización. En ocasiones parece que asistimos a un tira y afloja entre grupos proclives a retornar a las redes de solidaridad tradicionales y esas otras redes difusas de estabilización global:

Very repellent is a society in which a person can satisfy his need for power only by pushing large numbers of other people out of the way and depriving them of THEIR opportunity for power.

Hace años, cuando no era más que un mozalbete, me grabé a fuego este pasaje escrito por Freud, en una misiva dirigida a Lou Andreas-Salomé:

Mi secreta conclusión era esta: puesto que podemos considerar que esta civilización actual encubre una gigantesca hipocresía, se deduce que no somos orgánicamente aptos para ella. Él o lo desconocido que acecha tras el destino, repetirá un día otro experimento semejante con otra especie.

¿Sabe qué? Vivimos en una época apasionante, asfixiada por los contrastes. El único sistema al que merece la pena vencer es al foro interior de la conciencia. Los humanos hacemos a los sistemas; no permita que suceda lo contrario. 

We have no illusions about the feasibility of creating a new, ideal form of society. Our goal is only to destroy the existing form of society.

Meditaciones

ἀπογυμνοῦν αὐτὰ καὶ τὴν εὐτέλειαν αὐτῶν καθορᾶν
καὶ τὴν ἱστορίαν ἐφ̓ ᾗ σεμνύνεται περιαιρεῖν.

No me gusta hablar de mí en exceso, y mucho menos para elevarme moralmente sobre los demás. Y entenderá enseguida, estimado lector, por qué lo digo. Es cierto que la cultura cincela el alma, pero la hace opaca, compleja, a veces biliosa y amarga; no necesariamente la hace “mejor” o más bella, pero sí más interesante y profunda. No sabría decir qué vidas considero más plenas, si aquéllas que transcurren ignorantes de sí mismas y en perpetua acción, o por el contrario esas otras que detienen su paso y observan en derredor, tratando de comprender. Depende de los casos. La erudición y la creación rara vez van de la mano… pero ni siquiera me refiero a eso: ¿la naturaleza basta?, ¿es suficiente con una existencia ajena al pensamiento abstracto o al perfeccionamiento intelectual y anímico? Con probabilidad esas preguntas carecen de sentido, porque los humanos no hacemos más que desarrollar lo que llevamos dentro, urgidos por necesidades inconscientes y arrebatos pueriles que nos definen hasta el tuétano. Como bien decía mi adorado Rust Cohle:

“Each stilled body so certain they were more than the sum of their urges, all the useless spinning, tired mind, collision of desire and ignorance”.

A medida que me hago mayor, voy dándome cuenta de dos hechos melancólicos: que nuestra existencia parece transcurrir en un carril preestablecido y que el tiempo se nos viene encima, violento e implacable. ¿No siente usted lo mismo?

Decía que no hallará en mí un sujeto moral imitable, ni lo pretendo. Es más, la misma idea me pone incómodo. Me cabrea. No busque en mí a una vedette de red social que juzga y sentencia sobre la base de principios políticos, éticos y estéticos: no hago proselitismo animalista o libertario de ninguna clase, ni pongo a parir o ensalzo a golpe de clic. Quien desee saber lo que opino sobre la vida, el amor y el dinero, que me invite a unas cervezas y mientras me patina el acento debido al líquido elemento, entenderá por qué servidor no es quién para juzgar.

A menudo hallo defensores de la libertad con alma de dictador, y personajes broncos con alma de poeta. Y he visto algunos falsos rebeldes que venderían a su madre por convertirse en inquisidores y verdugos. No, amigos míos, a mí ya no me engañan esas almas torcidas. Prefiero mil veces a los héroes duros, fieros y sin embargo tiernos y filosóficos de las novelas hard-boiled y el cine negro clásico, antes que a esos buenistas de biblia y revólver de la Posmodernidad. Al menos aquéllos eran más humanos y honestos, luchadores natos en un mundo repleto de malvados y ególatras. Antihéroes defectuosos; seres humanos vivos.

Sé muy bien lo que hace falta para triunfar socialmente: es cuestión de actitud, amigos y peloteo. Lo he visto en mi experiencia laboral y en mi vida diaria. He grabado a sus protagonistas a cámara lenta, cual periodista maquiavélico infiltrado en una casa de putas, y he rebobinado la cinta innumerables veces, con el propósito de aprender qués y porqués. Y en todas las ocasiones me he observado —experiencia extracorpórea donde las haya—, frente a largometrajes de terror y grotescas comedias de situación. Por eso me he puesto un traje de tejido aislante y he pospuesto indefinidamente mi progreso mundano. Me dan repelús los andrajos humanos, pero entre usted y yo, me fascina el halo escatológico que desprenden.

A muchas personas les resulta fácil describirse: “soy de derechas/izquierdas; soy ateo; soy cristiano; soy del Atlético de Madrid; soy feminista; soy, soy, soy.” Pues bien, cuando pienso en mí sólo puedo argumentarme desde la energía que desprendo y mi vocación: escribir, pintar, pensar, soñar, sentir, crear. No soy capaz de “creer” en el sentido lato del palabro. He visto y pensado demasiado: “no tengo ideología porque tengo biblioteca”. La autodefinición es autodefensa; supone elegir la tribu a la que quieres pertenecer y a quién rindes pleitesía, y por eso prefiero los movimientos de resistencia a los ejércitos, los anarcas a los anarquistas y los artistas solitarios a los militantes. No, de nuevo no me dejo engañar: sólo me interesa lo que usted sabe hacer y lo que de hecho hace, no sus pensamientos a medio construir, vertidos en gratuitos arranques de bilis. Tampoco me hieren las “ideas” de nadie, porque a menudo —tanto las buenas como las a priori “detestables”— son el perfecto producto de nuestras inclinaciones naturales y defectos, y no de lógos pensante alguno. Y por eso me resisto a fascinar y que me fascinen de esa manera.

Piensen por un momento en la “política” (por poner un ejemplo que a todo el mundo excita y del que todo el mundo parece extraer una conclusión), y desvincúlense por unos instantes de su lado primitivo, animal y “sentimental”: ¿qué importan sus discursos, sus bellas o feas palabras o sus caretos?, ¿qué más da lo que digan o cómo lo digan? Lo único que cuenta es que ese funcionario público cumpla con su trabajo con rapidez, eficacia y diligencia, mejorando su economía, la economía de todos. Y sin embargo, como predadores de sabana que somos, nos fijamos antes en la estética que en la ética, ignorando el contenido.

Siempre he pensado que buena parte de la maldad humana proviene del mutis colectivo con el que nos protegemos los unos a los otros; en otras palabras, con frecuencia lo malévolo que hay en nosotros deviene del silencio consciente o inconsciente con el que encubrimos los pecados propios y los ajenos (piensen por un momento en la corrupción, la guerra, el terrorismo o el incesto… o sin ir más lejos en los lameculos y los trepadores de su ámbito laboral asalariado). He tenido la oportunidad, en fin, de conocer a muchísimos ejemplares de una catadura moral e intelectual paupérrima, que juntándose con otros cabestros, justificaban sus estupideces y su bajuna condición, aludiendo directamente a “sus amigos”. Dicho en román paladino: “soy gilipollas pero tengo muchos colegas que me defienden y se parecen a mí”. Tengo cientos, miles de ejemplos en mente que acuchillan mi magín día y noche, debido a las especiales características de mi memoria, que actúa como un panel digital y un pozo sin fondo, privándome del reposo del que gozan los idiotas.

Algo anda mal. No en este siglo (es más, probablemente el actual siglo XXI sea uno de los mejores y más interesantes periodos de andadura humana sobre la Tierra, al menos en Occidente), no en nuestro país o nuestro entorno. En nosotros. Somos los trocitos de una especie revoltosa, degenerada y perturbada; seres lastrados por una dimensión colectiva que nos aboca a cometer atrocidades y estupideces, cuya única salida, entrada y “progreso” en este mundo se canalizan paradójicamente a través de la soledad y la individualidad: el arte, la generosidad, la libertad y la creación son buenos ejemplos.

Amigo mío, cobíjese en su soledad y convierta su cuerpo y su alma en obras de arte. Lo demás no es sino un añadido engañoso.


Imagen: “Fotografía del busto del emperador Marco Aurelio, alterada mediante un software de edición de imagen”. Gliptoteca de Múnich. Copyright of the museum.

ἐγώ

Soy coleccionista de egos y escrutador de almas. Mi campo de actuación se despliega en derredor de esas lucecillas perdidas, encontradas, flojas, expansivas, retorcidas y mezquinas que nos rodean. En mi biblioteca académica hállanse obras de referencia atribuidas a Sigmund Freud, Stefan Zweig, Leopoldo A. Clarín, I. Ducasse, Arthur Schnitzer, Fiódor Dostoievski y Friedrich Nietzsche, y a ellos vuelvo para tomar notas y refrendos. Porque mi labor es masticar con letras esa carne poco hecha que supone la humanidad, mas se trata de una tarea ingrata y agotadora de la que huyo a veces, sumergiéndome en la fantasía de mi mundo subterráneo. Porque poseo un don y una maldición de los que estoy orgulloso y decepcionado: sé ver a través de las personas y comprendo sus manchas, anhelos e intenciones. Inconscientemente esa mirada me es devuelta, lo que conduce al centro desnudo de un dueto mentiroso entre el observador y el observante. Como imaginará, no me hace falta ver fantasmas para aterrarme de los muertos, y quizás esa carga algún día me devore con irónica mueca.

Algunos escritores son filósofos, y entre ellos deseo contarme.

Adoro y desprecio esa tarea hacia la que mi surreal vida me aboca con fuerza gravitacional, y no puedo más que estar orgulloso de mi colección de especímenes, de entre los que destacan los artistas, es decir, aquellas almas para las que el mero vivir es un oficio remunerado con dosis displicentes de solipsismo, locura, inquietud, insatisfacción y fascinación. En el extremo opuesto, mis ojos negros observan una legión de hombres y mujeres desmembrados; egos defectuosos cuya existencia bien parece una jugarreta de la necesidad, antes que el don exhausto de un dios bueno. Entre unos y otros se despliegan los momentos, los lugares y los recuerdos. Y bajo todos nosotros, un océano infinito encapotado por una densa niebla.

Soy un pesimista enfundado en un manto de estrellas que yo mismo adorné. Con minuciosidad milimétrica he ido tallando esas lentejuelas, llevado por un impulso extraído de los sueños (de los lúcidos y los inconscientes), mas la luz de éstas no me impide sentir los hechos terribles que el tiempo y la decadencia arrastran. Como científico de almas caídas, soy consciente de las dificultades aparejadas a su retorno; los egos con los que los vivientes se adornan públicamente se disfrazan de ideas e ideíllas, de etiquetas de colores o debates que son sólo palabras, pero insisto: yo soy capaz de rasgar esas vestiduras y contemplar las deformidades y las bellezas de sus seres verdaderos. Y no soy el único integrante de este selecto club de académicos.

Hacer una radiografía certera de un ego es sencillo: basta con rastrear su relación con los demás y despejar esa equis que es el otro. Una vez desprovista la ecuación del elemento colectivo, nos resta la materia bruta de lo que fue y de aquello que pudo ser. Con esa hipótesis en mente me lanzo al ejercicio taxonómico de la carcasa que, insisto, es el ego. En el lienzo blanco que despliego sobre el suelo, con el fin de manchar lo menos posible, voy arrojando los pedacitos macilentos para así examinarlos con determinación, en el frío anhelo de llegar a la bondad primigenia del alma, ora asqueado de una labor que detesto, ora henchido de su grandeza. De entre esos fragmentos, los que más me repugnan y divierten los voy embotellando y reservando en un mejunje de oculta receta.

La filosofía antigua se ocupó de desenmascarar al ego artificioso, de reflotarlo a la playa consciente y de reubicar el alma en su justo lugar: el de gobernadora de la isla. ¿Mi opinión? Ninguna; me decanto por la vana ciencia del taxidermista, que con amor desinteresado se dedica a extractar órganos y escorias, con el fin de crear algo bello u horrible. La obra literaria. Pero me desprecio, así como desprecio a las miradas frías de los científicos, y por eso anhelo penetrar en el teatro del mundo, sin intentarlo ni conseguirlo. “Ser inconsciente del ego y tornarse alma”, esa debería ser la divisa de todo buen filósofo. ¿Debería? Para las almas que viven inconscientes de sí mismas, el ego es una gala o un andrajo que se porta con solemnidad o con torpeza… Apenas puedo contenerme, y sería capaz de gritarles que están ridículas así vestidas, ¡que se desnuden y saquen a relucir sus vergüenzas!, pero el ademán vuelve a sumergir la cabeza en la charca, cual sapo amohinado.

El ego acomplejado o herido que busca atraer la atención y la compasión y el expansivo que persigue desecar egos ajenos para alagar el suyo propio, desprenden una pestilencia similar, fácil de identificar para el filósofo que escribe o el escritor que filosofa. Y cuando ambos elementos se conjugan en el verbo existir, su presencia es raramente tolerable. ¿Penetro en los resbaladizos terrenos de la moral? Nunca fue mi intención; como he dicho, me nutro de los egos: los disecciono, trato y registro. Colecciono los bellos y me desprendo de las manzanas podridas. Y entre ustedes y yo, a veces hago uso de sus flaquezas en mi propio beneficio.

Pero, ¿qué hay de aquellos egos que deciden apartarse y vivir en claustros, reales o figurados? Les invito a que hagan un ejercicio de abstracción: olvídense por un momento de que los demás existen y vuélvanse a mirar en un espejo. ¿Cómo vivirían si lo hicieran sólo para sí mismos? La respuesta a esa pregunta es la antesala del alma, pero no el alma misma, que por propia definición es eterna e insatisfecha posibilidad. Pues bien, aquellos “santos” que viven en olvido perpetuo de sí mismos, se dividen entre los que se saben egos feos y por ese motivo detestan la compañía, y en fin, aquellos otros cuyo ego es un baluarte erigido en oposición al mundo. ¿Qué? Yo de monjes y monjas sé mucho, pero de ellos no hablaré aquí, porque su universo solitario está invadido de cometas que no procede observar con telescopios tan cortos.

Deseo ser sarcástico y cáustico, pero mis palabras son serenas e irónicas; tal es el aprecio que tengo por este mi oficio. Los acólitos no son sino egos deformes que necesitan de la candidez de un alma ajena para alcanzar una imagen de sí mismos que les sea tolerable. A veces uno o dos de ellos se decantan por el suicidio en virtud de un burdo ejercicio de autoconocimiento, pero de esos cadáveres no deseo hablar; me deprimen. Por el contrario, deseo departir sobre los bellos egos: Lord Byron, James Dean, Ludwig II, Frida Kahlo, Katherine Hepburn o… Jeff Buckley o Brian Molko, my sweet prince. Siendo meras fachadas, las almas han logrado proyectar sobre los egos las olas irrefrenables del sentimiento oceánico. La fascinación que desprenden proviene de su potencia.

El infierno segrega ángeles coquetos, mas en los viveros burgueses no crecen más que princesas de la palabra oprimida, incapaces de crear, cuidar y amar. La pasión, el erotismo y la manía son duendes extraños a la trivialidad de esos egos resecos, envidiosos y acomplejados. Sí, el hombre es algo que debe ser superado.


Imagen: “Detalle de Brian Molko Black Background”. Tharsius, DeviantArt (2015-17): http://www.deviantart.com/art/Brian-Molko-Black-Background-532608226
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