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Los desconocidos

Desconocidos para nosotros; para usted y para mí. Y sin embargo, sus historias fueron fascinantes; sus personalidades, arrolladoras, entrañables y potentes; sus hechos, indescriptibles. Si hubiéramos tenido la oportunidad de convivir con ellos, con seguridad les habríamos amado; no cabe duda de que nuestras vidas habrían sido más intensas, productivas o interesantes a su lado.

Son esas personas que no conocemos, ni tan siquiera a través de las letras rectilíneas de los libros. Personas fascinantes que vivieron en un olvidado tiempo… o bien que lo harán en un futuro que ya no experimentaremos. De su existencia no podríamos tener noticia aunque nos empeñáramos con todas nuestras fuerzas. Porque sus profundas o sensuales voces no fueron grabadas, ni sus manos fueron registradas llevando a cabo inmensas obras artísticas, o hazañas épicas que bien habrían valido un canto homérico. Tampoco sus nombres están debidamente referenciados en insignes y rimbombantes libros de historia, o en crónicas o tratados filosóficos; ni tan siquiera en cartas o diarios.

Les imagino bellos e íntimos, puede que envidiados, quizás solos haciendo frente a una realidad radicalmente adversa. Y digo más: puede que ningún otro ser humano (aparte de sus seres más próximos y queridos, si los hubiere o habrá) haya tenido o tendrá noticia de sus gestas. Jamás.

¿Sabe? Detesto la palabra “anónimo”; y lo hago porque implica una mentira revestida de un ridículo disfraz de verdad. Todos y cada uno de nosotros seremos “anónimos” para los que nos sucedan. Tentado estoy de afirmar que ya lo somos para nuestros congéneres, por mucho que alcancen a manosearnos. A pesar de que nuestros caretos circulen en los registros exhaustos (bajo la críptica etiqueta de ‘YouTube’ o ‘Facebook’) de algún extraño historiador dentro de cientos de años, ellos ya no nos conocerán. Ignoro si nuestros nombres, pintas, temas y tragedias les divertirán, apasionarán o dejarán indiferentes, pero una cosa es segura: nuestros seres verdaderos serán menos que polvo para ellos.

Me viene a la mente un pequeño remedio no químico para usted que sufre; en general, dirigido a aquellas personas sumidas en una negra tristeza en razón de su gravedad existencial, a saber: deténgase frente a una ventana e imagine todas las situaciones hermosas o apasionantes que en ese preciso instante están sucediendo en el mundo. ¿Ya? Ahora amplíe el espectro al pasado (del futuro hablaremos en unos instantes). Imagine la experiencia de millones de cadáveres que nos precedieron, que hicieron de su vida un hito. ¡Pero no! No les imagine en abstracto, haciendo acopio de una cultura general integrada por falsos recuerdos televisivos. Trate de no convertirlos en individuos lejanos, sin rostro ni sentimientos propios. Atraiga hacia su magín la misma tumba ignorada, en un cerro de Irlanda, en una fosa común en Méjico, o en mitad de ninguna parte en un pequeño islote del Pacífico; su otrora vibrante cuerpo yace ahora carcomido, dividido en diminutos fragmentos de ceniza. Le pido que se concentre en esos trozos que ahora integran otros seres o lugares. ¿Ya? Reintegre ahora los trocitos en una secuencia a cámara lenta, rebobinando la secuencia de muerte… Poco a poco una forma humana va haciéndose presente.

Su piel era oscura y brillante, su cabello de pizarra negra como el carbón caía a plomo sobre unos ojos claros como el ámbar, sobre unos carrillos dulces y rectangulares, sobre unos labios gruesos que auguran fertilidad. Su talla corta, sus formas acentuadas y apetecibles. Apenas llevaba encima vestido que cubriera su perfecta silueta de mujer. Su voz, articulada en un lenguaje largo tiempo extinto, se nos antojaría sinuosa y seductora; sus sílabas, a caballo entre el francés, el amárico y el farsi, darían testimonio del atroz acto de amor que ella misma, Nee-gashi, acaba de perpetrar. Un acto extraordinario que rompería su corazón sólo para elevarla, en virtud de una lúgubre paradoja, al altar de los mártires. Una grey enfebrecida se arremolinaba en la base de la blanca pirámide, presta para consumar su venganza. Mientras descendía para consumar su destino sólo podía pensar en el rostro dulce de su hijo muerto.

Los ojos de un niño apenas se entrevieron al pasar. Tristán iba muy rápido, ahíto de ilusión por contemplar la nueva biblioteca al borde de la escalinata. La lengua latina fue su padre y la griega su gran madre, tan huérfano como era de cariño humano; el único modo que encontró de amar el oscuro mundo para el que fue bastardamente concebido fue el de morar como una ratita ilustrada entre libros; colosales tomos de ciencia inmortal con los que aprendió a leer y soñar. De haber podido madurar, no cabe duda de que su obra hubiera competido en intimidad y dulzura con la de su admirado San Agustín, superándole en estilo y quizás crudeza. Aguardábale empero su gran enemigo en la convergencia entre los pasillos grises del piso superior del monasterio, un oubliette tristísimo en forma de mezquino abad, cuyas férreas manos acabarían por extinguirle.

El anciano de piel acartonada y oscura se disponía a morir con lágrimas de puro agradecimiento; de su vida frenética daba cuenta en silencio, afanado en recordar su primera caricia; su primer lance sangriento; la primera vez que vio el mar. A Hernán un naufragio en la flor de su juventud le abandonó en mitad de un islote, a inconcebible distancia de cualquier cristiano capaz de rescatarle. Los años transcurrieron primero con pesar, hastío y desesperación, para después convertirse en testigos de su ingenio: técnicas de pesca y forrajeo sólo igualadas por las milenarias tribus autóctonas; el registro científico de cientos de nuevas especies minuciosamente esbozadas y descritas en pliegos de arcilla y madera; cantos y cuentos concebidos en soledad durante incontables noches para nunca ser escuchados… Hernán cerró los ojos, encomendándose a Dios.

Largo tiempo ha que se arruinó el papel que decoraba la pared de aquel ático diminuto en el que vivía Théresse; una poetisa de blanquísima piel cuya frágil salud había encadenado a una cama polvorienta. Esparcidos por el suelo yacían sus textos: historias de piratas salvajes y bellos, sueños cuyo simbolismo hubiera pronosticado novedosas corrientes artísticas; bocetos eróticos nacidos de un alma ansiosa y vibrante que le habrían valido el escándalo y la inmortalidad. Signos de esotérica perversión perecerían al secarse sus pupilas. Porque decidió Théresse que todo acabaría esa noche, al calor de una leña que asfixiara el aire; trató primero de memorizar sus destellos y breves periodos de lucidez, de condensarlos en un único recuerdo que le hiciera llorar. Arrojó por último su obra inimitable al fuego y se durmió para no despertar; su cadáver nunca fue reclamado, pudriéndose lentamente en una morgue de París.

Aliou gritaba con todas sus fuerzas mientras se ahogaba. En otro tiempo y lugar, su cincelado cuerpo de ébano dio forma a melodías revestidas de profundidad inmemorial; espíritus azules insuflaban de fiera melancolía su espíritu indómito mientras danzaba como un león en pleno ritual de caza. Soplaban sus letanías multicolores a través de la sabana sangrienta, y en esos instantes eternos de apoteosis era consciente hasta la última fibra de su ser del poder transmitido a través de las generaciones de felinos que le precedieron. Consciente de que su mente constituía el eje oscuro de un universo formado por un sol exhausto que descendía sobre sus sienes lentamente, como el agua de un bautismo impúdico que en virtud de la pintura blanca imprimía una máscara a su alma de titán. Mas las palabras sagradas proferidas por Aliou no pudieron evitar que el océano le diera muerte, tan lejos de su amada tierra, tan cerca de su destino europeo. Días después su cadáver macilento fue encontrado en una playa de Fuerteventura: el león sería sepultado en una tumba sin nombre.

Detengamos nuestro heroico recuento por unos instantes. Le seré honesto, estimado lector: por mucho que me esfuerzo no soy capaz de hacerme una idea de dónde procede y hacia dónde va el soplo vital que alimenta nuestro ser. Sé que así como el ojo no es capaz de girar sobre sí mismo para centrar la mirada en la oquedad oscura del cráneo, así nuestras filosofías de todo orden sólo alcanzan a balbucear sobre nuestro origen y destino. Es evidente que antes, durante y después nos es conocida la realidad de nuestra alma, sin verse obligada a recurrir a la caprichosa percepción de los otros. Porque no necesitamos que nos lean para haber existido, ni que nos vean para sentir. Todos y cada uno de nosotros, anónimos o famosos, somos unos vértices afortunados que han sido condenados a morir lentamente en el frenesí de la vida; protagonistas de una saga épica cuyos nombres fueron largo tiempo olvidados.

Como humanista dedicado al tejido histórico de las ideas, confieso que en eso consiste mi método de aproximación a cualquier realidad. Imagino cómo vivieron esos héroes su realidad cotidiana, tratando de desembarazarme de la toxicidad que entraña mi propia identidad. En otros términos, considero indispensable deshacerme de mi yo postmoderno con el propósito de morar por unas horas en universos extraños, lo más alejados posible de lo que usted y yo consideramos “normal”. Por ese motivo, me produce tanta tristeza esa forma de enseñar que consiste en ilustrar a los zagales sobre los hechos del pasado echando mano de aquellas realidades que les puedan resultar más cercanas o familiares; de este modo, se explica la filosofía partiendo de cuestiones tan ridículas (y tan del gusto de nuestros tiempos) como “¿era machista Platón?” o “¿existió la democracia en Atenas?” Todos estos planteamientos obvian sistemáticamente la dimensión más compleja y preciosa que entraña el ejercicio del saber, a saber: convertir la propia mente en una caja de resonancia en el que infinitas voces canten al unísono. Un “vaciamiento” epistemológico que podríamos asimilar con la ἐποχή de los escépticos o los fenomenólogos, o bien con el “vaciamiento” perseguido por los místicos en su búsqueda de la divinidad, que nos permita desnudarnos de nuestros vestidos de inmediatez para “vivir otras vidas”, como rezaba la canción de Sabina:

Con un poco de imaginación
Partiré de viaje enseguida
A vivir otras vidas,
A probarme otros nombres,
A colarme en el traje y la piel
De todos los hombres
Que nunca seré

Y digo más, si es usted de los que necesita echar mano de conceptos familiares como conditiones sine quae non para comprender lo extraño, debería hacérselo mirar: sufre usted de una peligrosa atrofia de los sentidos rayana en la estulticia. ¿O acaso no es estúpido tratar de entender lo ajeno sin albergar la intención de abandonar lo propio? De hecho, es precisamente esta actitud torticera la que provoca que existan tantos “especialistas” entregados a la Historia contemporánea frente a las carencias presentadas por otros periodos históricos, o sin ir más lejos, estamos ante el mismo principio que previene al adolescente típico de aprender, sobre la base del bastardo adagio de “¿y eso qué tiene que ver conmigo?”

Decía antes que haría mención del futuro, y así es. No en vano me defino como un especialista del “tejido histórico”, y es propio de la historia avanzar a perpetuidad. Los corrientes ideológicas evolucionan para adaptarse al dinamismo social, máxime en una civilización como la nuestra, sometida al “proceso sin fin de la Ilustración”. ¿Qué será de esos héroes del futuro que no conoceremos? ¿A qué realidades adversas deberán de enfrentarse nuestros amigos de la posteridad? ¿Les serán útiles nuestros “modernos” pensamientos, que dentro de cien años acumularán el polvo de los ataúdes? ¡Quién sabe, quizás no perderemos vigencia en esos otros mundos! Mientras tanto, permanezco muy atento no sólo al probable devenir futuro, sino a la visión que de tal “futuro” sostenemos los habitantes del presente (esto es, la ciencia-ficción, la distopía y la ucronía).

¿Anónimos? No. Me declaro un conocedor inconsciente de todos esos meteoros incandescentes que abandonaron la vida inadvertidos. Secretamente les admiro sin haberles conocido; ni falta que me hace. A ellos se debe este humilde proyecto denominado “Studia Hermetica”.


Por lo demás, el proyecto se encuentra en estado latente, como bien habrá podido deducir el curioso lector de estas líneas. De hecho, desde principios de 2017 no he sido capaz de dedicarle el tiempo que me hubiera gustado debido a mis obligaciones profesionales y familiares; situación que no tiene visos de cambiar a medio plazo. El año 2019 marcó un antes y un después en el proyecto, una etapa de máxima actividad en la que, irónicamente, no pude dedicar más que unas horas al año a esta nuestra revista. Y a causa de unas razones muy concretas, preveo que esta situación se prolongue hasta el año 2022, como poco. Mas por qué no reconocerlo, estos quehaceres editores han constituido un punto de partida muy estimulante para mis empresas profesionales, pero su falta de financiación o de beneficio económico inmediato han provocado que sea relegada a un plano muy secundario en mi vida.

En los próximos años decidiré si dar por concluido el proyecto sería lo más conveniente, o bien el adoptar una línea de publicación mucho más laxa e irregular, de acuerdo con mis posibilidades reales. En cualquier caso, en estos momentos me es imposible pensar con la suficiente claridad como para tomar la decisión adecuada… mas no se inquiete: ando inmerso en la etapa más feliz y productiva de mi vida.

¡Le deseo unas muy felices fiestas y un próspero Año Nuevo!

Studia Hermetica: 2008-2018

Aquí seguimos, amigo lector, con el ánimo intacto e idéntico el propósito, tras diez años de odisea. Desvelar la Historia de la filosofía hermética, sin pretenderlo, continúa siendo nuestro objetivo. Los que formamos este proyecto compartido que es Studia Hermetica deseamos reconstruir un periodo de la historia sobre la base de sus textos filosóficos; de aquéllos, bien lo sabe, menos conocidos y reconocidos por el mundo académico. Y eso que con tanto infortunio se ha dado en llamar “hermetismo” no es más que una mera excusa para penetrar en el recóndito tejido intelectual de nuestros antepasados.

Aprender a leer es la mayor hazaña jamás lograda por la humanidad; en virtud de las letras, las ideas se transmiten a lo largo y ancho de las millones de muertes que nos separan de ese universo extinto con el que deseamos conectar… derrumbando, arrumbando, arramblando, arrasando, arredrando, derramando y arrullando las infinitas proyecciones que el acto creador nos proporciona. Al contrario que el vestigio arqueológico, las letras continúan vivas en el corazón del ávido lector que persigue penetrar en sus misterios; y sin embargo, no podemos prescindir del utillaje científico que nos devuelve a la mente que en una remota época las produjo. ¿Acaso existimos en un eterno tiempo presente?, ¿acaso la evolución, el progreso y el transcurso de las eras, suponen una máscara de palabras para definir el cambio? No sabría decirlo, ¡no soy más que un hombrecillo que vive y sueña encerrado en una jaula de cristal opaco! Pero sé una cosa: no one’s gonna take my soul away, I’m living like Jim Morrison…

En los próximos meses, si todo va según lo previsto, llevaremos a cabo una severa actualización en la revista, con el fin de conmemorar como se merece este décimo aniversario, además de publicar un nuevo número especial que, confiamos, sea de su interés.

En esta etapa que despierta con el año 2018 deseamos, más que nunca, que siga a nuestro lado.

 

Meditaciones

ἀπογυμνοῦν αὐτὰ καὶ τὴν εὐτέλειαν αὐτῶν καθορᾶν
καὶ τὴν ἱστορίαν ἐφ̓ ᾗ σεμνύνεται περιαιρεῖν.

No me gusta hablar de mí en exceso, y mucho menos para elevarme moralmente sobre los demás. Y entenderá enseguida, estimado lector, por qué lo digo. Es cierto que la cultura cincela el alma, pero la hace opaca, compleja, a veces biliosa y amarga; no necesariamente la hace “mejor” o más bella, pero sí más interesante y profunda. No sabría decir qué vidas considero más plenas, si aquéllas que transcurren ignorantes de sí mismas y en perpetua acción, o por el contrario esas otras que detienen su paso y observan en derredor, tratando de comprender. Depende de los casos. La erudición y la creación rara vez van de la mano… pero ni siquiera me refiero a eso: ¿la naturaleza basta?, ¿es suficiente con una existencia ajena al pensamiento abstracto o al perfeccionamiento intelectual y anímico? Con probabilidad esas preguntas carecen de sentido, porque los humanos no hacemos más que desarrollar lo que llevamos dentro, urgidos por necesidades inconscientes y arrebatos pueriles que nos definen hasta el tuétano. Como bien decía mi adorado Rust Cohle:

“Each stilled body so certain they were more than the sum of their urges, all the useless spinning, tired mind, collision of desire and ignorance”.

A medida que me hago mayor, voy dándome cuenta de dos hechos melancólicos: que nuestra existencia parece transcurrir en un carril preestablecido y que el tiempo se nos viene encima, violento e implacable. ¿No siente usted lo mismo?

Decía que no hallará en mí un sujeto moral imitable, ni lo pretendo. Es más, la misma idea me pone incómodo. Me cabrea. No busque en mí a una vedette de red social que juzga y sentencia sobre la base de principios políticos, éticos y estéticos: no hago proselitismo animalista o libertario de ninguna clase, ni pongo a parir o ensalzo a golpe de clic. Quien desee saber lo que opino sobre la vida, el amor y el dinero, que me invite a unas cervezas y mientras me patina el acento debido al líquido elemento, entenderá por qué servidor no es quién para juzgar.

A menudo hallo defensores de la libertad con alma de dictador, y personajes broncos con alma de poeta. Y he visto algunos falsos rebeldes que venderían a su madre por convertirse en inquisidores y verdugos. No, amigos míos, a mí ya no me engañan esas almas torcidas. Prefiero mil veces a los héroes duros, fieros y sin embargo tiernos y filosóficos de las novelas hard-boiled y el cine negro clásico, antes que a esos buenistas de biblia y revólver de la Posmodernidad. Al menos aquéllos eran más humanos y honestos, luchadores natos en un mundo repleto de malvados y ególatras. Antihéroes defectuosos; seres humanos vivos.

Sé muy bien lo que hace falta para triunfar socialmente: es cuestión de actitud, amigos y peloteo. Lo he visto en mi experiencia laboral y en mi vida diaria. He grabado a sus protagonistas a cámara lenta, cual periodista maquiavélico infiltrado en una casa de putas, y he rebobinado la cinta innumerables veces, con el propósito de aprender qués y porqués. Y en todas las ocasiones me he observado —experiencia extracorpórea donde las haya—, frente a largometrajes de terror y grotescas comedias de situación. Por eso me he puesto un traje de tejido aislante y he pospuesto indefinidamente mi progreso mundano. Me dan repelús los andrajos humanos, pero entre usted y yo, me fascina el halo escatológico que desprenden.

A muchas personas les resulta fácil describirse: “soy de derechas/izquierdas; soy ateo; soy cristiano; soy del Atlético de Madrid; soy feminista; soy, soy, soy.” Pues bien, cuando pienso en mí sólo puedo argumentarme desde la energía que desprendo y mi vocación: escribir, pintar, pensar, soñar, sentir, crear. No soy capaz de “creer” en el sentido lato del palabro. He visto y pensado demasiado: “no tengo ideología porque tengo biblioteca”. La autodefinición es autodefensa; supone elegir la tribu a la que quieres pertenecer y a quién rindes pleitesía, y por eso prefiero los movimientos de resistencia a los ejércitos, los anarcas a los anarquistas y los artistas solitarios a los militantes. No, de nuevo no me dejo engañar: sólo me interesa lo que usted sabe hacer y lo que de hecho hace, no sus pensamientos a medio construir, vertidos en gratuitos arranques de bilis. Tampoco me hieren las “ideas” de nadie, porque a menudo —tanto las buenas como las a priori “detestables”— son el perfecto producto de nuestras inclinaciones naturales y defectos, y no de lógos pensante alguno. Y por eso me resisto a fascinar y que me fascinen de esa manera.

Piensen por un momento en la “política” (por poner un ejemplo que a todo el mundo excita y del que todo el mundo parece extraer una conclusión), y desvincúlense por unos instantes de su lado primitivo, animal y “sentimental”: ¿qué importan sus discursos, sus bellas o feas palabras o sus caretos?, ¿qué más da lo que digan o cómo lo digan? Lo único que cuenta es que ese funcionario público cumpla con su trabajo con rapidez, eficacia y diligencia, mejorando su economía, la economía de todos. Y sin embargo, como predadores de sabana que somos, nos fijamos antes en la estética que en la ética, ignorando el contenido.

Siempre he pensado que buena parte de la maldad humana proviene del mutis colectivo con el que nos protegemos los unos a los otros; en otras palabras, con frecuencia lo malévolo que hay en nosotros deviene del silencio consciente o inconsciente con el que encubrimos los pecados propios y los ajenos (piensen por un momento en la corrupción, la guerra, el terrorismo o el incesto… o sin ir más lejos en los lameculos y los trepadores de su ámbito laboral asalariado). He tenido la oportunidad, en fin, de conocer a muchísimos ejemplares de una catadura moral e intelectual paupérrima, que juntándose con otros cabestros, justificaban sus estupideces y su bajuna condición, aludiendo directamente a “sus amigos”. Dicho en román paladino: “soy gilipollas pero tengo muchos colegas que me defienden y se parecen a mí”. Tengo cientos, miles de ejemplos en mente que acuchillan mi magín día y noche, debido a las especiales características de mi memoria, que actúa como un panel digital y un pozo sin fondo, privándome del reposo del que gozan los idiotas.

Algo anda mal. No en este siglo (es más, probablemente el actual siglo XXI sea uno de los mejores y más interesantes periodos de andadura humana sobre la Tierra, al menos en Occidente), no en nuestro país o nuestro entorno. En nosotros. Somos los trocitos de una especie revoltosa, degenerada y perturbada; seres lastrados por una dimensión colectiva que nos aboca a cometer atrocidades y estupideces, cuya única salida, entrada y “progreso” en este mundo se canalizan paradójicamente a través de la soledad y la individualidad: el arte, la generosidad, la libertad y la creación son buenos ejemplos.

Amigo mío, cobíjese en su soledad y convierta su cuerpo y su alma en obras de arte. Lo demás no es sino un añadido engañoso.


Imagen: “Fotografía del busto del emperador Marco Aurelio, alterada mediante un software de edición de imagen”. Gliptoteca de Múnich. Copyright of the museum.

Nigri Viri

ἀπογυμνοῦν αὐτὰ καὶ τὴν εὐτέλειαν αὐτῶν καθορᾶν
καὶ τὴν ἱστορίαν ἐφ̓ ᾗ σεμνύνεται περιαιρεῖν.

NIGRI VIRI AD SE IPSOS

Solitude and absence of judgment are the fundamental pillars of Nigri Viri’s ways; a rule for a man who faces the century hopeless and helpless; who claims for understanding based on what they call suspension: trustful yet dubious toward bold concepts such as truth, end, purpose, sense or meaning.

Scientists of souls, devoid in void defending innocence and clearness. Masterminds covered in darkness. They just do not affirm in sick or health, however they evolve in solving the mysteries of the labyrinth. The lack of dramatism conveys a vacuum of leading feel, so they turned into intermediaries of prior phenomena. There is no guidance in life, but a creative stream shaping opaque crystal, reaching out perfection in the mere process of casting a shadow.

Nigri viri, they are anarchas: their label stems from Cain’s mark, although their bibliothèque lies in the Prince-Princeps of Eternal Return’s textbooks. Sitting in perpetual mourning for the gone souls, they work in craving the madness which entails all creation; that is the very reason why they dress black clothing.
Persona’s collective dimension is a tragic misalignment of the hidden forces of the soul, compelled by a mischievous desire of being lavished or entitled by the alien. The otherness is forbidden; its terms are pointless. By pouring into the soul, we will be able to build a fine façade for ourselves up. Egocentrism is a weak offspring of the dissolution in the alien.

Solitary by definition; seeking a procedure that establishes boundaries in a life self-designed. Death is flying over us so we are giving up our fate uncomplaining. Alone, adrift, stranded, yearning for a redemption located at the bottom of their inner-selves. Serenity, clarity, peace of mind are the means to a greater end: strengthen identity in opposition to invasive-lurking egos.

Nigri viri they call themselves, black men who contemplate the scenario through the eyes of the anthropologist, without stepping up for causes whatsoever. Though rage is sacred it has to be delivered in conscience. An angry calm they profess in the pursuit of struggling against the given. Untrusting pros who read and write, ripping apart thin egos. Enlightened pessimists who ran away from outer-definition: there is no righteous epithet for the world outside.

Action-introspection toward mythology and religion: sub-layouts lying in the heart of misconception, albeit unquestionable. In the end, will and action are the main references for the endless road of the so called flat circle. Awareness colludes with autonomy, in a restless attempt for pursuing pure troublesome. In short we seek involvement; nays and yeas originated from a founding purpose: to know, to delineate the underlying logos that surround us. You may say suspension is an illusion, but for that term we fathom the consecution of choosing: a description of becoming-into-being which gives birth übermenschs.

By accepting the impossibility of free-will and embracing the subjugating prison they inhabit, they paradoxically liberated themselves from the tyranny of fear. There is no point in the fact of perceiving but then again they lead their ways out to the completion of their innate skills.

Dream-agination is the prime pounding realm of life, therefore a freeman is unequivocally seeking for lighting up the shady corners of the unconscious. Symbolizing-understanding constitutes the commanding feature of absence.

Every thought accommodates the truth of symbolizing art, therefore we philosophize literary through the ways of language. Coherence is the vanishing point of philosophy, while science focuses on the ephemeral. Truth lies in action, edging forward restraint and responsibility.

IFK.


Imagen: “Retrato de Rust Cohle alterado mediante un software de edición de imagen”. Colección propia. Copyright Iván Elvira.